Narra Sam

Uno de los momentos más incómodos de toda mi vida, fué cuando empecé el instituto. Mi madre estaba tan emocionada que fué contándoselo a cada persona con la que entablaba una pequeña conversación. El día que empecé, ella me acompaño hasta mi primera clase. Todo el mundo me miraba raro y yo solo quería que un huracán pasara por encima mio y me tragase como un cerdo cuando engulle su comida. Ella solía decirme que algún día llegaría lejos, que conseguiría sacarme la carrera de medicina y que sería una de las mejores doctoras de la faz de la Tierra.

Otro momento incómodo, vergonzoso y desastroso de mi vida, fué en mi tercer curso de instituto. La profesora de educación física nos hizo jugar un partido de béisbol contra los de cuarto curso. Yo siempre había sido pésima para coger un bate y golpear fuerte a una pelota diminuta que ni si quiera alcanzaba a ver.

Pensé que lo tendría todo controlado, tiraría un par de veces, fallaría en todas y tal vez se rieran un poco de mi, nada que no pudiese soportar. Pero cuando llegó mi turno y el lanzador tiró la pelota hacia mi, quise acertar y darle a la maldita bola. No le dí. Estaba claro que no iba a darle, pero lo que no me esperé fué que la crema de manos que utilicé la clase anterior resbalara aún, e hiciera que el bate se escapara de mis manos, volara por los aires y acabara dándome un golpe en la cabeza, consiguiendo la risa de los alumnos de los dos cursos y de la profesora de gimnasia. A partir de ese día, empezaron a llamarme la chica bate.

También recuerdo aquella vez que me quedé a dormir a casa de James. Mis padres habían salido de viaje de negocios y Jack y yo tuvimos que quedarnos en su casa. No era la primera vez que dormíamos juntos, había estado en su casa innumerables veces, pero cuando entré al baño después de cenar y me dispuse a hacer mis necesidades, no pensé en cerrar la puerta con pestillo. Ya podéis imaginároslo. Yo apretando, James interrumpiendo mi momento de privacidad, Jack riéndose de fondo, miradas confusas entre los dos y un olor que atormentaba a cualquiera. Tan solo tenía trece años y creo que nunca me sentí tan incómoda en mi vida.

Mis días se basaban en momentos así, había pasado tanta vergüenza y tantas incomodidades a lo largo de los años, que estaba acostumbrada a quedar en ridículo.

Los momentos incómodos son necesarios en la vida de una persona, aveces, cuando ocurren, deseas salir corriendo, deseas desaparecer o ser invisible, pero, a lo largo del tiempo, llegarán a ser recuerdos que nos hagan llorar de la risa y no nos arrepentiremos de haber pasado por eso.

Esta comida de Navidad, era sin duda uno de esos momentos que añadir a mi lista. 

A pesar de que nuestros padres charlaban tranquilamente, la tensión entre James y yo era notoria. 

Odiaba estar en esta situación con él, pero ¿Que podía hacer? Yo nunca había pasado por algo así, no solía meterme en estos líos, y si lo hacía, era James quien me ayudaba a salir de ellos, pero ahora, ahora el lío era con él.

 A los pocos minutos una llamada entrante vibró en la mesa. Yo siempre solía dejar el móvil pegado al plato mientras comía, era una costumbre que tenía.

La pantalla ahora iluminada dejó ver el nombre de quien llamaba. Me sorprendí al instante, la verdad es que había estado tan ocupada sin hacer nada estos días, tan solo pensando en mi situación amistosa con James, o quizás amorosa, que me olvidé completamente de Chad. Olvidé llamarle, darle una explicación o inventarme cualquier cosa que me excusara por un tiempo.

¿Si? —hablé al descolgar.

Sam —dijo simpático, hasta parecía que sonreía por el tono que utilizó. Pensaba que estaría enfadado por marcharme de aquella manera el día de la fiesta, pero no era así, o eso parecía. Lo último que recuerdo de él, fué un duro mensaje que abrí la mañana que desperté en casa de James, que decía ''Hablaremos mañana'' y ya han pasado cuatro días de aquello —¿Como estas?

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