Claro de luna. Sam (Parte 2)

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El siguiente fragmento es mencionado en el capítulo «Dulce niño mío» del segundo volumen de la Saga. Ocurrió aproximadamente ocho años antes.

Lo único que recordaba de la noche anterior era que un hombre que al parecer lo conocía todo sobre ella y su familia la había llevado allí. Se encontraba en una habitación con una sola cama. Había una ventana al fondo a través de la cual se veía a lo lejos la verja metálica sobre el muro que aislaba todo el recinto, y que a su vez era cubierta por altos árboles. En la esquina junto a la puerta había un armario empotrado y el acceso al cuarto de baño.

Se incorporó en la cama, mareada, y se llevó la mano a la cabeza para relajarse. Cuando se desnudó para vestirse, vio su propio cuerpo lleno de moratones y heridas cicatrizadas sobre su piel. Se estremeció al recordar ráfagas de lo sucedido y su ropa cayó al suelo, tardando unos minutos en recogerla.

Salió de la habitación y deambuló por los pasillos perdida sin querer ir a un lugar concreto. Al principio el edificio parecía un lugar fantasma, ya que ni se oía nada ni se veía a nadie, pero al pasar junto a la enfermería oyó voces.

—¿Por qué no puedo verla? —Escuchó una voz jovial y perturbada—. Quiero saber cómo está.

Por un momento pensó que aquella voz podría ser la de su hermano Jason, pero la suya sería más aguda dados sus trece años, y tampoco encajaba con la de su padre, mucho más fuerte y ronca que la que escuchó. Además, ambos estaban a miles de kilómetros de allí, sin ni siquiera sabiendo que ella estaba viva.

—Ella está bien —respondió una voz más grave que la anterior, y que reconoció como la de John, el hombre que la llevó a aquel lugar.

—No me digas que está bien para que me tranquilice —replicó el joven—. Yo la salvé. No puede estar bien.

Sam frunció el ceño. Quería entrar y darle las gracias al joven que la había salvado, pero por algún motivo que desconocía, John no quería que se encontraran de nuevo. Escuchó unos minutos más las insistencias del joven por verla hasta que no pudo soportarlo más, y abrió la puerta para entrar en la habitación. Las tres personas que había dentro se volvieron hacia ella. Además de John y el chico que la salvó había otra persona más, pero Sam no le prestó atención. Lo único que pudo hacer fue fijar su mirada en los hipnotizantes ojos metálicos de él. John se precipitó sobre ella y la sacó del cuarto a toda prisa, no sin antes percatarse Sam de que los ojos grises del joven eran negros. ¿O eran grises?

—¿Qué haces levantada? —le increpó John—. Deberías estar descansando.

—Ya me encuentro mejor —respondió ella e intentó volver a entrar en la habitación, pero John se lo impidió.

—No puedes verlo, Samantha —dijo poniéndose serio.

Ella lo miró extrañada.

—¿Por qué no? —quiso saber.

—No hagas preguntas cuya respuesta no quieras saber —contestó.

—Quiero saberlo —replicó ella al instante, insistiéndole con la mirada.

—Te salvó. Pero de no haberlo detenido te habría matado —dijo John.

Sam no entendió nada. Frunció el ceño en señal de incomprensión y ladeó la cabeza hacia los lados, negándolo.

—No... —musitó. Su corazón comenzó a latirle con fuerza y sus pulmones parecían cerrar sus válvulas al aire—. No es verdad.

—Samantha.

John trató de poner la mano sobre su hombro, pero ella le apartó y echó a correr. Sus piernas la llevaron hasta la salida del edificio, donde un jardín con caminos de piedras y una fuente en mitad del camino principal era la conexión con el siguiente edificio, el Área de Atención.

Se sentó en el borde de la fuente con las rodillas temblando, y puso sus brazos sobre las piernas para esconder la cabeza entre medias. Mantuvo esa posición hasta que oyó abrirse las puertas a su espalda. John y el chico que la salvó, en quién clavó su mirada, salían del Área Médica. Sus ojos eran grises, tal y como ella había visto al principio, y llevaba una camiseta de manga corta gris que dejaba a la vista su musculoso antebrazo vendado. Sin apartar su mirada de él, se levantó para poder decirle algo, pero John lo obligó a seguir avanzando.

—Gracias —dijo Sam cuando ambos estaban a punto de cruzar la puerta para entrar en el siguiente edificio.

El chico se detuvo, impidiendo que John continuara su camino, y se giró para mirarla durante un diminuto en el que el tiempo pareció congelarse. Sus miradas se cruzaron por segunda vez a propósito, y el mundo se detuvo para Sam en ese instante.

Los Guardianes: lo que no se contóDonde viven las historias. Descúbrelo ahora