Pero aquel chico me había salvado y no podía ponerme quisquillosa.

—¿Te importaría llevarme a mi casa?—le pregunté evitando contestar a su pregunta—Como podrás deducir no veo la hora de que esta noche llegue a su fin.

El tío me miró fijamente y una sonrisa surgió en su rostro. No era feo, más bien era muy guapo, con cara de ser buena persona y querer ayudar a cualquier ser que estuviera en una mala situación. Eso o mi mete me estaba intentando ver una realidad paralela en la que todo era de color de rosa y en donde los chicos tratan a las mujeres con el respeto que se merecen sin dejarlas tiradas en la cuneta en tacones y a mitad de la noche.

—Qué tal si te llevo a una fiesta alucinante que hay en una de las mansiones de la playa y me agradeces el resto de la noche lo maravilloso que ha sido que un suceso desafortunado haya hecho que tú y yo nos conociéramos esta noche—me dijo en un tono divertido.

No sé si era de histeria, de rabia contenida o por el hecho de estar deseando matar a alguien pero todo ello salió disparado de mi cuerpo en una profunda carcajada.

—Lo siento pero... No veo la hora de llegar a casa y dejar que este día pase... en serio ya he tenido suficiente de esta ciudad por una noche—le contesté intentando no parecer una chiflada por la carcajada de antes.

—Está bien, pero por lo menos puedes decirme tú nombre ¿no?—me preguntó divirtiéndose de una situación que no tenía absolutamente nada de divertida. Pero como he dicho antes, aquel chico era mi salvador a sí que más me valía ser simpática con él, si no quería terminar durmiendo con las ardillas.

—Me llamo Noah, Noah Morgan—le dije tendiéndole la mano, que él estrecho inmediatamente.

—Yo Zack—me dijo con una sonrisa radiante—¿Vamos?—me preguntó señalando su porsche negro y reluciente.

—Gracias, Zack—le dije de corazón.

Me subí al asiento sorprendida de que me acompañara hasta la puerta y me ayudara a sentarme, igual que en las películas de antes... fue raro; raro y refrescante. Al parecer, y en contra de todas la estadísticas posibles, la caballerosidad aún no había muerto, aunque le faltaba poco si teníamos en cuenta la existencia de sujetos como Nicholas Leister.

En cuanto se sentó en al asiento del conductor supe de ante mano que él no sería como Nicholas, no sabía porque pero Zack parecía un persona bien, un chico educado y sensato, el típico chico que si se tiene en cuenta el dinero que debía de tener, lo guapo que era y en donde vivía, rompería con todos los moldes de la sociedad.

Me puse el cinturón y solté un profundo suspiro de alivio al ver que al fin y al cabo las cosas no habían terminado de la peor de las maneras.

—¿A dónde?—me preguntó mientras emprendía la marcha hacia donde Nicholas había desaparecido con su coche hacía ya más de una hora.

—¿Conoces la casa de William Leister?—dije, sopesando que en aquel barrio todos los ricachones debían de conocerse.

Mi acompañante abrió los ojos con sorpresa.

—Sí, claro... ¿pero por qué quieres ir allí?—me preguntó con asombro.

—Vivo allí—conteste sintiendo una punzada en mi pecho al decir aquellas palabras que aunque me dolían en el alma eran del todo ciertas.

Zack rió con incredulidad.

—¿Vives en casa de Nicholas Leister?—me preguntó y no pude evitar apretar la mandíbula con fuerza al escuchar aquel nombre.

—Peor, soy su hermanastra —le conteste sintiéndome del todo asqueada teniendo que admitir cierto retorcido parentesco con aquel tarado.

Los ojos de Zack se abrieron de la sorpresa y se desviaron de la carretera para mirarme fijamente unos segundos. Al parecer no era tan buen conductor como me había imaginado.

Culpa mía © (1)¡Lee esta historia GRATIS!