18.- Javi

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Javi cogió un rotulador del cubilete y tachó el boceto que, como siempre, había empezado a hacer a mano. Suspiró, se apartó de la mesa hacia atrás y dejó que la mirada se perdiera en el balcón de la casa de enfrente donde Marina debía de estar trabajando. Al hacerlo lo sacudió un ramalazo de realidad abrumador. Menudo desastre. Se pasó la mano por el cabello y se lo dejó más despeinado que de costumbre. Aún no estaba demasiado seguro de qué era lo que le impedía trabajar, pero algo frenaba su creatividad como si fuera un bozal.

—Vamos a diseñar un número piloto —había dicho Enrique la semana pasada en aquella tarde surrealista en la que tomaron té y magdalenas y terminaron borrachos como cubas con un champán maravilloso que había bajado Miguel de su piso.

Su trabajo ahora consistía en ilustrar las páginas que Enrique había escrito. Solo eso. Sin más. Algo que podía hacer con los ojos cerrados. Pero de repente se encontraba ante una de sus crisis existenciales. Javi había tenido varias de esas. Cuando terminó los estudios de Bellas Artes había conseguido un trabajo temporal como asistente en una empresa de bombas de agua, en la que un amigo conocía a un amigo. Su trabajo consistía en atender el teléfono, estar pendiente del correo y, en definitiva, hacer un millar de pequeños trámites administrativos nada artísticos. No tenía ni idea de cómo podría ganarse la vida con su arte y, cuando le propusieron prolongar el contrato, no había tenido más remedio que aceptar. Porque no tenía experiencia y el mundo laboral no estaba diseñado para los artistas. Pero cada año sufría una de sus crisis, se planteaba qué estaba haciendo con su futuro, por qué  trabajaba con algo que no tenía nada que ver con sus estudios cuando lo que en realidad quería era pintar libremente y vender sus ilustraciones. En esas crisis, se preguntaba qué aportaba él al mundo y jugaba con la idea de irse a algún sitio donde pudiera vivir con lo mínimo y dedicarse solamente a pintar. Luego se reía un par de veces, volvía a la realidad y esas ideas se replegaban en su subconsciente como el caracol dentro de su concha.

Pero hoy no estaba siendo así. Quizás porque trabajar en una revista de moda no tenía nada que ver con su sueño de ser ilustrador infantil. Pero lo más probable es que fuera por la discusión con Marina.

—Javi —Ella había empezado la noche antes a dar vueltas con el tenedor a la ensalada.

—¿No te gusta la ensalada?

—No, no es eso —hizo una pausa—. Me gustaría saber... ¿qué sientes por mí?

—¿Qué?

—Eso. Que qué sientes por mí.

Una alarma sonó violentamente en la cabeza de Javi.

—Creo que eres maravillosa —contestó.

—Pero... aparte, quiero decir... ¿me quieres?

Javi gimió por dentro. ¿Qué podía decirle? Podía mentir y decirle que sí, que la quería. ¿Qué más daba si no lo sentía? Le gustaba, le encantaba su pelo castaño contra los pómulos altos, su aspecto elegante, se lo pasaban bien juntos... Pero Marina era especial para él y no quería que su relación se basara en mentiras. Jugueteó con la copa mientras pensaba en qué responder y le sonrió, tímido. Notó que ella se ponía tensa.

—Vale —dijo muy seria, mientras se levantaba.

—Marina...

—No, no te preocupes, al menos no me has mentido.

—Pero, escucha, es demasiado pronto.

—Déjalo, Javi, de verdad, vas a empeorarlo.

—Yo... yo no sé ni siquiera lo que quiero. Lo siento.

Era verdad. No lo sabía. Durante años había estado enamorado de Esther y no le había dicho nada y su autoestima se había reducido al tamaño de un guisante. Pero siempre había sentido que Esther era el camino incorrecto, como si tomara el metro en la dirección equivocada. No quería equivocarse de nuevo, aunque su instinto le dijera que era con Marina con quién debía estar. 

—Lo siento, es que...

Ella sonrió estoicamente, pero el leve temblor de su labio la delataba.

—Creo que es mejor que me vaya —dijo.

Respiró hondo mientras el portazo de Marina al salir le hacía sentir un miserable.

Hoy frente al trabajo que tenía que hacer para la revista lo reconocía. Era un completo desastre. Un desastre emocional y un desastre para el trabajo. Siempre la cagaba. Siempre. Se escabullía de las situaciones complicadas con la esperanza de que se resolvieran por sí mismas. Y aunque le apetecía llamar a Marina, no iba a hacerlo, porque ahora para ella era el «cabrón» que no la quería, seguro que lo estaría poniendo verde con sus amigas y llorando y, si había algo que Javi rehuía como la peste, eran las escenitas de llanto.

Que decidiera ella. Si lo llamaba, querría decir que su destino era estar juntos. Si no, lo tomaría como una señal de que había vuelto a equivocarse. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora