La niña

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Estás en un bosque. Es noche cerrada y la escasa luz de la luna que se cuela entre las hojas de los árboles no te permite ver correctamente el camino.
Parece que has estado caminando en círculos un par de horas; ¿recuerdas cómo llegaste aquí?
Hmmm… Al parecer no.

Al menos sabes tu nombre, ¿cierto? ¡Ah! Si, lo haces pero no vas a decírmelo; te han enseñado a no hablar con extrañas voces en tu cabeza que no puedes ver. Tuviste unos buenos padres, inteligentes, sí.
También parece que me tienes miedo, ¿correcto?
Aunque… no deberías, yo no quiero hacerte daño.

Continúas caminando sin apartarte del sendero hasta que tus ojos logran distinguir las luces de una cabaña a unos metros de distancia. Deberías abandonar el camino y cruzar algunos árboles para acercarte pero verdaderamente no está muy lejos. ¿Vas a ir? ¿Crees que es seguro?
Al parecer decides ignorarme y continuar. Pero no importa, aún así yo me mantendré cerca.

Caminas a paso apurado sin detenerte a pensar en las posibles consecuencias. Sé que es algo irrelevante, ya que morirás de todos modos, pero me sorprende lo poco que valoras tu vida.
Supongo que es algo normal en los mortales que vagan por el bosque maldito a altas horas de la noche…

Llegas a la cabaña. La luz que sale por los sucios cristales de la única ventana que se encuentra de este lado, ilumina tu rostro y por fin puedo verte.
Es una lástima lo joven que pareces.
Una lástima lo joven que morirás.

De cerca se puede ver el abandonado estado del lugar: los vidrios de la ventana tan extremadamente sucios que el interior se ve distorsionado; sombras desfiguradas moviéndose en sus empañadas entrañas. La madera, el principal material de el que está constituida la mayor parte de la choza, se encuentra partida y carcomida por termitas prácticamente por completo; y, entre otras cosas, la mitad del techo es inexistente.

Golpeas la puerta de madera destartalada. Nadie responde pero ésta se abre levemente; el calor de una chimenea llega desde el interior, tentándote a abrirla por completo y entrar. Aquí afuera hace frío, ¿no lo crees?
Haz rodado los ojos y suspirado ante mis palabras. Tal parece que ya no me temes como al principio. Está bien, eso es bueno; no quiero hacerte daño.
Sin embargo, no soy yo a quien deberías temerle…

Abres la puerta lentamente y te asomas. Algo llama tu atención, das un paso dentro, empujas un poco más e ingresas completamente.
La cabaña, aunque por fuera se veía grande por dentro es pequeña; como si faltara una parte.

Con solo dos pasos más hacia adelante, estás en medio de una sala que parece ser el único ambiente completo de la casa.

En la pared del lado derecho hay una chimenea de piedra y, aunque las luces y el calor que emanan de ella indican que está encendida, realmente no puedes ver qué podría estar quemando: no hay madera ni combustible dentro, nada que lograria mantener vivo tal fuego. Recuerdas que no salía humo de la cabaña por fuera y momentáneamente te preguntas como es eso posible; pero te distraes rápidamente de ello a favor de observar el resto del lugar.

Contra la pared izquierda hay un mueble de madera, desvencijado y podrido. Se ve incluso más húmedo que la puerta de la choza y manchas marrones recubren parte de su superficie, brillando levemente por la luz del fuego y el polvo que lo recubren. Tienes una vaga idea de lo que esas manchas podrían ser pero no, realmente no quieres saberlo.
Un florero de mármol negro descansa sobre su superficie con una flor de jazmín casi marchita dentro. Se ve pulido y limpio, comparándolo con el resto de los objetos en la estancia y la pregunta de cómo es eso posible se suma a tu lista de interrogantes sobre este lugar.
Es una lástima que nunca podrás resolver ninguna de esas dudas.

