Capítulo 6

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Estimada señora Martínez:

Me permito escribirle esta carta pues lo que tengo que decirle es algo largo y por telegrama no va a ser posible. No se preocupe, se la mandaré por correo exprés para que usted la pueda recibir a la brevedad. Tengo que decirle que le escribo sin el consentimiento de mi patrona, quien piensa que este encargo ha llegado demasiado lejos, y más que una agencia de encargos como la nuestra, usted lo que necesita es un detective privado. Yo he pensado mucho en lo difícil que sería para usted encontrar uno que quiera tomar su caso, y tomando en consideración todos los puntos que a continuación le expongo, quiero decirle que cuenta con mi ayuda a título personal, y que espero, señora María Jesús, que encontraremos a su nieta sana y salva. Pues eso, aquí le enumero los puntos que me parece importante resaltar:

Su nieta no está en casa, eso es un hecho.

Tenemos la sospecha, de que antes de irse, o de que se la llevaran, le entregó su diario a la empleada, que estamos casi seguras es, o era, su dama de compañía, pidiéndole que lo escondiera en un lugar seguro.

Esa misma empleada nos hizo llegar dicho diario, después de que tuvimos que "sobornarla" con unas monedas. Al principio no dio señales de querer cooperar con nosotras, pero suponemos que reflexionó a las consecuencias de sus actos, pues pensamos que sabe más de lo que está diciendo, y que además está preocupada también por la señorita Constanza, y por eso decidió entregárnoslo, dándonos así algunas pistas del estado psicológico en el que se encontraba su nieta antes de desaparecer.

Este punto cuatro señora, le pido lo lea después de haber tomado un té de tila y usted se sienta con los nervios suficientemente estables, pues es una noticia, nada fácil, o muy difícil, de anunciarle: Pensamos conocer, pues, aunque no podemos asegurarlo totalmente, si lo hemos dudado lo suficiente como para exponerlo en estos puntos, el paradero de su nieta. Prefiero no decirle nada hasta no estar segura señora, pues como ya le dije, es algo difícil de anunciar, pero créame que en cuanto usted me de su luz verde (o me diga que está de acuerdo en continuar la investigación), yo misma, claro, con el permiso de mi patrona, que se que aunque en la actualidad no quiere que sigamos con su comisión, va a cambiar de parecer, iré a cerciorarme, con la ayuda de un contacto muy valioso que tengo guardado en la manga.

En cuanto confirme mis sospechas, se las haré saber y juntas decidiremos el plan a seguir para recuperar a su nieta.

El camino será arduo, pero con el favor de Dios, esté usted segura señora María Jesús, que todo terminará por resolverse con bien.

Espero sus comentarios.

Me despido de usted deseando no dejarla demasiado sacudida con las noticias que acabo de darle.

Atentamente,

Firma: La señorita administradora de la Agencia para Encargos de Señoras

María del Carmen se apresuró a meter la carta en un sobre y a llevarla a las oficinas de correo expreso Wells Fargo, pues después había quedado de ver a su mamá en la asociación de costureras referente a uno de los encargos. Aprovecharía para comer con ella y comentarle los sucesos de la agencia. El centro estaba repleto de lugares de moda, en donde podía uno deleitarse con manjares franceses, y en donde todo, desde la decoración hasta los menús, estaba inspirado directamente de los mejores restaurantes de París. Aunque María del Carmen había asistido en alguna ocasión a alguno de ellos con la señora Ernestina, y seguramente volvería a hacerlo, no era una admiradora de dicha comida. Ella no cambiaba por nada un buen mole con pollo o unas deliciosas enchiladas, bien picositas.

Así, decidieron instalarse en la Fonda de la Madrina, que quedaba entre la asociación y la oficina de María del Carmen, cerca del Teatro Nacional, en la calle Vergara y era famosa por sus chiles rellenos, su mole y sus frijolitos negros, servidos en cazuelitas. Mientras degustaban sus platillos bien mexicanos, María del Carmen le contó a su madre todo lo acontecido en los últimos días. Paula la escuchaba entre atónita y no tanto, pues ella misma había sufrido las consecuencias de no seguir las reglas establecidas para las mujeres en una sociedad manejada por hombres y sabía perfectamente hasta donde podía llegar una familia de alcurnia por guardar las apariencias y evitar el qué dirán.

- ¿Crees de verdad que la tienen en el hospital para mujeres dementes? Tienes razón, solo la doctora Montoya te puede ayudar. Si quieres pasamos al consultorio a verla más tarde. Pero, ¿cómo estás tan segura?

