16.- Enrique

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Descubrir que estaba sin trabajo después de una vida de vorágine y estrés había sido para Enrique una sensación de lo más peculiar. Era la primera vez desde que se había marchado del pueblo que lo habían obligado a frenar en seco. La primera semana lo había llevado razonablemente bien. Había recibido algunos mensajes de los compañeros —«Tío, se te echa de menos»— y se había dedicado a hacer aquellas cosas para las que nunca tenía tiempo antes mientras pensaba qué le apetecía hacer con su vida: se leyó un libro en un día, descubrió tiendas que no sabía ni que existían, se demoró en el súper mil veces planeando menús para cocinar con calma... pero, con el tiempo, los mensajes de los compañeros dejaron de llegar y las horas empezaron a hacérsele pesadas. Llamó a todos sus contactos, pero no tenían nada para él. Como si hubiera dejado de existir, como si todos los años de Vogue no hubieran servido para nada. Cada día inventaba una excusa u otra para pasar por la puerta de su antiguo trabajo y mirar la entrada con indiferencia, sin saber el porqué y sintiendo que, de alguna manera, había perdido el tren. Y entonces llegó el confinamiento y, aunque lo buscara con más ahínco que nunca, nadie iba a darle trabajo ahora.

La herencia de Matilde había cambiado todo, su forma de ver las cosas para siempre. Porque ya no necesitaba que nadie lo contratara, podía ser su propio jefe. De repente, tenía tantas cosas por considerar, tanto por hacer, que empezó a ponerlo por escrito. Todavía no se podía viajar a Badajoz desde Madrid, así que la casa del pueblo de Matilde tendría que esperar a que pudiera verla, pero sí que podía empezar a adecentar la de aquí, porque Enrique tenía una idea genial. Empezó a escribir:

Buscar diseñador web. Preguntar a Javi.

Buscar redactores.

Buscar fotógrafo.

Buscar community manager.

Presupuesto de pintura.

Llamar a un albañil para arreglar baños y cocina de Matilde.

Cortarme el pelo.

Empezar a hacer ejercicio para bajar la barriga.

Cuidar más a Miguel.

Vivir.

Decidió empezar por el primer punto. Así además ayudaba a su vecino, al que Matilde le había pedido expresamente que auxiliara.

Javi parpadeó en un intento, supuso Enrique, de disimular la sorpresa de verlo en la puerta. Llevaba un jersey gris enorme y unos vaqueros negros ajustados; un auténtico atentado a la moda, como siempre. Por lo que a Enrique respectaba, la vida de su vecino no había cambiado en absoluto. Por eso, también se sorprendió al ver salir de detrás de él a la morenita que vivía enfrente. ¿Marina? ¿Se llamaba Marina? Le dirigió una mirada de curiosidad.

—Hola — Javi esperó a que Enrique se explicara sin invitarle a entrar.

—Hola, ¿cómo estás? — Era difícil sonreír solo con los ojos, sobre la mascarilla.

—Bien, ¿y tú?

—También bien —Vale, era un intercambio absurdo de palabras, pero Enrique se había quedado cortado con la presencia de Marina— Tengo...Tengo que contarte una idea, pero a lo mejor no es el momento más apropiado...

Javi miró a su espalda a la chica. Y sonrió.

—Si lo dices por Marina, no hay problema. Iba ahora mismo a hacer té para los dos, ¿te apetece?

—Claro —asintió.

Y entró en la vivienda. En todos los años que llevaba allí, Enrique no había entrado nunca en casa de Javi. Se saludaban en la escalera, alguna que otra vez habían coincidido en el bar de abajo y se habían invitado mutuamente a un café o una cerveza, pero no hacían vida social. Javi apartó un par de cojines de una silla y se la acercó a Enrique que miró a su alrededor con curiosidad. Para ser la casa de un artista, la vivienda era bastante sosa. El único mueble que llamaba la atención era la mesa de trabajo, muy amplia, donde el portátil abierto reinaba entre papeles, post-its y libros. Bajo la ventana, se acumulaban lapiceros llenos de rotuladores y pinceles y un montón de botellas de agua vacías. Marina se sentó enfrente en el sofá y Javi desapareció en la cocina a hacer el té.

—¿A qué te dedicas, Marina? —le preguntó Enrique quitándose la mascarilla, más que nada por romper el hielo.

—Trabajo como copywriter— respondió ella—. ¿Sabes lo que es?

—¡Claro! Fui redactor de Vogue hasta hace seis meses.

Ella abrió los ojos como platos.

—¿En serio? ¡Oh, Dios mío! Sería mi sueño el conseguir un trabajo así. Pero por ahora me temo que tendré que conformarme con ser freelance.

—¿Te has especializado en alguna temática en concreto?

—Me gustan mucho la moda y la cocina. Y la decoración. E intento que mi trabajo vaya siempre sobre eso, pero a veces no me queda más remedio que escribir sobre otras cosas —. Se rio— Que hay que pagar el alquiler.

Javi entró en la sala con una bandeja con la tetera, tres tazas y un plato de magdalenas.

—Estas magdalenas las ha hecho Marina y están deliciosas, Enrique —señaló—; yo que tú me saltaba la dieta que estés siguiendo ahora y probaba una.

Enrique sonrió y le dio un bocado a una. Tragó, ayudado por el té que Javi le había servido.

—¿De verdad las has hecho tú? Madre mía, sí que se te da la cocina. Venía a hablar con Javi de una idea, pero creo que la idea os va a gustar a los dos. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora