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Pen Your Pride

Laura

Lunes, 6:30 AM.

El chirrido de la puerta de mi cuarto detonó en mis oídos, peor que la alarma para levantarme.

–Laura, debemos irnos. ¿Quieres ayuda?

–Soy ciega, no invalida –respondí con rabia mientras me aferraba a la almohada suave–.

–No quise ofenderte...

–No lo haces, Vanessa. Estoy adaptada a vivir de esta forma. ¿Cuánto queda para irnos?

–Media hora.

–Estaré lista.

La puerta se cerró despacio, el viento dio en mi dirección. Saqué mi mano hacia la derecha, tocando con mis dedos todo el bordillo de la mesa de noche para tratar de buscar mis gafas oscuras.

Me senté en el borde de la cama y como de costumbre empecé a pisar con la punta de mi pie derecho para saber si había algo estorbando el inicio de mí camino.

Hace doce años, a los siete años de edad, mi familia sufrió un accidente en el auto. Mamá se fracturó un brazo, Vanessa uno que otros raspones al igual que mi padre, pero yo...yo quedé ciega. Según los doctores el golpe dio directa y justamente en mi lóbulo occipital, dejándome ciega instantáneamente. No culpo a nadie, ni siquiera a aquella repentina lluvia en medio verano. Tal vez es mejor estar así.

Sollozo en silencio mientras me paró, tocando la textura de la pared con mis dedos.

Claro que no es mejor estar así.

Todo era vida y color antes de que eso pasara y ahora, todo es un mundo de cenizas en mis ojos, mi vista es tan negra como el carbón.

Cuando llego a tocar el umbral de la puerta del baño me dejó de niñeces y seco mis lágrimas con cuidado, tratando de no lastimar mis ojos, lo raro es que mis corneas están perfectas. El doctor le aseguró a mi madre que había ciertas posibilidades de que mi vista volviera, pero lo máximo que puedo llegar a ver si abro los ojos, es una fastidiosa luz blanca toda borroneada con pintas negras, algo que no es muy agradable.

Mi cuarto y el baño siguen completamente intactos. No han movido ni una sola cosa desde el accidente, de ese modo no tropezaré con alguna cosa en el camino, aunque mamá siempre inspecciona por las noches para evitar cosas inesperadas.

...

Llevo el cierre de la chaqueta hasta la mitad de  mi abdomen. Acomodo la camisa un poco y llamo a Vanessa.

– ¿Ya, Laura?

–Sí.

– ¿Quieres desayunar?

–No. ¿Puedes venir por mí bolso?

–Ya voy.

La suela de los zapatos de mi hermana suena. A medida que me adaptaba a la idea de estar ciega, mis otros sentidos se agudizaron por completo. Siempre escucha el número de pasos y la vibración que este producía, de ese modo sé la distancia que la otra persona tiene. Si no me equivocó está cruzando el pasillo, dobló a la derecha y está justo en mí...

– ¿Dónde está?

...puerta –completo en mi mente–.

–Mamá lo dejó debajo del escritorio. Metió la grabadora y unos cuantos lápices para que escriba las notas.

–Sí, me contó. Es bueno saber que no pesa tu bolso –hizo una pausa–. Te adaptarás, ya lo verás.

Ver...

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