María del Carmen sacó de su bolsa el diario de Constanza y comenzó a leer en voz alta:

La plaza brilla bajo los reflejos del sol, tanto, que tengo que fijar la vista para descubrir las siluetas que van y vienen. Fijar la vista, es algo tan nuevo para mi. Ver sin ser juzgada, sin esconderme, sin miedo. Con prisa, pues sé que no tengo mucho tiempo, pero sin miedo. Mientras mi madre sufre de una migraña y reposa en sus habitaciones yo convencí a Hermelinda y salimos las dos. Llegamos hasta el zócalo y pude maravillarme ante el hermoso paseo, los fresnos, las flores, las fuentes... hasta pude observar en detalle la Catedral. Y reírme abiertamente de todos esos hombres que piensan que dominan al mundo con su ropa de última moda, sus cabellos engominados y sus sonrisas de oreja a oreja, coqueteando abiertamente con toda muchacha que se deja al pasar. No entiendo por qué les dicen pollos, ni me importa. Mi pobre madre que se preocupa por cuidar mi integridad. Si supiera que nada de eso me interesa. Estoy enamorada, sí, pero de este paisaje, de la multitud de gente, de tantos aromas y colores tan diferentes de esta ciudad. Quiero conocer más. Hago que Hermelinda me cuente de ella, de su familia, de los lugares que visita los domingos, su único día de asueto en el que sale con su novio, Juan. Viajo con sus historias y en la emoción del momento le ruego que me lleve a la Alameda, a ver ese quiosco morisco del que habla con tanta ilusión. Ella insiste en que regresemos a casa pero es imposible, estoy como embrujada con todo lo que puedo al fin disfrutar. Tomamos un tranvía. Río con las mulitas que no quieren avanzar. Me detengo bien fuerte pues de la nada van a toda velocidad. Parezco una niña con juguete nuevo. Pasamos por la calle de San Francisco; los lagartijos se pasean. Me explica Hermelinda que son hombres afeminados que pasan sus días en el ocio, por eso se les dice así. Visten ropa muy extravagante, con muchos colores. Me gustan. Me veo vestida con esos pantalones que se ven tan cómodos y divertidos, haciendo nada, tomando el sol. Llegamos a la Alameda Central, por donde sólo he pasado en coche, pues las señoritas decentes no caminan. Eso es para gente vulgar, ¿entiendes Constanza? Tu debes estar en donde te corresponde, al interior. El quiosco morisco es imponente, con esos colores y formas como de otra parte. Una banda de cobres toca en su interior. Mujeres y niños escuchan con atención. Otras personas, sentadas en sillas alquiladas, observan la escena. Me dan ganas de bailar, de cantar, acompañada de ese ritmo tan pegadizo. Me quiero quedar toda mi vida. Emborracharme con la luna, dormir bajo las estrellas. En ese momento lo único que sabía es que regresaría. O eso pensaba.... antes de regresar a la casa y abrir la puerta sigilosamente, para encontrar a mi madre parada en el recibidor, dispuesta a echar a perder mi vida.

- Se da cuenta amá, lo único que quería Constanza era ser libre. Me da no se qué pensar que puede estar en ese aterrador lugar donde me imagino que está... Estoy casi segura porque después de ese día, la escritura de Constanza se volvió gris, triste, melancólica. Y luego un día, escribió las últimas palabras de su diario, escuche esto:

Puedo soportar el encierro, pues sé que no será eterno, y que algún día lograré salir de esta casa, irme con la abuela, a Guadalajara, y ser al fin feliz. Pero esto no. Este martirio es más que mis fuerzas. Soy un alma libre y libre he de estar. No permitiré que me obliguen a casarme con ese viejo decrépito, que bien podría ser mi padre. Y menos a cuidar a esos niños tan malcriados que no son míos. Algo se me ocurrirá, pero no pienso aceptar esta mala jugada. Y si tengo que hacer que él me odie, que piense que soy una mala mujer, una insumisa, pues que así sea.

- Eso fue lo último que escribió. Después no hay nada. Podemos imaginarnos muchas cosas, pero lo cierto es lo que yo vi. Esa visita al hospital fue demasiado sospechosa amá y si la doctora Montoya se puede dar una vuelta y revisar el nombre de las pacientes ya luego vería yo como hacer para contactarla. De todas maneras, espero la respuesta de la abuela, pero no pienso dejar las cosas así. Constanza es casi de mi edad amá, no me cabe en la cabeza que acabe su vida encerrada en un manicomio, algo tengo que hacer.

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