Milagros

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-Con que es lo suficiente hombre como para dar la cara, joven -me miró con desprecio.

Miré cautelosamente a mi alrededor sin contener una sonrisa engreída. "Al mal tiempo, buena cara" ¿no?

-Usted sabe perfectamente que su comportamiento de esta tarde merece una severa sanción.

Sus cachetes temblaban cada vez que hablaba por lo rabioso que estaba. Parecía un pequeño bulldog furioso.

-¿No va a decir nada? -me increpó.

"Si piensas que me voy a arrodillar suplicando perdón, estás muy equivocado, idiota." respondí mentalmente "no me arrepiento en nada de lo que hice, no seré tan hipócrita como para fingir que no lo volvería a hacer".

-No hay mucho que decir -respondí secamente.

-¡Ah! -exclamó complacido -Entonces reconoce su culpa.

No estaba muy seguro de cómo contestar eso. Para mi suerte (o mala suerte) en ese momento entraron a la oficina un buen grupo de mis profesores. Probablemente a hundirme más. Genial.

-Estuve contando sus puntos, muchacho y lamento decirle que tendremos que sacarlo de esta institución educativa-el director parecía fascinado de tener público y era evidente que no lamentaba ni un poquititito expulsarme.

-Sobre eso, señor veníamos a hablarle -intervino dudosamente mi profesora de Ciencias.

-Castiel ha hecho grandes progresos -comentó el de Matemáticas.

-Se ha esforzado -asintió con fuerza la profesora de Literatura.

-Ha asistido al cuádruple de clases -exageró un poco mi profesora de Ciencias pero no me molesté en corregirla.

-Además -la apoyó uno de los de idiomas -ha empezado a hacer varias de sus tareas, sobre todo lo que son ensayos y demás.

-Ha rendido buenos exámenes -soltó alguien.

Todos asintieron. No sé quién estaba más sorprendido, si el director o yo. Definitivamente él lo evidenciaba mucho más. Su mandíbula había caído y sus ojos estaban realmente saltones. Mis profesores me estaban defendiendo. Ya había visto de todo. Incluso lo imposible. Sonreí con satisfacción. Claro que todo se lo debía a la apuesta, pero ese día estaba pudiendo comprobar que era la mejor decisión que había tomado en mucho tiempo. Me giré hacia el director con una sonrisa engreída, disfrutando verdaderamente del momento. Alzando las cejas lo animé a hablar. Su mirada emanaba odio. Parecía querer compartir cualidades con Medusa y matarme ahí mismo.

-Salga -me ordenó en un susurro casi temblando de furia.

-¿Voy a clases tranquilo entonces? -fingí un tono inocente.

-¡LÁRGUESE AHORA MISMO! -gritó.

Haciéndome un poco la víctima delante de mis profesores me retiré, no sin antes agradecerles en un susurro. Ese agradecimiento fue absolutamente sincero. En cuanto cerré la puerta detrás de mí reí entre dientes. Decidí que era mejor ir derechito al salón del curso que me tocaba y me dirigí ahí sin entretenerme con nada en el camino. Al entrar al salón fui recibido por unas veinte miradas curiosas. Algunos celebraron mi aparición y otros me felicitaron por lo que había anunciado. Agradeciendo, me fui hacia un sitio vacío. No tardé mucho en ponerme a hacer los ejercicios que la profesora había encargado, cosa que sorprendió a la mayoría pero jugó en mi favor porque ella entró no mucho después y se mostró verdaderamente satisfecha y orgullosa de encontrarme trabajando. Sin embargo me pareció notar cierta tristeza en sus ojos. ¿Culpa o compasión? ¿Significaba eso que no habían logrado conmover al director? Sabía que él estaba en todo su derecho de botarme y que yo en cambio, no tenía justificación alguna para reclamar. Me obligué a trabajar en los ejercicios para mantener la mente distraída del problemón en el que me había metido. Cuando quise salir de clases, la profesora me retuvo unos instantes. Los demás se fueron conversando, sin darse cuenta de nada.

-Castiel, quiero que sepas que lo intentamos.

-Eso significa que me expulsaron -intenté mantenerme frío.

No estaba seguro de cómo me sentía. Por un lado sentía una indiferencia increíble. Tampoco era como si estudiar ahí fuera mi mayor motivación. Por otro lado, en cambio, pensar en el disgusto de mi mamá y en todos los problemas que esto traería me provocaba una especie de nudo en la garganta que, por más minúsculo que se sintiera, me ponía incómodo.

-No lo sé -se encogió de hombros mientras acomodaba sus cosas.

-No entiendo.

-El director nos escuchó unos instantes y luego nos mandó a nuestros respectivos salones diciendo que la decisión final era únicamente suya.

Genial. Estaba perdido.

-Claro... -susurré solo para no quedarme mudo.

-En serio lo intentamos -me miró fijamente a los ojos -No te imaginas cuánto apreciamos el esfuerzo que has estado haciendo ahora último.

-Y yo en serio se los agradezco. En serio, en serio.

Ella me dirigió una sonrisa tristona y se agachó para acomodar algo. Aproveché ese corte en la conversación para salir del salón. Estaba con la mente tan enredada que casi me paso de largo de una preciosa figura que por lo visto me estaba esperando hacía rato porque prácticamente saltó a mi encuentro. Le lancé una mirada seria, sintiéndome incapaz de fingir una sonrisa.

-Valerie, ahorita estoy con la cabeza en otro lado. No es el mejor momento ¿sí? -aparté mis ojos de ella siguiendo por mi camino en el pasillo.

Ella me siguió silenciosamente colocándose a mi lado como en mudo apoyo. Me detuve en seco al llegar a las escaleras.

-¿No dirás nada?

-¿Para qué?

Su respuesta me sacó una sonrisa.

-Quiero que sepas -suspiré -que no me arrepiento.

Por un momento pensé que se lanzaría a mis brazos, cosa que habría resultado realmente incómoda porque en el momento no me encontraba para nada del humor necesario. Simplemente ladeó su cabeza.

-Quiero acompañarte -susurró -¿te importa?

-Claro que me importa. Pero para bien. Solo que ahora no es un buen momento. Lo que más me provoca es romper un par de cosas, gritar y maldecir un poco -intenté decirlo en broma.

-¿Compro vasos de vidrio?

-Eres increíble.

-Un placer -sonrió ligeramente, como si temiera que me molestara verla feliz.

Continuamos el camino hacia la puerta en silencio, tiempo suficiente para que me regresaran las preocupaciones y el mal humor.

-Creo que prefiero estar solo -mascullé una vez que nos detuvimos frente a la reja.

-Me imaginé.

Con suavidad me tomó de la mano, entrelazó sus dedos con los míos y me dio un apretón cariñoso.

-Llámame cualquier cosa -se empinó y me dio un beso en la mejilla como despedida.

La vi mientras se alejaba en dirección a la estación de bus. Quizás debía acompañarla pero en ese momento probablemente lo único que conseguiría sería terminar discutiendo. Lancé una mirada hacia atrás. Lo mejor sería hablar con el director de una vez y esperar un milagro.

The Real Bad Boy (PUBLICADO)¡Lee esta historia GRATIS!