Capítulo 20

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-   Niña, por fin despierta, ¡qué alegría! ¿cómo se siente? - Preguntó Hermelinda, levantándose del sillón en dónde llevaba varias horas cuidándole el sueño a Constanza.

-      ¡Hermelinda! ¡Eres tú! ¿En dónde estamos? ¿Qué fue lo que pasó Hermelinda, cómo logramos llegar hasta aquí? Lo último que recuerdo es al señor que se nos acercó saliendo del hospital y nuestra huída. Me acuerdo haber corrido, o más bien, haber intentado correr, pues entre el lodo y mis piernas que no reaccionaban después de haber estado tantos días acostada, me era muy difícil avanzar, pero aún así sé que logramos llegar casi hasta la Profesa, alcancé a ver las torres de la iglesia y luego nada, después de eso tengo la mente en blanco, ¡Hermelinda, lograste salvarnos, cuéntamelo todo!

-      Pues en efecto niña, cuando perdió usted el conocimiento estábamos tratando como podíamos de llegar al zócalo, y ahí pensábamos, primero Dios, encontrar la dirección de la Agencia de la señorita María del Carmen, no sé, preguntando en algún depósito de periódicos o en un restaurante pero a usted le costaba cada vez más trabajo avanzar, hasta que de plano perdió las fuerzas y cayó sin sentido en plena calle. Yo primero pensé que estaba muerta, niña, estaba aterrorizada y aunque esa calle tiene alumbrado público y por lo menos no estábamos en la obscuridad total, no se veía a nadie pasar por allí, y no me atreví a dejarla a usted solita, así es que no podía ir a pedir ayuda. Me arrodillé y pegué mi oido a su cara; así es como pude comprobar de que estaba usted respirando pues clarito sentí el aire calientito salir de su nariz y me dije a mi misma que solo era un soponcio, que ya pasaría. Traté de tranquilizarme sin poder, pues la verdad cada vez entraba en un pánico más incontrolable y me acordaba del momento en el que usted decidió que nos fuéramos de ese horrible lugar solas, sin esperar a las señoras, que porque no iban a venir, que ya era tarde y que seguramente habían tenido algún impedimento para llevar a cabo el plan, que era nuestra única oportunidad de escapar pues las monjas dormían profundamente, y que me agarra una muina niña, una de esas muinas que le hacen sentir a uno que se le sube de a una un calor así bien fuerte de tanto enojo hasta el cogote, porque me decía que por desesperadas nos había salido el chirrión por el palito y si le hubiera pasado algo a usted niña ahí a media calle no me lo hubiera perdonado nunca, me oye, nunca. – exclamó Hermelinda, recuperando el aliento, pues la emoción no la dejaba casi respirar.

-        Bueno, pero ya estamos sanas y salvas Hermelinda, aunque con tanto detalle no logro saber cómo llegamos aquí, anda mujer, sigue – le pidió Constanza, impaciente de conocer el resto de la historia.

-       Pues resulta que usted estaba allí tirada y yo sin saber que hacer lo único que se me ocurrió fue ponerme a rezar un rosario, que dicen que es bien milagroso. Y si resultó ser cierto, ¿eh? porque cuando iba yo en el tercer misterio, más precisamente en el cuarto Ave María, que pasa un coche bien elegante. Trataba de ir rápido, pero a leguas se notaba que los pobres caballos no podían ni con su alma, porque por más que el cochero les daba golpes con las riendas, apenas trotaban un poquito, pero despacio. Así es que en cuanto se acercó a donde estábamos, me le aventé haciendo señales de auxilio con los brazos y gritando ¡ayuda! al mismo tiempo. El cochero jaló las riendas haciendo un sonido, algo así como Oh, Oh, Oh, varias veces. Los caballos se detuvieron bruscamente, a unos centímetros de donde yo estaba parada sintiendo los nervios de punta. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que dentro del coche viajaban nada más y nada menos que la señorita María del Carmen y su abuela de usted, la señora María Jesús, con otras personas. En cuanto me vieron les cambió la cara y se pusieron bien contentas, pero les cambió otra vez cuando vieron que yo estaba parada pero usted estaba ahí tirada a media calle. Acto seguido se bajaron del coche y corrieron hacia donde usted estaba localizada. Un joven muy fuerte la tomó en sus brazos, la cargó como quien carga a una pluma, y la depositó en uno de los asientos posteriores del vehículo. La doctora, que también estaba con ellos, se puso a revisarla mientras las otras señoras me interrogaban. Yo les contestaba a una y a otra lo mejor que podía. Su abuela no paraba de decir que gracias a Dios, que qué suerte tuvimos de querer ir al Portal de las Flores y pasar justamente por esta calle y mija, mija, vas a estar bien, ya estamos juntas. Luego discutieron todos los pasajeros entre ellos quien sabe de que tanto pero al final se quedaron solo la doctora y su abuela con nosotras y los otros tres, es decir, la señorita María del Carmen, el joven y la otra señora que en ese momento no sabía yo quien era, pero ahora se que es su mamá de la señorita, se fueron por su lado, a pie. El cochero nos trajo hasta aquí, que es la casa de la señora Ernestina, la oficina del periódico y la oficina de la Agencia para Encargos, todo al mismo tiempo. Ya lo sabe todo mi niña.

Agencia para Encargos de SeñorasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora