Capítulo 3

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            Tomando en cuenta que el tranvía podía ser más o menos lento, pues dependía de las ganas de moverse de las mulas, del clima, del humor de los conductores y del estado de las terracerías, podemos decir que María del Carmen no tardo demasiado tiempo en llegar a su destino. Atravesó la plaza sin fijarse demasiado en la cantidad de transeúntes que ya a esa hora parecían abejas zumbando alrededor de una colmena. Tomó la calle de Santa Teresa, a un lado de la Catedral, dio vuelta a la derecha en la 2nda calle de Venegas y al llegar a la Plaza de Loreto se topó con la calle Verónica. Encontró relativamente fácil el número indicado en la carta de la señora María Jesús, y tocó la campana situada en la puerta principal de una hermosa casa de la época Colonial. A los pocos minutos abrió la puerta una criada, vestida con un uniforme al estilo europeo. María del Carmen se apresuró a disculparse por presentarse sin invitación y a una hora inadecuada, pues todavía era temprano, pero le explicó a su interlocutora que era una amiga de la señorita Constanza, quien la había citado temprano para hacer algunas comisiones para su boda. Hermelinda, la señorita uniformada, al oir esto, no supo que contestar, pues no comprendía nada. El día que la señorita había salido de la casa con su veliz, el señor Rosales le había informado que iría unos días a ver a su abuela, pues esta le ayudaría a confeccionar el vestido de novia, y que seguramente después de la boda, que se llevaría a cabo en Guadalajara, se iría con su prometido a Europa. Así se lo dijo a María del Carmen y acto seguido, le cerró la puerta en la cara.

No, pues ahora si no entiendo nada... qué alguien me expliqué, pensaba María del Carmen. O la abuela de esta jovencita tiene problemas de salud mental, o esta sirvienta me está viendo la cara. Yo no vuelvo a tocar, que vergüenza. A mi me pagaron para venir a preguntar y eso hice. Le envío su telegrama y que se de por bien servida. Acto seguido se dio media vuelta y regresó por el camino que había venido y que la llevaría a la oficina de Telégrafos que se encontraba en una calle a un costado de la Catedral. Entró a la oficina muy apurada y medio atolondrada, con la única idea de mandar el dichoso telegrama y acabar con ese encargo. Se formó y al llegar su turno le dio la dirección de destino a la señorita, y le dictó el mensaje.  Al escucharlo la operadora lo envió por su máquina en clave morse, lo cual era como mandar un whatsapp hoy en día, es decir, garantizaba un recibimiento instantáneo en la oficina del destino, en este caso Guadalajara, en donde otro operador descodificó el mensaje y lo tecleó inmediatamente en castellano para luego enviarlo en papel por mensajería urgente al destinatario (en este caso la señora abuela de la señorita Constanza).

Telegrama

Su nieta no se encuentra en el domicilio señalado punto Me informa la sirvienta que está de viaje en Guadalajara confeccionando con usted el vestido de novia punto No me dieron más noticias punto Siento mucho esta confusion punto y aparte firma la señorita administradora de la agencia para encargos de señoras punto Fin

Hecho esto, María del Carmen aprovechó para hacer los otros encargos que tenía por el centro. Con el mismo sentimiento extraño, pero muy agradable, que sentía desde la primera vez que había visto al nuevo aprendiz, que sabía se llamaba Meurice, pues así lo llamaba el responsable: ¡Maurice, trae esto, Maurice, ve a buscar lo otro, Meurice!  se acercó al Portal de las Flores y entró al cajón de ropa del Puerto de Veracruz, que era uno de los tantos cajones gestionados por los franceses que habían llegado hacía varios años del pueblo de los Alpes llamado Barcelonette y que después se convertirían en los grandes almacenes de la Ciudad de México, entre ellos Liverpool, Fábricas de Francia y el Palacio de Hierro.

El lugar estaba a reventar, como siempre. Los mexicanos gustaban de la moda francesa y estos locales, repletos de textiles, sombreros, redecillas, tocados, cintas, encanjes, guantes, moños, pañuelos, abanicos y todo tipo de artículos de primera calidad llegados en barco directamente de los grandes almacenes Parisinos, alcanzaron muy pronto un éxito rotundo. María del Carmen hizo cola detrás de una señora muy distinguida que venía con su dama de compañía, a la cual le daba órdenes sin cesar. Agradeció una vez más el haber encontrado a la señora Ernestina que la trataba como su igual y le enseñaba tanto. Al llegar al mostrador, un hombre de cierta edad, bajito y regordete, con una gran nariz aguileña, y que usaba una boina para taparse la calva, se acercó a ella diciendo, con su acento bien marcado:

- ¿En qué le puedo servir hoy, mi dama? Qué gusto verla otra vez por esta, su casa. - Era el señor Arnaud, uno de los socios fundadores del cajón.

Desilusionada, María del Carmen lo saludó amablemente y pasó el pedido de los guantes, dando las instrucciones precisas que traía en su lista. El señor Arnaud tomó notas y enseguida se acercó a la puerta que daba a la trastienda gritando lo que necesitaba. Mientras tanto, María del Carmen observaba maravillada esa caverna de ali-baba llena de tesoros de todos tipos, formas y colores.

Unos minutos después, un joven de grandes ojos azules, muy blanco, alto, fuerte y con el cabello castaño claro, largo, amarrado en una cola de caballo, se acercó al mostrador llevando los guantes, color crema tirándole a beige, y que llegan a medio brazo. Al verla, una sonrisa, de esas muy espontáneas, de las que le salen a uno cuando ve a una persona especial, se le pintó en los labios, al tiempo que la saludaba con un movimiento tímido de cabeza.

- Oui, oui, Meurice c'est exactement ça. Tu vois ? Ce n'est pas compliqué, tu apprends vite mon garçon, merci.

- Oh, perdón mi dama por hablar en francés frente a usted, verá, aquí, mi ahijado, el joven Meurice va avanzando con su castellano, pero todavía se le dificulta un poco. Espero que ya pronto pueda estar en el mostrador y servir a nuestros clientes como se debe, pues cómo ve, el trabajo no falta.

Sin saber muy bien por qué motivo o razón, pues no estaba dentro de sus habitudes hacerle plática a señores, y menos proponer sus servicios, mismos que sabía perfectamente no estaban dentro de su lista de aptitudes, sin voltear a ver a Meurice, pero sintiendo su mirada fija en ella, contestó:

- Disculpe que me entremeta en asuntos que no me incumben, señor Arnaud, pero si el joven necesita clases particulares de nuestra hermosa lengua, yo con mucho gusto lo puedo asistir. Usted sabe que trabajo para el Periódico de las Señoras, y conoce a mi patrona. Si se requiere, puede su aprendiz venir a las oficinas a tomar algunas lecciones.

El señor Arnaud se quedó unos minutos reflexionando. Su mirada pasó de Meurice a María del Carmen y de María del Carmen a Meurice varias veces. Con la extravagancia característica de su nacionalidad, exclamó de repente:

- ¡Genialísima idea, mi alma!, necesito que este joven esté listo lo más pronto posible y no le caerían mal unas lecciones, no se diga más. Déjeme la dirección del periódico e iré a ponerme de acuerdo con la señora Ernestina a la brevedad posible.

Dicho esto, le entregó a María del Carmen un papel y una pluma en el que ella se apresuró a anotar la dirección, completamente sorprendida de su actitud, que sabía perfectamente, detonaba con la de una señorita recatada de buena sociedad.

- Bueno, pues me despido de ustedes, esperando poder ayudarlos pronto. Muy buen día señor Arnaud, Meurice.

Salió de ahí casi sin aliento, sintiendo una emoción nueva, intrigante pero excitante al mismo tiempo. Se dirigió a la Plaza Mayor y se sentó en una de las bancas arropadas bajo las sombra de los fresnos y eucaliptos que decoraban el zócalo para el bienestar de los paseantes. No sabía cómo le explicaría a doña Ernestina su gran idea. Conociéndola, se imaginaba que descubriría sus verdaderas intenciones enseguida, así es que decidió decirle la verdad. El chico la atraía y quería conocerlo, de eso no había dudas. Al pensar esto sintió una especie de rugido en el estómago, que aunque tenía que ver con Meurice, también le recordó que había desayunado muy temprano y estaba muerta de hambre. Además, el hecho de estar sentada hacía que el corsé que tanto odiaba se le enterrara en las costillas, por lo que decidió regresar a la oficina, comer una de las delicias de Juanita y descansar un poco antes de retomar el recorrido de los encargos del día.

Tomó el camino de regreso pensando en todo lo que había pasado: el extraño encuentro con la sirvienta de Constanza y el nuevo trabajo de profesora de español que se acababa de inventar...

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