20.- Enrique

42 4 6
                                                  


Enrique dio vueltas y más vueltas en la cama mientras sus pensamientos se agitaban como una bola de esas de purpurina de los sitios de souvenirs. Era incapaz de conciliar el sueño. Al final, se levantó muy temprano, antes que Miguel, y se dirigió al balcón con una taza de café y el corazón en un puño. No sabía qué hacer. Después de que el testamento de Matilde pusiera en su mano lo de montar su propia revista, y cuando pensaba que el mundo era al fin maravilloso por permitirle cumplir sus sueños, la insólita aparición de una propuesta muy jugosa de trabajo había sumido su mente en la confusión más completa.

Por un lado estaba la oportunidad de arreglárselas solo, de ser su propio jefe y de hacer los contenidos que siempre quiso. Eso sí, sin red de seguridad. Y, por otro, un trabajo similar al que hacía antes para Vogue, en una revista de prestigio, pero bajo las órdenes de un jefe que no conocía y que puede que fuera peor que la de El diablo se vistió de Prada. Quién sabe. No tendría la misma libertad, pero sí el acceso al mundo de la moda por la puerta grande, sin tener que pelearlo por sí mismo.

Tal vez si elegía lo segundo, en un momento determinado del futuro, podría hacer lo primero con menos riesgos que ahora de que todo se viniera abajo. Pero ahí estaba lo malo: la ambigüedad del concepto «un momento del futuro». ¿Qué manera de vivir era esa en la que uno no elegía la vida que siempre había deseado por miedo a que todo saliera mal? A lo mejor, dentro de cinco o diez años estaba jodido de salud y no podía hacerlo. Y entonces contemplaría con añoranza y anhelo la posibilidad que le brindó Matilde y que no supo aprovechar.

Se duchó y se vistió para la entrevista de trabajo, indeciso. Le daba la impresión de que todas las alternativas presentaban inconvenientes igual de importantes. Sin contar con que tendría que pinchar la burbuja rosa de Javi y Marina si se decidía por el trabajo que le habían ofrecido. 

Mientras se dirigía al metro aún no había decidido qué iba a hacer. Un tren apareció en el andén como disculpándose por interrumpir sus pensamientos y, en cuanto subió, Enrique se colocó lo más separado posible del resto de ocupantes. preguntándose por qué no existiría la alternativa de hacer las dos cosas al mismo tiempo. Pero es que la vida daba para lo que daba. 

Tendría que improvisar. Sí, eso haría. Iría a la entrevista y la haría. Después de todo, no era lo mismo que decir que sí y firmar. No planearía nada ni tomaría decisión alguna, sino que improvisaría y dejaría que su corazón decidiera.

Llegó a la estación de Gran Vía y subió los peldaños que conducían al exterior con ánimo recobrado. Ayer por la noche, les había enviado un mensaje a Javi y a Marina para postergar la reunión que habían pactado para hoy, pero ninguno de los dos le había contestado. Enrique miró el teléfono y trató de separar la decisión de aquel mutismo por parte de sus colaboradores. Tal vez si alguno de ellos le hubiera respondido con entusiasmo, habría enviado al entrevista a tomar viento. Pero no lo habían hecho. Y allí estaba él, delante de la sede del gran grupo editorial, sin saber qué hacer con su vida. 

Dentro olía a ambientador y todo estaba impecablemente limpio y tranquilo. Inspiró y dejó que el silencio del edificio lo envolviera. La chica de recepción lo miró curiosa tras su mampara de metacrilato. Por un instante, experimentó el deseo de dar media vuelta y marcharse nada más entrar, pero lo reprimió y con un pequeño carraspeo, le pidió a la recepcionista que le indicase el camino. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora