Capítulo 1

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Paris, 1482

(16 años después)

 

El 6 de enero de 1482 Paris lucía aún más hermosa de lo que ya lo era, la gente estaba feliz y las calles llenas de personas emocionadas, pues aquel día se celebraba el Carnaval en la gran ciudad, o como coloquialmente era llamada por los parisinos, “La Fiesta de los Locos”. Era una ocasión especial, pues toda la ciudad se congregaba en la plaza para presenciar miles de actos, todos llevados a cabo por los gitanos, pues aquel día era el único día del año donde la gente los aceptaba sin temor, y se divertía con ellos. Pero entre todos esos actos, los más importantes eran las coronaciones de la Reina del Carnaval y el Rey de los Locos. La Reina del Carnaval era la mujer más hermosa, y el Rey de los Locos, el hombre más espantoso. A este evento, por supuesto, asistían entre los ciudadanos, los rostros más conocidos de Paris, como lo eran los nobles, condes, duques, entre otros, y miembros del Clero, como el Juez Claude Frollo. Los preparativos de la fiesta en la plaza frente a la Catedral de Notre Dame habían comenzado cuando sonaron las seis campanadas en la mañana. Frollo se había aparecido a aquella hora en la plaza, entrando al gran templo. Había saludado al archidiácono y a los monaguillos con cortesía y llevaba una canasta en la mano llena de comida. Abrió una portezuela detrás del altar y subió las empinadas escaleras en forma de caracol hasta llegar al campanario.

 

El campanario de Notre Dame era un espacio realmente amplio. Constaba de varios pisos y plataformas todas conectadas por escaleras, y en medio de estas, de gruesas vigas de madera, guindaban las campanas de todos los tamaños, y cada una con un sonido y nombre distinto. El Juez caminó con tranquilidad, subiendo unas primeras escaleras, llegando a una plataforma donde se conectaba con una terraza que le daba toda la vuelta a la torre y por un puente se conectaba con la torre de al lado, donde estaban los aposentos del Archidiácono y sus asistentes. El juez paseó la mirada por la plataforma dentro de la torre, donde había un escritorio con toda una maqueta de Paris hecha con madera, y varias velas talladas de distintas formas a su alrededor. Al fondo había una cama, con una cortina roja que la cubría, y frente a ésta, otra cama pero que la cubría una cortina azul. Habían unas tres sillas alrededor de una mesa circular, pero no había nadie en ninguna parte, cosa que al juez le extrañó. Caminó hacia el exterior y se detuvo unos breves instantes, admirando la vista. Era imposible cansarse de ver Paris desde aquel punto, pues tenías la ciudad entera a tus pies, y podías llegar a ver desde allá arriba las colinas a las afueras de la ciudad, y como el Río Sena se perdía en el horizonte. El hombre tomó un profundo respiro, y justo cuando fue a dar la vuelta, sintió unos pasos apresurados detrás de él y luego unas manos que lo abrazaron con fuerza por detrás. Una leve sonrisa apareció en su rostro.

-Bon Jour, amo.-
Se escuchó una voz femenina detrás de él decir.

-Bon Jour, Mollié.-

Claude se volteó y sonrió al ver a la chica frente a él. Era una hermosa muchacha de dieciséis años, alta y delgada, por supuesto que nunca como Frollo. Tenía una cabellera lisa y larga hasta la cintura de un color rojizo opaco, el cual, en contraste con su piel blanca, su hermoso rostro en forma de corazón, nariz perfilada, sus ojos verdes como botellas bajo unas delineadas cejas oscuras, y unos finos labios que sonreían sin cesar, hacían una hermosa combinación de colores. Llevaba puestos unos botines de cuero marrón, un vestido verde como sus ojos y una soga atada como cinturón. Claude realmente adoraba a aquella chica, era como la hija que jamás había tenido. Pero luego recordaba que era hija de una gitana, y se le pasaba tal emoción, y la trataba con la frialdad respetuosa que había tenido hacia ella desde que los había acogido en el campanario. Sin embargo, ella se empeñaba en ser una cariñosa niña, después de todo, estaba agradecida por haber sido acogida luego de que su madre los había abandonado a las puertas de la Catedral, o eso le había hecho creer Frollo.

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