19.- Pilar

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Las bodas se habían suspendido durante el confinamiento. Por eso, a Pilar le sorprendió ver salir a la pareja del Registro Civil. Se detuvo a mirarlos, con las bolsas de la compra en la mano, desde el otro extremo de la calle. Tres amigos les echaban arroz en la puerta para desespero de la señora de la limpieza. Un hombre ya mayor se casaba con una señora de buen ver. ¿Quién ha dicho que el amor tiene que ser joven? Él llevaba un traje azul y una camiseta. Ella, un sombrero de paja y un estrecho vestido blanco. Se dieron un beso con las mascarillas puestas. A pesar de eso, parecían muy felices y a Pilar le dieron mucha envidia. En unos años, sus hijos serían mayores y no la necesitarían y ella, que había pensado en envejecer junto a Andrés, estaría sola. Y estar sola la llenaba de tristeza. No porque no pudiera hacerlo —Pilar estaba segura de que sobreviviría—, sino porque echaba muchísimo de menos a su marido. A pesar de la sensación de haber hecho lo correcto, por dentro gritaba de dolor.

Cuando la puerta se cerró detrás de Andrés, esperó sentada en el sofá a que volviera a abrirse y él le pidiera que recapacitara, que lo intentaran, que no se iba a ningún lado. «Qué estaría yo pensando, no puedo marcharme», pensaba Pilar que diría. Así que no se movió del sofá durante una hora por si se le ocurría volver. Pero no. Los niños la obligaron a moverse: cenas, baños. A la mañana siguiente, después de una noche llorando, se despertó en una cama vacía, sin él y se dio cuenta de que podía hacer lo que quisiera con su vida. Por un momento, se sintió incluso aliviada de que la agonía de los últimos meses hubiera acabado. Antes de que la tristeza la ahogara como una ola. 

Vistió a los niños y salieron a dar un paseo por el parque, montados en las bicicletas, mientras miraba a la gente con la que se cruzaba. Algunas parejas estaban sentadas en las cafeterías, sin hacerse caso, los dos con el móvil en las manos. «Tirad esa cosa», quiso gritarles. «Hablad. Os tenéis el uno al otro y no le dais valor. Saboread vuestra relación y olvidaros de las pantallas».

Los novios maduros, ahora sin mascarillas, sonreían para el fotógrafo. Le parecía increíble haber estado alguna vez en su situación. Haber avanzado por un pasillo hacia Andrés, con un vestido blanco, increíblemente feliz, pensando en que aquello sería para toda la vida. Qué ilusa. 

Consultó el reloj. Las doce de la mañana. Tenía que darse prisa porque su marido —su ex marido, en breve— dejaría a los niños en casa una hora más tarde. Así que apretó el paso dejando atrás a la pareja que comenzaba su vida, con la sensación de que la suya no podía ser más desoladora. Se sentía vieja, poco atractiva, devaluada y confusa; tenía dos hijos y una hipoteca que no sabía cómo iba a pagar. Estaba muerta de miedo. Y pronto, además, estaría divorciada.

El sol había empezado a brillar con fuerza y proyectaba sombras animadas sobre la fachada del edificio. Sentada en las escaleras del edificio, había una persona con la cara entre las manos. Supo enseguida que era la vecina de enfrente. Marina. El pelo castaño oscuro le tapaba la cara y parecía estar llorando.

—¿Marina?

La chica levantó los ojos, asustada.  La cara, surcada de lágrimas. Era una chica bastante guapa, con un aire etéreo. Entendía por qué Javi se había prendado de ella. Una pareja de ensueño, como ella y Andrés. Tragó saliva.

—¿Estás bien?

Marina se limpió las lágrimas con la manga del jersey. Asintió. Una nueva lágrima le cayó por la mejilla, desdiciendo su gesto. Mientras miraba a la joven, Pilar pensó en su vida hacía quince años, cuando vivía soltera y despreocupada en un piso compartido, antes de volverse una «madre» sin atractivo para su esposo. Pensó en el paso del tiempo y en cómo uno se da cuenta de que se está haciendo mayor porque los recuerdos dejan de doler. Y decidió ayudar a aquella chica.

—Sé que no me conoces más que de vista, pero me da la sensación de que no, que no estás bien —dijo—. Sube a casa, te haré una tila y me cuentas cuál es tu problema. A veces, sacar toda la porquería fuera ayuda a limpiar el alma. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora