Mi perro hizo inmediatamente lo que le pedí y ella falló el golpe.

¿Pero qué...?

—¿Qué coño estabas a punto de hacer?—le espeté aún sin poderme creer que hubiese estado a punto de pegarle a mi perro. Di un paso hacia delante. No esperaba para nada que ella se defendiese...

—¡Eres un gilipollas!—me gritó entonces, acercándose hacia mí con la sartén aún en la mano. La cogí de la muñeca justo a tiempo de que me diera un buen golpe en el hombro. Thor ladró a mis espaldas pero no atacó.

Esta chica era de lo más imprevisible, y aún habiéndole cogido de la muñeca no sé cómo pero se las ingenió para darme un golpe en el brazo con la sartén.

Muy bien, hasta aquí hemos llegado.

Con fuerza le arranqué la sartén de las manos y la empujé contra la nevera. Le sacaba por lo menos una cabeza pero no me importó agacharme y ponerme a su altura.

—Primero: que esta sea la última vez que atacas a mi perro, y segundo—le dije clavando mis ojos en los suyos; una parte de mi cerebro se fijo en las pequeñas pecas que tenía en la nariz y en las mejillas—No vuelvas a golpearme porque entonces sí que vamos a tener un problema.

Ella me observó de forma extraña. Sus ojos se fijaron en mí y luego bajaron hacia mis manos que sin saber cómo habían terminado en su cintura.

—Suéltame ahora mismo—me dijo con una frialdad increíble.

Quité las manos de su cuerpo y di un paso hacia atrás. Mi respiración se habia acelerado y no tenía ni idea de porqué. Ya había tenido demasiado de ella por un día, y eso que la había conocido hacia apenas cinco minutos.

—Bienvenida a la familia, hermanita—le dije dándole la espalda, cogiendo mi bocadillo de la encimera y dirigiéndome hacia la puerta.

—No me llames así, yo no soy tu hermana ni nada que se le parezca—exclamo tras mi espalda. Lo dijo con tanto odio y sinceridad que me giré para observarla otra vez. Sus ojos brillaban con la determinación de lo que había dicho y entonces supe que a ella le hacía la misma gracia que a mí que nuestros padres hubiesen acabado juntos.

Aunque pensándolo mejor... ¿Qué estaba diciendo? Había pasado de vivir en un piso de mala muerte a una de las casas más grandes de una de las mejores urbanizaciones de las afueras de Los Ángeles, ella, al igual que su madre, eran unas cazafortunas que solo querían sacarle el dinero a mi padre ¿y encima tenía que aguantar estos desplantes?

—En eso estamos de acuerdo...hermanita—repetí entornando los ojos y disfrutando como sus pequeñas manos se convertían en puños.

Justo entonces escuché ruido a mis espaldas. Me giré y me encontré de cara con mi padre...y su mujer.

—Veo que os habéis conocido—dijo mi padre entrando en la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. Hacía muchísimo tiempo que no le veía sonreír de aquella manera y en el fondo me alegraba verle así, y también que hubiera rehecho su vida. Aunque en el camino se hubiese dejado algo: yo.

Rafaella me sonrió con cariño desde la puerta y me obligué a mi mismo a realizar una especie de mueca, lo más parecido a una sonrisa y lo máximo que iba a conseguir de mí aquella mujer. No tenía nada contra ella, es más, parecía simpática y estaba buena, podía entender lo que mi padre había visto en ella: piernas largas, rubia, ojos claros, buenas curvas... El tipo de mujer que yo buscaba y usaba como me daba la gana; pero no estaba nada contento con tener que abrirle mi vida privada a dos desconocidas y menos que fueran tías.

A pesar de que mi padre y yo no teníamos ninguna relación brillante ni afectuosa, había estado perfectamente de acuerdo con que creara aquella muralla que nos separaba del mundo exterior. Lo que había ocurrido con mi madre nos había marcado a los dos, pero sobre todo a mí, que era su hijo y tuve que ver como se marchaba sin mirar atrás.

Desde entonces desconfiaba de las mujeres, no quería saber nada de ellas a no ser que fuera para tirármelas o pasar un rato entretenido en las fiestas. ¿Para qué quería más?

—¿Noah has visto a Thor?—le preguntó Rafaella a su hija, que aún seguía junto a la encimera sin poder disimular su mal humor.

—¿Te refieres al perro loco que ha estado a punto de matarme?—le contestó ella dirigiendo sus ojos a los míos.

Me sorprendió que no fuera corriendo a chivarse a su madre.

—¿Pero qué dices? si es buenísimo—le contesto Rafaella y entonces observe como mi perro se acercaba a ella moviendo la cola con alegría.

Le observé impasible, sabiendo que no podía hacer nada para que mi perro odiase a esa mujer.

Entonces Noah hizo algo que me descolocó. Dio un paso al frente se agachó y comenzó a llamar a Thor.

—Thor, ven, ven bonito...—dijo hablándole de forma cariñosa y amigable. Había que admitir que por lo menos era valiente. Hacía menos de un segundo estaba temblando de miedo por ese mismo perro.

Mi perro se giró hacia ella moviendo la cola enérgicamente. Giró su cabeza hacia a mí, luego a ella otra vez y seguramente intuyó que algo iba a mal porque me puse tan serio que hasta el animal se dio cuenta.

Con la cola metida entre las piernas se acercó hacia a mí sentándose a mi lado y dejando a mi hermanastra completamente cortada.

—Buen chico—le dije yo con una gran sonrisa.

Noah se puso de pié de golpe, fulminándome con sus ojos enmarcados por espesas pestañas y se giró hacia su madre.

—Me voy a la cama—dijo de forma contundente.

Yo me dispuse a hacer lo mismo, o bueno, mejor dicho todo lo contrario ya que esa noche había una fiesta en la playa y yo debía estar allí.

—Yo salgo esta noche, no me esperéis—dije sintiéndome extraño al dirigirme en plural.

Justo cuando estaba a punto de emprender mi marcha hacia fuera de la cocina, mi padre nos detuvo, a mí y a mi hermanita.

—Hoy salimos a cenar los cuatro juntos—dijo mirándome sobre todo a mí.

¡No jodas!

—Papá, lo siendo. Pero he quedado y...

—Yo estoy muy cansada por el viaje me...

—Es nuestra primera cena en familia y quiero que estéis presentes los dos—dijo mi padre interrumpiéndonos a ambos. A mi lado Noah soltó todo el aire que estaba conteniendo de golpe.

—¿No podemos ir mañana?—rebatió ella.

—Lo siento cielo, pero tengo un juicio muy importante y no sé a qué hora llegaré—le contestó mi padre.

Fue tan extraño su manera de dirigirse a ella... por favor si apenas la conocía. Yo ya estaba en la universidad, hacia lo que me daba la gana, en otras palabras ya era un adulto, ¿pero Noah? Por favor, sería la pesadilla de cualquier pareja recién casada.

—Noah, vamos a cenar juntos y punto, no se habla más—dijo Rafaella clavando sus ojos claros en su hija.

Decidí que sería mejor ceder aquella vez. Cenaría con ellos y luego me iría a casa de Anna, mi amiga... especial, por no llamarla algo peor; después iríamos a la fiesta.

Noah farfullo algo ininteligible, pasó entre los dos y se encamino hacia el salón que la llevaría al hall principal donde estaba la escalera.

—Dadme media hora para ducharme—les dije señalando mi ropa sudada.

Mi padre asintió satisfecho, su mujer me sonrió y supe que aquella noche el hijo adulto y responsable había sido yo... o por lo menos eso creían.          

     ***.                                      

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