Del lado derecho, justo a tu lado y detrás, se encuentra la ventana sucia que había iluminado tu rostro primero. Frente a ella, a tan solo unos centímetros de tu mano derecha, hay un sofá grande con suficiente espacio para dos adultos sentados cómodamente uno al lado del otro. En su terciopelo gastado, cubierto de polvo gris y con raspaduras en los bordes, pueden verse destellos de lo que alguna vez fue: un  caro y mullido sofá color rojo vino; probablemente de mucho valor para quien lo usó en su momento.

Delante de la chimenea hay una niña de largos cabellos rubios rizados y un pulcro vestido blanco. No parece tener más de diez años y está girando, como en un baile sin música. Te preguntas si siempre estuvo ahí como no la notaste antes.
Ahora no puedes apartar la mirada de ella y comienzas a notar más detalles llamativos de su imagen:
Deteniendo tu mirada en el movimiento de sus pies, observas con atención como el hecho de que se hallan descalzos sea fácil de pasar desapercibido porque el charco de espeso líquido carmesí sobre el que se mueven los recubren por completo. Sangre.

Sangre espesa que baña sus pies, salpica las puntas de su vestido y sube más allá de sus pantorrillas con cada giro.

Sangre que puedes observar como manchas secas en muchos objetos del lugar.

Sangre que ahora te ha llenado de miedo y asco y desearías poder huír.

Pero no puedes. Es demasiado tarde para irte, tus pies se sienten anclados al suelo, tu boca está seca, no puedes gritar y todo de lo que eres capaz de mover son tus ojos.
En medio de tu estupor producido por el miedo paralizante, lo único que logras hacer es seguir captando detalles de la espeluznante niña frente a ti:

Lleva un oso de felpa en una de sus manos. Ese sería un detalle casi tierno, de no ser porque el peluche no tiene cabeza.
El relleno en su interior se ve ennegrecido por el paso del tiempo y su pelaje anteriormente marrón está cubierto de polvo, telarañas y sangre.

También, al mirar su rostro, descubres que está llorando. Las lágrimas bañam sus mejillas y, sin embargo, ella sonríe.
Sus labios están abiertos en una sonrisa de alegría pura, casi histérica y sus ojos… ¡Oh, sus ojos! ¡Son pozos completamente negros, sin brillo ni vida alguno!

El movimiento repetitivo de su vestido se vuelve hipnótico. Tu cuerpo está congelado en su lugar, hay un pitido en tus oídos y sientes que estás a punto de desmayarte. Tu respiración se ha vuelto dificultosa y tu cerebro confundido no logra enviar a tus piernas la orden de huír.

Experimentas frío. Mucho frío. Los escalofríos recorren tu cuerpo hasta que ella se detiene de repente y sus ojos encuentran los tuyos. Hacen contacto visual y hora estás ardiendo de adentro hacia afuera, como si tuvieses lava líquida fluyendo por tus venas.
Duele.

No sabes qué está sucediendo pero ahora también eres hipersensible a los sucesos a tu alrededor y puedes oír el chapoteo pegajoso de la sangre en sus pies, cada lágrima que cae de sus ojos hasta el suelo, el crepitar de la chimenea y hasta los latidos de tu propio corazón.

Y de pronto, la niña empieza a girar nuevamente y todo está girando junto con ella. Incluidos tus sentidos; ya no sabes qué oyes, ni hueles, ni percibes. Todo se ha reducido a rojo, sangre, dolor, fuego, sangre... dolor... dolor…

Tu corazón se paraliza y ahora yo también he dejado de sentirte. Te veo desvanecerte, cayendo al suelo de la cabaña y sé que ha llegado mi momento de irme.

Fue un gusto conocerte; pronto nos volveremos a ver.
Aunque la próxima vez tú sí podrás verme, porque, como tú, alguna vez miré directamente a los ojos vacíos de la muerte misma…

FIN.

— B. S. Abonizio.

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