Acatar las siete reglas y no nacer classis inferioribus. Eso es lo mínimo necesario para aspirar a una vida «digna»… o por lo menos a algo parecido a una.
Hace siglos que los vampiros se hicieron con el control total. Tanto tiempo atrás, que la humanidad parece haber olvidado que alguna vez estuvo en la cúspide de la cadena alimenticia. Hemos olvidado que fuimos libres, que tuvimos derechos.
Yo nunca supe lo que era la libertad , o lo que se sentía al salir a la calle sin miedo. Ellos nos arrebataron todo lo que alguna vez fue nuestro y que nos pertenecía por derecho.
Todo comenzó hace trescientos años. Eso dicen, al menos. Yo, por supuesto, no había nacido, pero puedo imaginar el terror que debieron sentir los primeros en enfrentarse a esa oscuridad. Al principio fueron muertes aisladas, sin conexión aparente… hasta que las masacres empezaron a hablar por sí solas. Muchos pensaron que los dioses nos estaban castigando por nuestros pecados, porque esa explicación era más fácil de aceptar que la realidad: que la humanidad estaba siendo cazada por demonios de colmillos afilados.
Cuando la verdad salió a la luz, el mundo se quebró. Algunos se arrodillaron y los veneraron como nuevos dioses; otros aceptaron su destino y se rindieron en silencio. Pero hubo quienes decidieron luchar. Hombres que prefirieron morir antes que inclinarse. Fueron llamados rebellium, o conocidos entre los nuestros como los cazadores de monstruos.
Con el tiempo, los rebellium se fortalecieron. Más rápidos, más astutos, casi sobrehumanos. Como si la propia naturaleza, en un último acto de justicia, les hubiera concedido un don por atreverse a resistir. Pero no fue suficiente. Uno a uno fueron cayendo, hasta extinguirse.
Hoy solo quedamos nosotros: los descendientes de aquella humanidad rota.
Como castigo, los vampiros nos reordenaron bajo su propio sistema, clasificándonos según los pecados de nuestros ancestros.
Los que una vez se postraron ante ellos, ahora son classis superioris —la clase alta, los privilegiados, los leales al régimen vampírico.
Los que ofrecieron sumisión, pero sin apoyo explícito al nuevo orden, fueron clasificados como media genus, la clase media: pequeños comerciantes, artesanos...
Y los que descendemos de los rebellium, o simplemente de aquellos públicamente contrarios al régimen, somos classis inferioribus… la escoria. La mano de obra barata, los sirvientes sin apenas derechos. Aquellos cuyo único valor es servir… o ser sacrificados.
Además, nuestra sociedad está organizada en torno a las praecepta mortis: las siete reglas. Inquebrantables. Mortales.
Romperlas es jugar con la muerte. Un pulso que que solo los vampiros pueden ganar.
Regla número siete: No los mires.
Mirar a un vampiro a los ojos sin que te lo ordene se considera un desafío. Y si se sienten ofendidos, no dudarán en matarte.
Regla número seis: No te rebeles.
Negarte a pagar tributos o donar sangre es rebelión. Serás juzgado. O ejecutado sin juicio. Depende del día, supongo.
Regla número cinco: Enseña tu marca.
A los dieciséis años, todos recibimos una marca ardiente: una runa que delata a qué clase pertenecemos. Ocultarla es rebelión.
Regla número cuatro: No huyas.
Escapar del poblado está prohibido. Este lugar es tu tumba. Tras los muros, solo hay bosques… y licántropos.
Regla número tres: No te acerques a la verbena. La verbena hiere a los vampiros. Poseerla es motivo de ejecución.
Regla número dos: No salgas en la noche.
La hora de caza comienza a las doce de la noche y finaliza cinco horas más tarde. No les basta con la sangre que nos obligan a regalar: necesitan el placer de la persecución, el sabor del miedo.
Si estás fuera a partir de esa hora, acabar contigo se convierte en su derecho. Y no, no puedes reclamar justicia. Porque para ellos, tú no eres más que carne que respira.
Regla número uno: No seas curioso.
Investigar sobre los vampiros está prohibido. La pena es la muerte. Nadie pregunta por qué y nadie sobrevive para contarlo.
Por último, sabed que nuestra forma de vida gira en torno a la gran subasta. Una vez al año, todas las classis inferioribus entran en una rifa. Diez chicas son seleccionadas como sirvientas exclusivas para los vampiros de la corte. Nueve van a las familias nobles. Una al castillo real.
Ninguna ha regresado jamás.
Si cumples las reglas, si aceptas tu papel en la sociedad y no levantas la mirada… enhorabuena: tendrás una vida tranquila. Sumisa. Larga, con suerte.
Pero si eres como yo… una classis inferioribus que ya no sabe agachar la cabeza… ya sabes cuál será tu destino.
El mismo que el de mis antepasados.
El mismo que el de todos los que se atrevieron a mirar más allá del muro.
La diferencia es que yo voy a elegir mi final. Y no será encadenada, ni de rodillas... Será caminando, con el legado de los chupasangres ardiendo a mis espaldas.
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INVICTUS
VampireEn un reino donde las sombras gobiernan y los vampiros dictan las leyes, Katherine nunca imaginó que su vida pudiera ser algo más que sobrevivir. Sin quererlo, se verá arrastrada a una red de secretos prohibidos, libros olvidados y conspiraciones le...
