15.- Pilar

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Pilar tenía desde hacía semanas la insegura necesidad de pegarle un susto a Andrés para ver cuál era su reacción. Por eso encargó el ramo de flores, para asustarlo. Tal vez, al principio, cuando descubrió los mensajes, su marido tuvo miedo de perderla y fue eso lo que lo acobardó hasta el extremo de que los primeros días después-de-Z pareciera un conejo aterrorizado por los faros de un coche, pero estaba segura de que más tarde —cuando ella decidió seguir adelante a pesar de todo— no se planteaba esa posibilidad. Un tweet de Miguel Gane resumía al cien por cien cómo se sentía: «El problema fue que, dentro de toda la seguridad de que ya me tenías, nunca contemplaste la mínima posibilidad de que me pudiese ir». Porque Andrés ya no pensaba en que ella pudiese dejarlo.

Pilar jamás había tenido que poner a prueba el amor de su pareja, nunca se había planteado hasta dónde podía llegar porque nunca había sido necesario, de la misma manera que jamás había pensado en vivir sin él, pero ahora no confiaba en su marido. La herida de la desconfianza estaba abierta en su interior y sangraba más cada día mientras él se limitaba a hacer lo de siempre y a pasar a su lado como de puntillas.

Después de la sesión en la que tuvieron que recordar los momentos felices con el terapeuta, esos momentos la acechaban en cada recodo como si fueran dardos imprevistos. Recordándole que hubo un tiempo en el que no estaba incómoda al lado de Andrés, en el que no se preguntaba si él estaría pensando en otra, en el que preguntárselo era de risa. Hasta ese instante —se dio cuenta con tristeza— había dado por hecho que Andrés siempre estaría ahí, abrazándola por las noches, haciéndola reír, feliz y segura mientras envejecía a su lado.

Se miró al espejo mientras se vestía y se sintió terriblemente fea. Una sombra de tristeza perenne le oscurecía los ojos.

—¿Vas a salir? —le preguntó él a su espalda.

En los días antes-de-Z, Pilar habría charlado por los codos, le habría contado a Andrés lo que iba a hacer e incluso lo habría animado a ir con ella. Ahora, la nube rosa en la que había vivido muchos años se había roto en jirones y vivía en una sensación permanente de resentimiento, irritación y amenaza. Tanto que le molestó incluso la pregunta de su marido.

—Voy a sacar a Cooper.

—¿Quieres que lo haga yo?

—No, no hace falta. Yo lo haré.

—No me importa.

—Que yo lo hago. Te ahorraré la molestia de pasar la siguiente media hora conmigo.

No había querido decirlo, pero se le había escapado involuntariamente. Porque era un pensamiento repetitivo que la obsesionaba. Que él se quedaba con ella por los niños, no porque la quisiera, y que el tiempo que pasaba a su lado cada vez se le hacía menos soportable.

—Pero... ¿qué estás diciendo? ¿Estás tonta o qué? —preguntó Andrés, atónito— ¿Crees que no quiero estar contigo?

«Claro que lo creo», pensó ella. «¿Por qué te lo diría si no?».

—Perdona, no quería decir eso —contestó, sin embargo—. Voy a bajar al perro. Luego hablamos.

—Creo que tenemos que hablarlo ahora mismo. Tenemos que hablar como antes, Pi. Si no, no conseguiremos quitar toda esta mierda... toda esta tristeza entre nosotros. No conseguiremos volver a ser una pareja feliz.

Andrés le deslizó una mano en la cintura y aquel simple gesto de intimidad estuvo a punto de hacerla llorar. Esbozó una sonrisa triste y no contestó. «Una pareja feliz». Nunca volverían a ser una pareja como antes por la sencilla razón de que ella jamás sería de nuevo la mujer confiada y dichosa que era antes-de-Z. Estaba demasiado rota por dentro.

—Nos vemos dentro de un rato —dijo, apartándolo.

Se puso el abrigo y salió a la calle.

Cuando regresó, subió las escaleras en vez de coger el ascensor adrede. Para no hacer ruido. Despacio, conteniendo a Cooper, casi sabiendo lo que iba a ver pero al mismo tiempo esperando equivocarse. Desgraciadamente, no se equivocaba. En su puerta, estaba Z tan campante charlando con Andrés. Como si no hubiera pasado nada. Pilar sintió frío, un frío casi físico y el tiempo se detuvo. O al menos esa fue la sensación que tuvo. Todo pareció congelarse a su alrededor. El tiempo, la luz, el latido de su corazón. Su rostro se contrajo en una mueca de dolor intenso.

—Fuera de aquí —la voz le salió como un latigazo—. Fuera.

—No te pongas así, mujer —le contestó Z—. Esto le puede pasar a cualquiera. No tienes la culpa de que tu marido se haya enamorado de otra.

—Tranquila, Pilar, tranquila —oyó que le decía su marido.

Pilar lo miró como la que mira a una mosca y se acercó a Z en ebullición. Y levantó la mano. El tortazo retumbó en la escalera y asustó a Cooper que se escabulló en el interior de la casa.

—No, Andrés, el que tiene que estar tranquilo eres tú—apartó los brazos de su marido que intentaba sujetarla—. Y ella. Muy tranquilos. Lo habéis conseguido. Tiro la toalla. Puedes hacer las maletas e irte a vivir con esta guarra cuando quieras.

—Espera, Pilar, espera... —Ella se zafó de su presa, giró sobre sus talones y se metió en la habitación de los niños. Él la siguió con cierta indecisión y la contempló desde el umbral.

—Te has pasado —le reprochó—. Esto no es lo que piensas. Solo estábamos hablando. 

Pilar soltó una carcajada profunda y desagradable. Su labio se curvó hacia arriba en una mueca de asco.

—¿Me he pasado? ¿Solo hablando? Eres la persona más egoísta e insensible que conozco. Esa mujer ha destrozado mi vida y no pienso permitir que siga haciéndolo —tomó aliento—. Quiero que te vayas. Vete de casa.

—Dios mío, Pilar, ¿no podemos hablarlo cuando te calmes?

—Estoy calmada. Y cansada de todo esto, Andrés. Vete. Ya.


 Cuando dos días después, el ramo de rosas que ella había encargado para darle celos llegó a casa, Pilar —después de llorar durante horas— se lo regaló a Javi para que se lo llevara a Marina. Al menos, alguien podría disfrutar del amor.

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora