Ella sabía que todo estaba apunto de joderse pero simplemente evadía el tema. Yo no era tan bueno en eso, no quería evadir los hechos que sabía perfectamente que sucederían como si nada hubiera pasado; pero al notar que a la mujer eso le parecía mejor, no abrí la boca.

El día del entierro solo hubo silencio. Ese silencio con el que sabes que todo se dice sin necesidad de hacer ruido o articular palabras. Era doloroso pero simple, tan simple que podía notar como todo a mi alrededor se movía mientras yo le lloraba a una simple tumba que para mí tenía demasiado significado. Supongo que el único de sentir ese silencio era yo; porque a pesar de que todo a mi alrededor estuviera plagado de contaminación acústica, yo no escuchaba nada.

Mi corazón sentía un vacío tan horrible que difícilmente se hubiera sanado con un todo estará bien. Y es por eso que yo creía que no todo era posible, por el simple hecho de que no era así. Si todo fuera posible... ahora estaría jugando una partida al parchís con mi abuela en vez de estar en tan desolada y deprimente situación.

Meses después, todo se movía de forma diferente. No veía el mundo con colores como anteriormente lo había hecho. Ahora, el blanco, el negro y el gris eran los colores que teñían mi corazón y mi ser al completo. Habían efímeros momentos en los que sentía felicidad por hacer ciertas cosas que me daban tranqulidad, pero no eran más que pequeños espacios de tiempo. Nada más.

Hasta que sucedió aquello.

Un día como cualquier otro, una idea algo extraña cruzó mi mente. Me levanté con una especie de motivación: iba a disfrazarme de Peter Pan. Había pasado un año desde que Lourdes había fallecido e iba a visitarla.

Se me ocurrió esa increíble idea, y aunque fuera absurda, infantil y algo tonta a ojos de los demás; para mí tenía demasiado sentido y la iba a llevar a cabo. Me vestí con un traje verde, con unos zapatos y un sombrero del mismo color. Ella alguna vez mencionó el hecho de que él poseía el cabello pelirojo, pero esto no se me hizo un problema ya que yo también lo tenía del mismo color rojizo.

Fui a visitarla cuando la oscuridad de la noche ya había caído. No quería que la gente me viera demasiado, porque a pesar de que la opinión de los demás no era demasiado relevante para mí, no quería hacer el ridículo y que me tomarán por alguien mal de la cabeza. Pero era mi vida, de modo que yo podía hacer lo que quisiera con ella: no me detuve.

Salí de mi casa, siendo el frío aire de invierno el que me dió una bienvenida a la calle. Temblé mientras me dirigía al cementerio, repitiendome mentalmente que la estupidez que estaba haciendo podía arruinar la poca reputación social que tenía a grandes niveles. Por suerte, no había demasiada gente en la calle. Por mala suerte, la poca gente que se encontraba en esta se giraba a verme mientras me señalaba y se reían creyéndose que yo no me percataba de ello.

Bufé con cierta molestia pero no me detuve. No iba a detenerme, algo dentro de mí me estaba implorando que lo hiciera, así que lo iba a hacer.

Apresuré el paso hasta llegar a mi destino, y después de un par de minutos caminando, llegué a la respectiva tumba que estaba buscando. Saqué un pequeño papel del bolsillo improvisado que me había ingeniado y lo dejé sobre esta.

-Hola abuela -Dije con el tono de voz más estable que pude encontrar dentro de mí-. ¿Te acuerdas de estas historias? Supongo que...-Mi voz tembló- no siempre gana el bueno. ¿Pero sabes? La vida es así -Dije señalando a mi alrededor y las comisuras de mis labios se curvaron en una especie de sonrisa-, es una completa ironía. Tú querías salvar el mundo, sin embargo este te lo arrebató todo a ti. Tú no ganaste esta batalla -Sorbí mi nariz-, pero yo pienso ganar la mía.

Estaba a punto de girarme para volver a mi casa. La angustia y el nudo que sentía en la garganta estaban creciendo demasiado, no creía aguantar más tiempo delante de aquella triste escena. Sin embargo, antes de que pudiera voltear mi cuerpo, algo me paralizó por completo.

Soul of the nightDonde viven las historias. Descúbrelo ahora