Introducción

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21 de Septiembre. 00:32 hrs.




Estaba decidida, no tenía una marcha atrás. El viento me acariciaba la cara, y el puente parecía estar mucho más alto de lo que se veía desde abajo. El agua debajo se movía con fuerza; salvaje, oscura y peligrosa, igual que mi vida. Siempre había estado entre la espada y la pared, siempre había alguien detrás mio con un dedo en el gatillo dispuesto a disparar en caso de ser necesario, siempre observada por ojos ajenos. Note mis dedos rojos por el exceso de frío y presión que estaba ejerciendo sobre la baranda de hierro sin animarme a soltarla, no todavía. Quizás esperaba una señal de que no lo hiciera, algo que me detuviera, que mi viejo celular sonara con una llamada entrante de una Mia viva, una Mia reluciente y no la que había visto llena de sangre minutos atrás. La sangre en mis manos y parte del pecho de mi vestido de cóctel se mezclaba con el sudor que me recorría haciendo una mala combinación, las lágrimas seguían bajando y sentia que me ahogaba aún sin lanzarme.  

Las pocas personas que transitaban a pie ese puente a esa hora se detenían a mirarme por unos segundos con pena o burla, como si mi vida no valiera nada, como si fuera una espectáculo que veían mientras caminaban apurados hacia el trabajo, o hacia casa. Quise reír ante la ironía, había vivido toda mi vida como un espectáculo e iba a morir como uno, con las miradas en mi. Deje que un llanto saliera de lo más profundo de mi, porque toda mi vida lo había estado conteniendo, había estado reprimiendo la tristeza, el miedo y la ira, y estaba cansada de esa mierda. Suelen decir que la vida pasa enfrente de tus ojos cuando estás a punto de morir, pero yo no vi nada, quizás porque no había mucho que quisiera recordar antes de dejar de respirar. No había amor, ni familia, ni recuerdos. Solo estaba yo. 

Mis sudorosas manos comenzaron a resbalarse del hierro, mi cabello se alboroto con el viento como si supiese lo que venía a continuación, la caída no iba a matarme, el agua si. Antes de poder soltarme completamente de la baranda, antes de dejar ir la vida entre las manos como si fuese agua escurriéndose, antes de rendirme, cerrar los ojos y dejar que el agua tome su lugar en mis pulmones, otra mano me detuvo. Se aferró a mi muñeca con fuerza, con desesperación; casi tanta como la mía. Esa mano era lo único que se interponía entre el agua y mi cuerpo. Sus dedos lastimaban mi piel pálida, pero el dolor me recordaba que seguía alli, que seguía viva, que mi corazon latia. Le mire, le mire entre mis ojos llorosos, de las pestañas pesadas, a través del cabello que se me pegaba al rostro sudoroso, evitando el viento, y su alma colisiono con la mía en aquel instante. Sus ojos oceánicos me mostraron preocupación, miedo y terror, los talones de mis pies parecieron plantarse aún más en el poco espacio que sobresalía entre el puente y la nada mientras que su cabello castaño y despeinado se movía levemente, el traje que traía puesto se había desarreglado, sus labios estaban rojos como los míos por el frío, y note que su mano comenzó a sudar también, quizás por el vértigo. 

Su otra mano tambien busco mi cuerpo, y supe que esa era la señal que pensé que no llegaría, aquella que imagine que pasaba solo en las películas. Porque sabia, sabia que la vida era cruel, que las personas se suicidaban todo el tiempo y que nadie las detenia. Todos morían solos, morían descalzos como lo estaba yo en ese momento. El llanto, la ansiedad, el frío, el dolor en mis muñecas y sus ojos oceánicos me recordaron que estaba viva, y que aunque  no quisiese, debía seguir estándolo. 


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