—¿Qué coño te pasa?—me preguntó enfadado mirando hacia la carretera. Por lo menos no conducía con los ojos cerrados; de aquel idiota me habria esperado cualquier cosa—No has dejado de quejarte desde que he tenido la desgracia de conocerte y la verdad es que me importa una mierda cuales sean tus problemas; pero estás en mí casa, en mi cuidad y en mi coche, así que cierra la puta boca hasta que lleguemos—dijo elevando el tono de voz igual que había hecho yo.

Un calor intenso me recorrió de arriba abajo cuando escuche esa orden salir de entre sus labios. Nadie me decía lo que tenía que hacer... y menos él.

—¿Quién eres tú para mandarme a callar, pedazo de imbécil?—le grité fuera de mí.

Entonces Nicholas pegó tal frenazo que si no hubiera tenido puesto el cinturón de seguridad habría salido volando por el parabrisas.

En cuanto pude recuperarme del susto miré hacia atrás asustada al ver que dos coches giraban con rapidez hacia la derecha para evitar chocar contra nosotros. Los bocinazos y los insultos procedentes de fuera me dejaron momentáneamente aturdida y descolocada por unos instantes; después, reaccioné.

—¿¡Pero qué haces?!—grité sorprendida y aterrorizada de que nos fuesen a atropellar.

Nicholas me miró fijamente; serio como una tumba y para mi desconcierto completamente imperturbable.

—Baja del coche—dijo simplemente.

Abrí tanto la boca ante la sorpresa que seguramente resultó hasta cómico.

—No hablaras en serio...—le dije mirándole con incredulidad.

Me devolvió la mirada sin inmutarse.

—No te lo pienso repetir—me dijo en el mismo tono tranquilo y completamente perturbador que antes.

Aquello ya pasaba de castaño a oscuro.

—Pues vas a tener que hacerlo porque no pienso moverme de aquí—le dije observándole tan fríamente como él me miraba a mí.

Entonces se giró hacia adelante, sacó las llaves del interruptor y se bajó del coche dejando su puerta abierta. Mis ojos se abrieron como platos al ver que rodeaba la parte delantera del coche y se acercaba hacia mi puerta.

He de admitir que el tío acojonaba de verdad cuando se cabreaba y en aquel instante parecía más enfadado que nunca. Mi corazón comenzó a latir enloquecido cuando sentí aquella sensación tan conocida y enterradora en mi interior... miedo.

Abrió mi puerta de un tirón y volvió a repetir lo mismo que antes.

—Baja del coche.

Mi mente no dejaba de funcionar a mil por hora. Estaba mal de la cabeza, no podía dejarme allí tirada en medio de la carretera rodeada de árboles y completamente a oscuras.

—No pienso hacerlo—dije y me maldije a mi misma cuando noté que me temblaba la voz. Un miedo irracional se estaba formando en la boca de mi estómago. Mis ojos recorrieron con rapidez la oscuridad que rodeaba el coche y supe que si aquel idiota me dejaba allí tirada me derrumbaría.

Entonces volvió a sorprenderme y otra vez para mal.

Se introdujo por el hueco de mi asiento, desabrochó mi cinturón y de un tirón me sacó del coche, y todo lo hizo tan rápido que ni llegué a protestar. Aquello no podía estar pasando.

—¡¿Estas mal de la cabeza?!—le grite en cuanto comenzó a alejarse de mí en dirección al asiento del conductor.

—A ver si te enteras de una vez...—me dijo por encima del hombro y al girarse vi que su semblante estaba tan frío como un estatua de hielo—No pienso dejar que me hables como lo has hecho; me importas una mierda, y me trar sin cuidado dejarte aquí tirada; pide un taxi o llama a tu madre, yo me largo.

Culpa mía © (1)¡Lee esta historia GRATIS!