Narrado por Jane

• En aquel instante efímero antes de dejar caer mis párpados adormecidos, logré escrutar con absoluta claridad la sombra abominable del Ángel negro que había partido el vuelo con dirección a mí. Estaba vestido con una túnica obscura adornada con encajes de calaveras y tarántulas en la parte inferior de su falda. Su semblante fúnebre se ocultó entre la penumbra que daba el capirote sepulcral que utilizaba. ¡Era inevitable inhalar el olor fétido de aquellas plumas negras que se agitaban al compás de cada paso que propinaba!.
Entretanto alcancé a distinguir un extraño artefacto similar a un reloj de arena que estaba suspendido entre sus esqueléticos dedos.

Instintivamente, reactivé las capacidades de mis débiles pupilas para lograr visualizar el interior del reloj de arena donde en vez de granos había una especie de polvo rojo bastante inusual. En pocas palabras, era algo inverosímil, como si se tratara de un horripilante cuento de terror.

Tu final ha llegado. Cruzaremos juntos el umbral — susurró el Ángel de la muerte, mientras interpuso la hoja afilada de su guadaña por debajo de mi yugular.

¡No cabría la menor duda de que estaba dispuesto a transportar mi espíritu en el largo trayecto al más allá!.

— ¡No me lleves, por favor!. Aún tengo una misión que cumplir, ¡salvar a mi hija!. — supliqué, derrochando un mar lágrimas.

Desafortunadamente, ni siquiera tuvo la bondad suficiente para escuchar mis plegarias. ¡No le importó en lo más mínimo mis sentimientos de madre!. Después de todo, Él solo cumplía con su encomendada labor.

Acto seguido, cogí el último bocado de aire para oxigenar mis pulmones. A la vez que presioné mis párpados con mucha fuerza e impidiendo que se quedara grabado en mis retinas.

— ¡Espera!.., — se escuchó el grito descarado de Slenderman mientras se aproximó velozmente. — Te haré más fácil el trabajo, sólo deja que yo me encargue de asesinar a esta mierda junto con su perra bastarda. — concluyó, justo cuando dejó escapar una risa chillona.

Fue entonces cuando, sin pronunciar una sola palabra el Ángel negro giró sobre sí mismo para luego camuflarse entre la sombra que daba el quicio de la gran sala. Allí aguardó pacientemente el infame desenlace que me daría Slenderman.

— Dame tu mano... — ordenó con la voz pesada y endemoniada, mientras extendió dos de sus tentáculos hacia mí.

El miedo me dejó estupefacta. A la par que una sensación de escalofrío congeló cada glóbulo sanguíneo.

— Por favor, tenga piedad de mi hija, ella es tan sólo una niña que ha sufrido mucho en esta vida. ¡No le haga daño, se lo imploro Señor Slender! —  dije con todo el dolor anidado en mi corazón.

Seguidamente me puse de cuclillas delante suyo y comencé a besar sus pies como acto de humillación. Pero aún así, Slenderman continuó burlándose cruelmente, como si yo fuera un bufón.

— ¡Eres una pobre estúpida, no me conmueves para nada!. — vociferó embravecido cuando me propinó un duro golpe con la suela de su zapato.

La patada fue tan poderosa que lanzó mi cuerpo a una distancia extremadamente larga, provocando inclusive la mutilación de mi ojo izquierdo.

¡El dolor era tremendo e indescriptible!. ¡No pude mover ningún músculo, ni siquiera lograba respirar, pues la sangre ingresó a través de mis pulmones!.
Indudablemente mi final era este.

— ¿Aún quieres rescatar a tu bastarda? — preguntó — ¡Ella no es tu sangre!, eres una completa desconocida, una mujer estéril que tuvo la idea tan mierda de adoptar a una zorra, como hija. — aseveró.

Con una furia descomunal, Slenderman me tomó de los pelos y me arrastró hacia la chimenea del cual ardía un fuego violento e infernal. Acto seguido, cogió un trozo de alambre con púas y me amarró a un silla de metal, amordazando mi boca con una cinta adhesiva.

Los vellos se me habían erizado casi instantáneamente. A la par que una leve cascada de sudor frío empezó a empapar mi ropa.

— Nicky, cariño mío. Mira quien vino de visita. —  se escuchó la voz de Slenderman desde la oscuridad.

Súbitamente, el tenue fulgor de la chimenea se volvió mucho más intensa iluminando así hasta el rincón más desapercibido de la casa. Gracias a ello, logré distinguir el cuerpo inconsciente de mi pequeña hija Nicky, que se hallaba maniatada a una cama. Estaba totalmente desnuda e impregnada con su propia hemorragia.

Mi corazón palpitó con mucho ímpetu. Entretanto no pude contener el llanto. ¡Intenté gritar de mil maneras, pero mi voz se perdió en el vacío de un abismo insondable.

De pronto, el maldito psicópata cogió un par de bidones que contenían gasolina y lo diseminó por encima del colchón.

— ¡Despídete de tu bastarda!— pronunció Slenderman por última vez, cuando encendió el cerillo y se la arrojó.

— ¡No, a mi niña no, por favor!. ¡Ella es la razón de mi existencia!. ¡Hija, perdóname por ser una mala madre, y por descuidar de ti!. — grité desconsolada.

Fue justo en aquel triste momento cuando mi alma se había hecho trizas al ser testigo de tal inhumano hecho donde el fuego enfurecido consumió vorazmente la piel y los huesos de aquella niña inocente.

Jeff, mi peor pesadilla©¡Lee esta historia GRATIS!