Capítulo 7

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          Era jueves. Las cinco en punto. María del Carmen y Meurice estaban sentados uno frente al otro, con muchas ganas de empezar las lecciones, pero sin saber muy bien cómo. El ambiente estaba tan cargado de energía que podría dar toques, pero eso nuestros futuros enamorados no lo sabían, pues las casas todavía no tenían luz eléctrica y nadie nunca se había electrocutado aún. Así es que, sí, si sentían algo especial, pero no, no sabían bien que, sobretodo tomando en cuenta que ninguno de los dos había estado enamorado antes.

Buenas tardes, Meurice. Así se saluda cuando ha pasado el medio día. ¿Cómo está usted el día de hoy? (aunque no sé para qué pregunto, si se ve que está más que bien)- dijo María del Carmen tratando de sonar lo más natural posible.

Hoy somos jueves. Estoy Meurice. Buenas tardes señorita Maricarmen, ¿puedo decir Maricarmen? (vous êtes vraiment très jolie...)

Hoy es jueves, soy Meurice, y sí, puede llamarme Maricarmen (uy, uy, uy, amo ese acento).

Como bien se imaginarán, esto de las clases iba para largo, cosa que a ninguno de los dos les parecía mala idea. Para salir un poco de lo tedioso de una clase de español para principiantes, María del Carmen decidió preguntarle sobre su vida en Francia. Meurice tomó la hoja blanca que tenía frente a él, y con un lápiz dibujó los trazos de una montaña nevada. En ella puso varias casitas. Señalando la montaña dijo: Los Alpes, y, señalando las casas: Barcelonette. Explicar lo demás sería más complicado para él, pero no para nosotros, que por suerte también conocemos su historia:

Meurice creció sabiendo que al cumplir los 18 años haría un viaje muy largo, hacia un país desconocido, y precisamente a una ciudad llamada México, en donde trabajaría arduamente y haría mucho dinero, para luego de varios años regresar a su pueblo en los Alpes. Sabía que tendría que adaptarse y seguir las reglas, vivir con sus compatriotas y hacer todo por salir adelante con su comunidad. Los primeros Barcelonettes llegaron a México en 1821, y luego luego abrieron el primer cajón de textiles en el Portal de las Flores, que se llamaba El Cajón de las Siete Puertas, y conoció un éxito casi inmediato. Poco a poco fueron llegando refuerzos; jóvenes fuertes y sanos, listos para trabajar con honestidad y hacer fortuna. La comunidad francesa creció y creció, junto con los cajones, hasta que, para 1896, el año que nos incumbe en esta historia, ya era tradición en las familias mandar a los hijos varones a ser parte de tan grande y prometedor proyecto. Meurice no fue la excepción, y, en el otoño de sus dieciocho años, junto con todos los demás cumpleañeros, salió con sus pocas pertenencias guardadas en una vieja maleta hacía Saint Nazaire, un puerto situado en la región llamada Loira Atlántico, en donde tuvo que esperar dos semanas a que la nave de vapor "Louisiane" de la Compañía General Transatlántica zarpara hacia Veracruz en una travesía que duraría alrededor de veinte días, durante los cuales los jóvenes Barcelonettes se alojaban en tercera clase, es decir, en la bodega del navío. Comían lo que los marineros les compartían, y uno que otro dulce que sus padres habían escondido en algún rincón de la maleta. Pasaban el tiempo contando su dinero, para asegurarse que no lo habían perdido; charlando, riendo, jugando a las cartas, cuando la nave no bailaba demasiado, o sufriendo y añorando la tierra estable y montañosa que los vio nacer, en cuanto comenzaba el oleaje y con él, la danza frenética de dicho navío.

¡Veracruz, Veracruz! Gritaba alguien al descubrir la tierra prometida. El sueño de tantos años al fin tomaba forma, el país de la fortuna dejaba de ser una leyenda: ¡Ahí estaba! La felicidad era inmensa y los jóvenes abrían bien grandes los ojos en admiración, que pronto se convertiría en desconcierto, al darse cuenta al bajar del barco que nadie hablaba francés. Pasar la aduana, y lograr salir del puerto, en dirección de la Ciudad de México, se volvía su único objetivo. Aunque el viaje, desde que el presidente Porfirio Diaz había abierto las vías de tren a través del país, era mucho menos pintoresco que el de sus padres y abuelos, para Meurice y sus compañeros seguía siendo toda una aventura.

Una vez en la Ciudad de México los jóvenes se dispersaban. Algunos se alojaban en pensiones, otros con algún pariente o conocido. Meurice fue directamente a buscar a Arnaud, su padrino y primo de su padre, quien ya lo estaba esperando. Dormiría en su casa por unos días, antes de empezar a trabajar e instalarse en el segundo piso del cajón del Puerto de Veracruz, en donde vivían los aprendices del oficio. Los recién llegados traían noticias frescas del pueblo y siempre era todo un acontecimiento recibirlos. Se hacía una gran fiesta en la cual casi olvidaban que estaban tan lejos de su lugar de origen. Era Barcelonette en México. Los jóvenes emigrados contaban cómo habían dejado al padre, a la madre, a los hermanos, a los tíos, a los primos, cercanos y lejanos. Se comentaban los recientes matrimonios, los nacimientos, y en general todos los acontecimientos importantes. Se bebían el extracto de ginebra, traído por alguien; se comían las manzanas rojas de Calville, recolectadas por otro en el país natal, y reían de la ingenuidad de las madres que mandaban a sus hijos en México pantalones y botas de Francia, sin pensar que allí encontraba uno de todo.

Al día siguiente regresaban a la realidad y comenzaba su adaptación al lugar que sería su hogar por varios años, la gran Ciudad de México.

Meurice había sentido un amor casi instantáneo. La diversidad en todo lo impresionaba. Él, que venía de un pueblo tan pequeño y en donde todo era igual, o parecido, estaba maravillado de ver lo grande y diferente que era México. Aunque todavía no había tenido muchas oportunidades de pasear, con el solo hecho de estar trabajando y ser alojado en el Portal de las Flores tenía para observar el ir y venir de tanta gente, para ver la cantidad de mercancías, de flores, de frutas y verduras que llegaban a diario todavía en esa época por el canal de Santa Anita hasta el centro. Los colores, tantos olores. La comida picante, los tamales, el pulque, y tantas cosas más, que cada día se levantaba sabiendo que descubriría algo nuevo. Lo que no se esperaba era caer redondito ante los encantos y la belleza de una mexicana. Sabía que vería mujeres, claro, pero sus planes eran muy claros y su objetivo uno solo: trabajar. No podía desconcentrarse pues estaba consciente de que la competencia era ruda y tenía que ser el mejor. Pero bueno, tampoco iba a perder la oportunidad de verla, y más que había sido idea del señor Arnaud, ¿o, no? Él sólo seguía órdenes. Y ahí estaba, muy sentadito frente a su profesora, poniendo mucha atención y esperando con ansias el día en que pudiera contarle todo esto, que nosotros tenemos la fortuna de saber, y más. 

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