Capitulo V

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Un defecto muy característico mío fue la perfección. Mi obsesión por la exactitud de las cosas; el toque perfecto e inmejorable, el resultado final e irrefutable... Tal vez por ello, nunca pude comprender a los demás. Tal vez me llené de tanta vanidad u orgullo que fui cegado por la ambición y desfachatez de la superioridad.

El mundo era complejo y no había tiempo que perder en análisis superfluos que sabía, terminarían demostrando el punto de mi deshumanización.

-¡La Guerra de la Oreja de Jenkins!- Respondió Sam con tanta fuerza y seguridad a la pregunta del profesor, que éste no tuvo un ápice de tiempo para añadir o refutar su respuesta. Todo el mundo, estupefacto, la miraba. Ella no dudaba de sí misma. Era una mujer muy discreta, pero en temas de historia, era la mejor y menos prudente. Su expresividad, su mirada al hablar, sus lisos y mansos negros cabellos y su portentosa risa estaban fuera de este mundo. Era una chica inteligente y yo la observaba desde el último de los asientos del aula.

Observar, analizar, descubrir y entender... esas eran mis distracciones en el colegio. También solía escudriñar en los amplios estantes de la biblioteca. Los libros eran los poseedores de un saber sagrado que anhelaba entender. Recuerdo que una tarde tomé uno y me cautivó tanto el encabezado, que no quedé satisfecho hasta la última palabra leída. Se titulaba "Lástima que estaba muerto" y su autora era Margarita Mainé. ¡Es increíble cómo unas cuantas páginas decían tanto! Así tomé aprecio a la lectura y ví que era posible cambiar al mundo a través de las palabras.

Otro detalle en el que me fijaba constantemente, era en el comportamiento de Isabel, la maestra de literatura. Era estricta, lo sabía, pero con el tiempo me dí cuenta que sus regaños y su carácter hacían parte de la formación de buenos estudiantes. Sentía aprecio por ella, pero lo mantuve en secreto y se lo manifestaba con miedo.

-¿Por qué es tan difícil hablar con cierto tipo de mujeres?- Rondaba en mi cabeza una y otra vez.

-Tal vez me complico demasiado- Pensaba.

- No. ¡Es difícil y punto!- Me dije contraponiéndome a mí mismo.

Eso era lo que producía en mí, el reprochable deseo de entablar conversación con algunas mujeres.

Salí del cole algo aburrido, decepcionado, pesaroso. Y la ví nuevamente. Caminaba pausadamente sobre la pulcra calle, el aire soplaba y daba vida a sus fulgurosos cabellos, y el azulado cielo daba sombra a sus admirables fanales redondos. Yo deslumbrado, la observaba y perdido en aquel fresco paisaje, contenía mis ansias de correr tras ella y romper la maldición del silencio.

Estaba capturado por su belleza. ¡Tanto, que ni ví o sentí la aparición repentina de un recuerdo fugaz que tomaba la figura humana!

Era David.

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