Capítulo 18

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La tarde anterior al gran día del rescate, las señoras y señorita involucradas se reunieron para recapitular y revisar que todo estuviera listo. Cada una expuso los resultados de sus investigaciones y tareas. La doctora Montoya explicó todo lo que había descubierto Hermelinda. La señora Paula enseñó los atuendos realizados por ella y sus costureras y pidió a María del Carmen, que fungía también como secretaria de la reunión, que se los probara para darse una idea.

-    ¡Qué maravilla amá! - Exclamó – Esto está de lo más cómodo y divertido. Se ve que se inspiraron, qué ganas de verla con este atuendo, aunque me parece que Constanza está mucho más delgada que yo, ¿no le parece, doctora?

-      Pues sí, de lo que pude observar, se ve que la señorita ha perdido mucho peso, pero creo que si llevamos lo necesario, allá se pueden hacer algunos ajustes, ¿no crees Paula? - añadió la doctora Montoya.

-       Sí, yo llevaré lo necesario, no se preocupen. La señora María Jesús fue la de las ideas, yo nada mas las llevé a la realidad. Ya luego hablaremos señora, se me hace que usted y yo podemos hacer cosas juntas. Y ahora, qué tal si Maricarmen hace un programa con los horarios exactos que vamos a seguir. ¿Usted ya le informó a Constanza a qué hora tiene que estar lista mañana doctora?

-      Sí, claro. Yo le dejé lo requerido para no tener problemas y quedamos de estar allí a las nueve en punto. Las monjas se acuestan a las ocho y dejamos una hora para estar seguras que duermen. ¿Tienen listas las linternas de aceite? Preguntó la Doctora.

-     Todo está listo -, intervino la señora Ernestina, también el carruaje y el chofer que conseguimos. Y por último, tenemos que decidir quién va al hospital. En el coche cabrán máximo seis personas apretadas. Cinco dentro y una al lado del cochero – explicó la señora Ernestina - Por prudencia creo que es importante que vaya la doctora Montoya, por cualquier emergencia médica. Ella es la que mejor conoce el lugar, yo prefiero quedarme con mis hijos si no les importa, estaré aquí esperándolas. Y ahora, el programa. Apunta por favor María del Carmen.

-       ¡Esperen! Falta probar el dispositivo de comunicación que fabriqué, exclamó la señora María Jesús sacando un aparato extraño de su bolsa.

Lo probaron y una vez seguras de que funcionaba correctamente, María del Carmen tomó nota del programa con mucho cuidado para no perder ningún detalle. Nunca en su vida se hubiera imaginado que su trabajo la llevaría a meterse por infracción a un hospital. Era la primera vez que cometía un delito, y aunque estaba asustada, el hecho de lograr salvar a Constanza valía cualquier riesgo. Le hubiera gustado estar más emocionada con todo el proyecto, pero no podía dejar de pensar en ya saben quién, así es que en cuanto terminaron la reunión se despidió, y pretextando que tenía que descansar, se retiró a su habitación.

Una vez sola, se puso su camisón y se tiró en la cama. Las lágrimas que había retenido salieron primero como chipi chipi, convirtiéndose poco a poco en un chaparrón con rayos, truenos y toda la cosa, al que decidió enfrentarse sin paraguas. Tirada en el drama estaba cuando Juanita tocó la puerta, y sin esperar respuesta, entró. Al verla en ese estado se acercó a la cama y abrazándola le dijo:

-     Niña, mi niña, ¿qué pasa? Aunque no sé ni para que pregunto, si ya con la cara que traes desde el otro día me queda claro que es por Meurice. Quería hablar contigo desde esa noche, pero he andado muy ocupada y no había podido venir a verte. Ahora me digo que lo tenía que haber hecho, perdóname mi niña -, se lamentaba.

-     ¿Y tú, qué, Juanita? - Preguntó María del Carmen limpiándose la cara con la mano. ¿Qué tienes que ver tú en todo esto?

-      ¡Ay mi niña, ¿qué si tengo algo que ver? ¡si estoy segura que todo es culpa mía! Desde que vino el señor Meurice ese día que estabas dormida, y desde antes, si hubieras visto la cara de niño perdido que ponía cada vez que yo le decía que estabas tu indispuesta, y luego ese día, niña, se veía tan triste y luego tan feliz cuando le dije que podía pasar a verte que no me dio el alma para decirle que se fuera. Te mentí mi niña. La verdad es que lo dejé entrar al cuarto y luego me quedé escuchando por la rendija de la puerta, y no me veas con esa cara mi niña, ya se que hice mal, pero si lo hubieras escuchado, estoy segura que hoy estarían felices y enamorados, como antes.

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