Prólogo

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Paris, 1466

 

La luna brillaba en lo alto del cielo sobre la ciudad de Paris. El viento de otoño danzaba sobre los tejados y entre las calles, con una suave silbido que parecía un arrullo para los niños. El frío había comenzado a llegar a la ciudad, y se sentía más a las afueras, hacia el cementerio de Paris. En aquel camposanto, lleno de cruces, lápidas, ángeles que lloraban, donde el mármol se llenaba de tierra, la madera se enterraba bajo un nombre y los gusanos tenían banquetes cada noche, había una tumba anónima, con una cruz en su enorme lápida, una cruz cristiana envuelta en volutas y ornamentos curvos, que debajo de la tapa de piedra no escondía a un muerto, si no unas escaleras, que eran la entrada a un mundo más maravilloso, terrorífico y misterioso que la ciudad que se alzaba sobre éste. Uno debía bajar las escaleras con cuidado, pues el moho te haría resbalar un buen tramo hacia abajo. Se debía tener una antorcha o una vela en la mano, pues en la oscuridad, ni un centinela sabría distinguir el verdadero camino hacia su destino. Las calaveras en los muros de piedra saludaban a cualquier invitado, y maldecían con la mirada de esas cuencas huecas a cualquier intruso. Y así, correteando por las catatumbas de Paris, como una rata por las calles de Paris, uno podría encontrar en el escondite más recóndito de aquel laberinto, la famosa reunión de la cual se había creado una leyenda urbana, la Corte de los Milagros. Un nombre realmente hermoso para ser la sociedad de la gente más espantosa de Paris. Todo bandido, todo ladrón, todo asesino, toda mujerzuela, toda espía, todo gitano vivía allí. Allí no había religión, allí no había jerarquía, solo había una raza, la raza de los que pasan. Allí encontrarías andaluces, catalanes, borbones, franceses, germanos, judíos, romanos, turcos, pero todos se protegían como hermanos.

 

Al divisar la Corte de los Milagros era una especie de amplio mercado, con carpas por doquier, de todos colores, repartidas en el amplio espacio al azar. Algunas eran negocios, otras eran dormitorios, daba igual. En una de esas carpas, cuatro mujeres estaban reunidas, formando un círculo, y en el centro había una mesa, con un bebé envuelto en sábanas, chillando.

-Es mío.- espetó una mujer de una nariz larga como un pico.

-¿Y porqué? Si lo dices con tanta ligereza puede ser mío también.- espetó otra, una gorda frente a la primera que habló.

-Ridícula, si tu ya estas preñada y tienes un hombre que te puede dar tres hijos más.- protestó la que estaba a su derecha, una mujer alta y delgada, que le faltaban tres dientes y escupía cuando hablaba.

-Silencio todas, yo soy la que mejor sabe conseguir comida, yo soy la única que sabrá alimentarlo.- exclamó la que se encontraba frente a la gorda.

Las mujeres discutían y discutían sin cesar, elevando el tono de voz y así el bebé chillaba con más fuerza. Aquella cacofonía de sonidos duró tan solo unos instantes, pues la tela que servía como puerta de la carpa se abrió y había una quinta mujer allí parada. Todas las mujeres callaron al verla, dando un paso atrás, viéndola con recelo, odio, envidia, o temor, pero además de esos sentimientos, todas con respeto. Detrás de la mujer, a la altura de sus rodillas, se asomó la pequeña carita de una niña, la cual se aferraba a las faldas de ella.

-Helena.- susurraron todas.

La hermosa mujer llamada Helena entró a la carpa, seguida por la niña. Se acercó al bebé y con una ternura y delicadeza propia de una madre, cargó a la pequeña criatura y la meció en sus brazos. La bebé dejó de llorar, abrió sus ojos como platos y con solo ver el rostro de la mujer soltó una pequeña risa como un gorgoteo, lo que hizo a Helena sonreír. La bebé alzó una manita hacia la gitana y ella le dió un dedo, así la mano de la bebé envolvió el dedo índice de Helena mientras ésta veía a las otras mujeres.

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