Entre las sábanas

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Hacía poco que Oliver se había dormido y, de repente, se incorporó sobresaltado. Había sido el mismo sueño del conejo y la figura sin rostro ni forma. Solo que esta vez solo había durado unos minutos. Al mirar a su alrededor, Oliver se dio cuenta de que la ventana sobre el cabezal de su cama estaba abierta de par en par. Se apresuro en cerrarla, pero el frío ya había calado entre las sábanas. Decidió,meterse dentro de ellas y hacerse una pelota, a ver si así entraba en calor. Como el final de la cama estaba cerca del radiador, empezó a arrastrarse hacia allí. Al cabo de unos segundos, se dio cuenta que llevaba recorrido el triple de lo que ocupaba su cama. Extendió el brazo derecho buscando la pared. No la encontró. Esta vez buscó el final del colchón con la mano izquierda, pero no lo encontró y, al volver a acercar el brazo, se encontró que un objeto algo pesado colgaba de su muñeca, era el reloj de oro.

La sangre, seguía húmeda, como recién manchado. Eso era lo único que parecía reciente, el olor a conejo era nauseabundo y el reloj parecía haber pasado ya por alguna que otra batallita. De pronto Oliver volvió a sentir su presencia, solo que sabía que entonces no era un sueño. Decidió dejar de arrastrarse y empezar a gatear a toda prisa bajo las sábanas, intentando alcanzar un lugar seguro. Dé pronto pasó por encima. Lo supo porque uno de los largos y fétidos dedos de la bestia había pasado rozando el edredón justo por donde estaba su columna vertebral. Eso le hizo sentir pánico y decidió que, aunque se fuese a llevarse la mayor bronca de su vida, debía salir de ahí vivo. Empezó a clavarle las uñas al colchón y, pequeños trozos de se desprendieron, al instante, pudo meter una mano, luego los brazos y finalmente el cuerpo entero, sentía que la lana del colchón empezaba a aprisionarle, y siguió bajando pero, en cuanto su pié entró dentro del colchón, la bestia lo agarró y empezó a tirar de él. Sabía que no tenía escapatoria y se rindió.

La criatura lo volteó, le agarró del cuello e hizo que le mirase al lugar en el que debía estar su cara, pero se encontró una rostro sin ningún tipo de rasgo, completamente plano salvo por una pequeña hendidura a la altura de la boca. Entonces, escuchó un ruido sordo que iba en aumento, y provenía de la boca de ese ser repulsivo. Se empezó a marear, vio como de forma macabra, sus rasgos empezaban a ser absorbidos por la criatura y se empezaban a reflejar en ella. En ese preciso instante, recordó lo que le dijo el conejo y lo que le pasó segundos después. "No... queda tiempo..." Dijo Oliver en un hilillo de voz. Cogió el reloj de bolsillo, lo desencadenó y rodeó el brazo de la bestia con la cadena. La bestia se miró el brazo y se dio cuenta demasiado tarde de lo que estaba pasando. La campana de cristal había vuelto a sonar. Al oírla, Oliver perdió la esperanza de vivir. Solamente quiso seguir escuchando aquella melodía que venía de lo más profundo de su ser.

Al par de segundos, la campana cesó de sonar y el reloj de bolsillo se activo, seccionándole el brazo a la criatura, que soltó al chico y se alejó con un alarido similar a la más terrible de las atrocidades cometida jamás en este mundo. Y entonces, despertó. " ¡¿Pero qué cojones acaba de pasar?!" Exclamó Oliver. "¡Cállate copón, que tu madre sigue durmiendo!" Dijo sobresaltado Alfred, el padre de Oliver mientras dejaba el agua y las pastillas sobre su mesilla de noche. Oliver se tragó las pastillas, se bebió el agua y empezó a bajar a desayunar, cuando se dió cuenta que llevaba algo colgando del brazo izquierdo. El reloj ensangrentado. Solo que no era solo sangre lo que lo cubría, sino una especie de ceniza muy oscura, del mismo color que la tela que cubría aquel ser.

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