El asesinato. Sin Título

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El día que mataron al padre de María Gabriela hacía mucho calor. Las cometas revoloteaban en el aire adornando el cielo con bolsas de plástico que estaban identificadas con el logo del gobierno revolucionario, el único que proveía alimentos a la población desde hacía años. Pasta, aceite, salsa de soja, alubias negras, arroz, azúcar y sal. A veces, una cosa más; otras veces, una cosa menos. «¿Qué se supone que vamos a comer? ¿Alubias con salsa de soja?», se quejaba la gente al comienzo. Luego terminaron acostumbrándose. Si querían diversidad debían ir al supermercado o a los establecimientos que vendían alimentos importados. Y ese, no era un lujo que podía permitirse el proletariado de DYF.

Un grupo de niños jugaba chapita, un juego muy parecido al béisbol. El pitcher vestía un pantalón corto que estaba roto por todos lados. María Gabriela esperaba impaciente para batear, sujetaba con ambas manos la mitad de un palo de escoba. Estaba concentrada, con los ojos fijos en la chapa de refresco de una marca estadounidense que, antes de ser expulsada de la patria, solía ser la preferida de la población. 

- Dale, pues. ¡Picha! –provocó al otro.

Ella era la única niña del equipo y del partido, y la mejor corredora del barrio. Un barrio en el que cada fin de semana los muertos superaban la veintena.

- Ah bueno, toda la vida. ¡Es para hoy, mijito! -insistía para hacer enfadar a su contrincante.

Gaby, como la llamaban cariñosamente, era una estratega nata para los deportes, aunque ella no conocía esa palabra ni su significado. En aquella comunidad no había registro de cuándo había sido la última vez que los niños tuvieron clases de forma continua. En la escuela siempre faltaba algo: agua, electricidad, alimentos, profesores e, incluso, los alumnos.

- ¡Ta cagao! -dijo dirigiéndose a los dos niños de su equipo y auspiciando una atmósfera de descontento en los otros. – Apúrate, que con esta ganamo y nos vamo a come un par de mangos.

Tras el lanzamiento María Gabriela bateó un hit, pisó el home y marcó la carrera ganadora. Los niños del equipo contrario se enfadaron sin remedio. Acababan de perder el partido y les tocaba pagar la penitencia. Cada uno recibiría cinco chicotes en la parte trasera del cuello. María Gabriela estaba contentísima. ¡Eufórica! Celebró su carrera bailando y cantando hasta que... reconoció el silencio.

Las celebraciones de sus amigos habían cesado y ya no había señales de enfado. Solo silencio. Ella pudo haber jurado que hasta los pájaros habían dejado de cantar. Ni siquiera podía oír el sonido del riachuelo que estaba un poquito más allá de la vereda y al que iban a jugar en días calurosos como aquel. Nada.

Cuando pasaban estas cosas en DYF, María Gabriela se las imaginaba como una obra de teatro con musicalización de Beethoven. O no, mejor. ¡La sinfonía número 9 de Dvorak! Una cosa que a ella le ponía los pelos de punta. Sobre todo, cada vez que su madre la hacía sonar en casa. «Es para evitar que las paredes nos oigan», lo justificaba. Era bien sabido que en las casas de DYF nada era seguro. De hecho, una de las ocupaciones más populares del país era la de escucha.

Los pelotones de soldados casi siempre hacían el mismo sonido con sus botas de cuero negro recién lustrado. Su marcha sonaba a trompas en Do, a «izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda». Las AK-47 soviéticas que le habían proporcionado sus aliados guerrilleros también tenían un sonido peculiar. ¡A maderas! Y el roce entre las piernas de los marchantes eran timbales. También escuchaban trompetas y trombones cuando se emitía alguna orden.

En esa peculiar obra de teatro los protagonistas no solo eran los de uniforme. También lo era el pueblo. Las personas que se escondían, que cerraban las cortinas y dejaban un espacio mínimo para espiar sin ser vistas, para sonar como violines tristes. Todo estaba sincronizado. El ruido de la respiración de los malos, de los buenos, de los que callaban. Sí, los que no decían nada porque, después de todo, los soldados no venían a por ellos. Porque buscaban a otro cuerpo, se llevarían otra vida. Y, mientras no fuera la suya, había espacio para agradecerle a Dios.

Aún sin título.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora