Capítulo 2

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Al finalizar la cena se sentaron alrededor de la chimenea

—Abuelo, ¿Cómo conociste a la abuela?

Piero sonrió, tomó a su nieta Genevive y la acomodó sobre su regazo. Suspiró y contó esa historia que tantas veces le había contado a sus hijos.

—Hace muchos años, yo era un joven que no le gustaba las relaciones estables, estaba con muchas chicas, pero ninguna era mi novia. Ya tenía 18 años, había terminado la escuela y decidí trabajar. Mis padres tenían un local de ropa. Mi padre era algo viejo para hacer las cargas que mi madre le mandaba, y mi hermano mayor ya estaba casado y tenía su propio trabajo. Mi madre me daba recados y yo los cumplía.

»Era uno de los primeros días de enero. La nieve cubría todas las calles y los techos. Caminar daba trabajo. Yo estaba en vacaciones, pero aún así le hacía algunos trabajos a mi madre por mi propia cuenta y marcando mi propio horario. Yo cargaba varias cajas, era incómodo, pues con tantos abrigos sobre mi cuerpo casi no podía mantener el equilibrio. Las cajas me impedían mirar al frente, entonces movía las cajas de vez en cuando para poder ver sin chocarme a nadie. Además la gente me veía y también se hacía a un lado.

»En cierto momento vi que nadie venía por delante y continué mi camino ya sin fijarme. Caminé unos 20 metros cuando… ¡BOOM! Alguien me había chocado. Estaba furioso, ¿por qué no se había fijado?, estaba dispuesto a gritarle, algunas cajas estaban intactas, otras estaban todas rotas y el contenido estaba esparcido sobre la nieve. Me levanté, colérico y mire fijamente a esa persona que me había chocado. Aún estaba en el suelo cuando me miró. Al cruzar las miradas, todo el enojo desapareció, dejando lugar a un sentimiento que nunca antes había vivido. Comencé a sentir algo extraño en el estómago. Miré a aquella joven, sus grandes y celestes ojos me cautivaron. Le tendí la mano para socorrerla. En el momento en que ella unió su mano a la mía, no pude contener la adrenalina de mi cuerpo y le sonreí. Ella hizo lo mismo, pero fue una sonrisa algo triste, lo que me hizo fijarme en su mirada. Tenía la vista perdida, apagada, sin vida. Se notaba que había llorado y mucho, creí que algo grave le había pasado.

»Ella se disculpó y recogió la ropa del suelo y las colocó nuevamente en la caja, yo intentaba impedírselo, pero ella estaba empecinada en eso y continuaba pidiendo disculpas. Me ayudó a llevar las cosas al auto que estaba a unas cuadras. Fuimos charlando durante todo el trayecto. Luego de guardar las cajas en el baúl, la invité a tomar café o chocolate caliente. Ella se negaba, pero mi insistencia hizo que al final accediera. Entramos al bar más cercano y pedimos chocolate. En ese momento me presenté, cuando dijo su nombre no pude evitar volver a sonreír. Bianca, era la primera mujer por la cual empecé a sentir algo que no había sentido con ninguna otra. El chocolate nos entibió el cuerpo, pero su voz me satisfacía más que la bebida.

»La noche ya había caído cuando salimos del bar, insistí en llevarla a su casa. En el trayecto estuvo muy silenciosa, miraba por la ventana cómo caía la nieve. Creí notar que alguna lágrima descendía sobre su rostro, pero no estaba muy seguro de lo que veía, pues la oscuridad nos inundaba. Al frenar frente a su casa le pedí su número de celular. Ella, luego de dictármelo, me besó en la mejilla y se fue agradeciéndome. Ese beso marcó un fin y un principio en mi vida. Por fin me había enamorado. Llegué a mi casa, mi papá estaba mirando una película y mi madre lavaba los platos en la cocina. Los saludé, comí un poco de las sobras y me dirigí a mi habitación. Después de ducharme, me acosté en mi cama, pensando en Bianca. Tomé mi celular y la llamé. Tardó un poco en contestarme, pero finalmente lo hizo. Su voz era extraña, parecía angustiada pero emocionada a la vez. Estuvimos hablando un largo rato hasta que noté su cansancio y me despedí.

»A la mañana salí a caminar. Mi mente la recordaba a cada paso. Paseé por una plaza y descanse en un banco. Le envié un mensaje preguntando si había dormido bien y si nos podíamos ver. Luego de obtener su respuesta, fui a buscarla. Toqué timbre y salió. Sus ondulados cabellos rubios yacían sobre su abrigo negro. No sé por qué, pero sentía la necesidad de acariciar su angelical rostro. Caminamos una largo rato. Paseábamos por toda la ciudad. Durante el camino hablamos de nuestra vida. Me habló de sus padres y sus dos hermanos mayores. Le pregunté si estaba estudiando. Había terminado la escuela pero no tenía en mente estudiar algo. Tampoco trabajaba. Luego hablamos de mí, de mi trabajo, mi familia.

»Nos sentamos en una plaza. Instintivamente tome sus manos entre las mías. Miré fijamente sus ojos y algo me llamó la atención, aun no se qué, pero bajó su mirada, quitó sus manos y cambió de tema. Entendí que debía mostrarle poco a poco cuánto me gustaba. Durante esa semana nos veíamos casi todos los días y nos hablábamos casi todas las noches.

»Había llegado el doce de enero, su cumpleaños. Me aparecí en su casa con una torta de cumpleaños con 18 velas. Su rostro irradiaba felicidad. Se arrojó a mis brazos abrazándome fuertemente. Esa tarde regresé a mi casa y hablé con un amigo para organizarle una fiesta. El sábado a la noche la invité, de acuerdo con el plan, a cenar. Ella aceptó sin problema, pero, cuando estuvimos en el auto, dirigiéndonos al bar, ella empezó a dudar, o al menos eso parecía. Cuando entramos y se encendieron las luces junto con los gritos diciendo “SORPRESA”, se impactó, hubo un momento en el que parecía que se iba a desmayar, pero, por suerte, no fue así. 

»Esa noche fue la mejor de todas. Bailamos, reímos, todo fue asombroso. Cuando regresamos a su casa, antes de despedirla, la detuve. Me acomodé junto a ella, tomé su mano y le expresé mi amor. Luego nos besamos, ese besó afirmó todo lo que sentía. Rápidamente le pedí ser novios, a lo que aceptó muy emocionada. El primer año de novios lo pasamos fenomenal. Vivíamos muy felices. Poco después de cumplir el año en la relación, su padre enfermó gravemente y al poco tiempo murió, fue algo duro para ella, pero yo siempre estuve ahí para ayudarla.

»Tres años después, a nuestros 22 años, la llevé de viaje a Venecia, donde nos quedaríamos una semana. Una de las últimas noches viajamos en una góndola. La luna iluminaba el río con suavidad. Las luces se veían opacas bajo el brillo de las estrellas, pero nada superaba la belleza de Bianca. Estábamos sentados uno frente al otro. A mitad del viaje, le tomé las manos y me arrodillé ante ella. Mirándola a los ojos le dije: «Antes de conocerte, ninguna mujer me hacía feliz, por esa razón nunca tuve relaciones estables. Mi reputación nunca había sido buena, pero el día que te conocí, algo me cambió, mi corazón dio un vuelco y descubrí que tenía la capacidad de amar, que podía ser feliz con una sola persona. Sentí que mi pasado fue en vano, y también sentí que me habías salvado de él. Hace cuatro años aceptaste ser mi pareja. Reconozco que tuvimos desacuerdos, varias discusiones y peleas, pero aun así, nuestro amor lo supero todo y me da felicidad. Hace cuatro años me salvaste de mi pasado oscuro y me mostraste una nueva oportunidad de ser feliz, por eso, ahora, juntos en Venecia, arrodillado ante ti, te propongo que seamos felices estando aun más unidos, y por el resto de nuestras vidas». Tomé de mi bolsillo un hermoso anillo y se lo coloqué en su delicado anular. Un beso cerró ese momento tan conmovedor. Un año después nos casamos y viajamos a América, a las islas del Caribe, como luna de miel.

»Ella, durante nuestro noviazgo, había estudiado periodismo, yo la apoyé en cada uno de sus proyectos. Luego de casarnos, nos compramos esta casa, como ella siempre había soñado, y lo logramos gracias a nuestro sueldo. Ambos trabajábamos, yo había empezado a estudiar Arquitectura. Recuerdo que trabajaba y estudiaba, casi no dormía, muchas veces había pensado en abandonar la carrera, pero ella siempre estaba animándome, apoyándome, gracias a ella, concluí la carrera. Bianca era de esas personas que disfrutaba la vida, a pesar de todo, la vivía lo mejor que podía, pero, realmente vivía muy bien.

»Un año después de casarnos, la muerte de su madre nos trajo gran tristeza, que fue superada por la llegada de nuestra primera hija, Berenice, una adorable niña, pero con un carácter fuerte y una actitud muy testaruda. A sus dos años tuvimos a los gemelos Francesco y Federico, niños traviesos, muy traviesos, debíamos pagar sus travesuras al menos una vez por semana. Un año después llegó Diana, la última niña, idéntica a su madre. Éramos muy felices. Poco a poco nuestros hijos fueron desapareciendo de nuestra casa, dejándola vacía. Las habitaciones de ellos fueron destinadas a diferentes cosas, la habitación que antes había pertenecido a nuestros niños, fue invadida por plantas —que ahora están marchitas, sufriendo la ausencia de su dueña—. La habitación de las niñas se convirtió en el salón de trabajo. Bianca se encerraba muchas horas para escribir artículos.

»Así fue nuestra vida. Tal vez no viajamos por el mundo como Federico y Chelsea, o hicimos cosas emocionantes como mi hermano, pero la experiencia más grande que viví en mi vida, fue vivirla con ella. Bianca te alegraba la vida. Ahora solo me queda recordarla y sonreír.

Fruto del Amor ©¡Lee esta historia GRATIS!