Juliana tenía cuatro cuando años entendió que nada volvería a ser igual.
Fue la misma noche en que los hombres de uniforme azul marino, que Lupe le explicó debía llamar policías, llegaron a su casa junto con las señoras de ropa bonita cargando muchas carpetas color manila debajo del brazo y las hicieron empacar lo que pudieran para traerlas a este sitio en donde vivían con otras mujeres y otros niños igual de callados que ella.
A pesar del silencio, a Juliana le gustaba estar ahí.
—No volveremos a ver a papá — le dijo Lupe mientras abrochaba los botones de su pijama verde, sentada sobre la cama en la que dormían ambas dentro de esta calmada habitación que compartían con varias personas más.
Juliana observó sus pies cubiertos por sus calcetines blancos al escucharla y comenzó a frotarlos uno contra el otro mientras pensaba en cuántos años años le faltaban para crecer y que sus piernas pudieran tocar el suelo.
El Chino era alguien que le causaba más que nada... miedo.
Ella siempre había querido llamarlo papi, como hacían los otros niños de la escuela con los suyos, pero él nunca se lo permitió.
'El Chino, soy El Chino para ti niña, ¿Me entendiste?' le decía cada vez que ella olvidaba que no debía hacerlo y se le ocurría volver a llamarlo papá.
Su aliento olía chistoso y la mano que la sujetaba hacía que su bracito sintiera dolor.
Sus ojos azules eran bonitos... pero ella les tenía miedo.
No volverlo a ver no le parecía tan mala idea.
***
Después de la tercera semana ya se había acostumbrado.
A su nueva casa, a compartir la recámara, al silencio, a todo.
Los niños seguían siendo callados pero las otras mujeres eran muy amables. Le daban abrazos a su mamá, le decían que era fuerte, que las cosas iban a mejorar, mientras que a ella le regalaban galletas después de la hora de la cena, la felicitaban por ser muy valiente, lo que sea que eso significara, y por tener unos ojos muy bonitos. Juliana hubiera preferido que fueran verdes como los de su mamá.
Lo mejor era que ya no vivía asustada. No como antes.
A veces, cuando la noche caía y las demás señoras con sus hijos se iban a dormir, Lupe la llevaba al techo del edificio para observar el cielo.
Tomaban algunas mantas del estante, la almohada de su cama y subían las escaleras al final del pasillo, donde los niños pequeños como ella no podían acercarse durante la mañana.
— Se llaman estrellas fugaces — le explicó, recargando sobre su cabecita la barbilla que a Juliana tanto le gustaba porque tenía una línea en medio como la suya — son pedacitos de cielo. Trocitos del universo que se sueltan de repente y comienzan a caer rápido cargadas de magia.
— ¿Magia? — preguntó emocionada.
— Mjm. Cualquiera que sea el afortunado de ver alguna, puede pedirles un deseo. El que sea, y ella lo vuelve realidad.
— ¿Sólo uno?
— Sí. Y no puedes pedir otro hasta que ese primero se cumpla.
— ¿Y si se tarda mucho?
— Sabe lo que hace. Te dará lo que pediste cuando tenga que pasar.
Juliana se quedó dormida en los brazos de su mamá. Su rostro apuntando al cielo, buscando por su propia estrella fugaz.
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My Shooting Star
RomanceJuliantina I AU I Two Shot I Valentina apareció en su vida con el primer día de clases.
