Capítulo 19

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-     Señorita... oiga disculpe, señorita, ¿está usted bien? Señorita, oiga, ¡Señoritaaa! - exclamó el conductor, angustiado, al tiempo que la sacudía cada vez más fuerte – ¡Señores, ¿hay entre ustedes algún médico?! - continuó, apanicado – ¡La señorita aquí presente parece haber sufrido un patatús, no reacciona!

-      ¡Qué pasa, qué son esos gritos! ¿Meurice, eres tú? - Exclamó María del Carmen, abriendo los ojos - No entiendo nada, ¿en dónde estoy? ¿Y, quién es usted señor, qué es este escándalo?

-          ¡Ay, por fin da señales de vida! Nos tenía con el alma en un hilo señorita, está usted en el tranvía, lleva horas tirada en el asiento, y está hablando con los conductores; al principio pensamos que estaba muerta, y estábamos a punto de dar parte a las autoridades competentes, pero luego luego empezó usted a balbucear cosas sin sentido, así supimos que estaba dormida, aunque agitada, y no nos preocupamos sobremanera, pero ya fuimos y venimos y nada que despertaba, tratamos de todo, pero no hubo forma de hacerla reaccionar. Ya les toca descanso a las mulas, se tiene que bajar señorita, háganos usted el favor.

-         ¡¿Qué quiere decir con horas, cuántas horas exactamente?! No lo puedo creer...

-       Pues es la una de la tarde señorita, y usted se subió alrededor de las ocho y media, cuarto para las nueve, por ahí échele cuentas... Con decirle que hicimos toda la ruta de ida y vuelta, estamos de regreso en el zócalo y como le digo, es hora del descanso de las mulitas, así es que ahuecando el ala, por favorcito. Y por ahí le encargo quince centavitos, por el paseo extra, si es usted tan amable reinita.

-      María del Carmen se disculpó con los conductores, se frotó los ojos, pagó lo debido entregando un peso; recibió el vuelto y bajó, todavía adormilada. Claro, aunque se sentía tan feliz y relajada de haber por fin comenzado una relación amorosa con Meurice no había dormido en toda la noche, así es que apenas se subió al tranvía la siesta no se hizo esperar, sin importar el ruido, la bocina ni nada. Aunque hubiera querido regresar a la oficina caminando, para espabilarse, no había ya mucho tiempo, y moría de hambre, además, así es que decidió tomar un coche de caballos privado; lo que sería hoy un taxi, pues, que en esa época costaban una fortuna y María del Carmen trataba de evitar a toda costa, pero en ese momento no le quedó de otra.

El resto del día lo pasó despierta, pero soñando.

Alrededor de las 7:00 p.m. Doña Paula y la Doctora Montoya llegaron y todas las involucradas en el rescate comenzaron a prepararse. Confiaban en que Constanza y Hermelinda harían su parte. Se vistieron cómodamente, cenaron juntas un caldito de pollo y afinaron los últimos detalles. Decidieron salir un poco temprano, pues había llovido, como casi todas las tardes, y la calles se volvían un lodazal, lo cual dificultaba el paso. En una maleta llevaban los materiales necesarios y la ropa para Constanza.

A las 8:15 p.m. María del Carmen, la doctora Montoya, la señora Paula y la señora María Jesús subieron al coche de caballos que las llevaría a la calle de la Canoa, y, más exactamente, a la casona del Hospital del Divino Salvador para Mujeres Dementes. En efecto, el viaje fue lento, mucho más de lo que pensaban, de hecho. Los caballos penaban a avanzar entre el peso de los pasajeros y el fango que se había formado después del aguacero. Arribaron al destino veinticinco minutos tarde, y se pusieron en marcha. Las tareas de cada una eran simples, y si eran llevadas a cabo a la perfección, saldrían de allí en un abrir y cerrar de ojos:

María del Carmen era la encargada de abrir la puerta y de subir inmediatamente al segundo piso para instalar el dispositivo de comunicación fabricado por la señora María Jesús, quien debía quedarse al pie de las escaleras recibiendo las informaciones y pasándolas a la doctora Montoya, que se quedaría en la recepción asegurándose de que nadie entrara ni se acercara al Hospital. Y por último, la señora Paula, alcanzaría a su hija en la habitación de Constanza y entre las dos, con la ayuda de Hermelinda, ayudarían a Constanza a vestirse y la llevarían directamente al coche. La doctora Montoya se encargaría de borrar las huellas de su presencia, de cerrar el portón y de salir de ahí lo antes posible.

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