Dicho eso se metió en el coche y lo puso en marcha.

Sentí como me comenzaban a temblar las manos.

—¡Nicholas no puedes dejarme aquí!—le grité al mismo tiempo que el coche se ponía en movimiento y con un rechinar de las ruedas salía pitando de donde hacía medio segundo estaba aparcado.—¡Nicholas!

A aquel grito le siguió un profundo silencio que causó que mi corazón comenzara a latir enloquecido.

Aún no era noche cerrada pero no había luna y sabía con total seguridad que en menos de media hora la oscuridad sería tal que cualquier persona podría arrinconarme sobre la misma carretera, violarme y matarme y nadie que estuviera a menos de dos kilómetros a la redonda se daría cuenta.

Intenté controlar mi miedo y las ganas irracionales de matar a aquel hijo de su madre que me había dejado tirada en medio de la nada en mi primer día en aquella ciudad.

Me aferré a la esperanza de que Nicholas regresara a por mí pero a medida que iban pasando los minutos me fui preocupando más y más. Lo único que podía hacer y que era tan horrible y peligroso como seguir allí de pié hasta quién sabía qué hora, era ponerme a hacer dedo y rezar para que una persona civilizada y adulta se apiadara de mí y me llevase a casa; entonces me desquitaría con el mal nacido de mi nuevo hermanastro a gusto, porque aquello no iba a quedar así; Aquel gilipollas no sabía con que estaba jugando ni con quién.

Vi como un coche se acercaba por la carretera viniendo en dirección del Club Náutico, y no pude más que rezar para que aquel coche fuera el Mercedes de Will.

Como una fulana cualquiera me acerque lo máximo posible pero sin peligro de ser atropellada y levante la mano con el dedo en alto igual que había visto hacer en las películas, de las cuales la mitad de las veces la chica terminaba asesinada y tirada en la cuneta, pero mejor dejar a un lado aquellos pequeños detalles.

El primer coche paso de largo, el segundo me grito una bandada de insultos, el tercero me llamo de toda las formas groseras que una pudiese imaginarse y el cuarto... el cuarto paro en el arcén a un metro de donde yo había estado haciendo dedo.

Con un repentino sentimiento de alarma me acerqué vacilante para ver de quien se trataba el loco pero muy oportuno individuo que había decidido ayudar a una chica que podría haber sido una prostituta sin ningún problema.

Sentí cierto alivio cuando el que se apeó del coche era un chico de más o menos mi edad.

Gracias a las luces traseras pude ver su pelo castaño, su altura y el inconfundible pero en aquel instante tremendamente agradecido porte de niño rico y de buena familia.

—¿Estás bien?—me dijo acercándose al mismo tiempo que yo hacía lo propio.

En cuanto estuvimos uno frente al otro, ambos hicimos lo mismo: sus ojos recorrieron mí vestido de arriba abajo y los míos recorrieron sus vaqueros caros, su polo de marca y sus ojos amables y preocupados.

—Sí... gracias por parar—dije sintiéndome repentinamente aliviada y segura — un imbécil me ha dejado tirada...—dije sintiéndome avergonzada e idiota por haber permitido algo semejante.

El tío abrió los ojos con sorpresa al escuchar mi declaración.

—¿Te ha dejado tirada...? ¿Aquí?—dijo con incredulidad—¿En mitad de la nada y a las once de la noche?

¿Acaso estaría bien si me hubiese dejado tirada en medio de un parque y a pleno día? No pude evitar preguntarme con ironía sintiendo un repentino odio hacia cualquier tipo de ser vivo que contuviera el cromosoma Y.

Culpa mía © (1)¡Lee esta historia GRATIS!