14.- Javi

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El amor que Javi sentía por Esther había tenido subidas y bajadas a lo largo del tiempo, como una montaña rusa. Cuando la chica se mudó al edificio, hacía ya cinco años, él se dio cuenta de que el flechazo existía. Que no podía pensar en otra cosa que no fuera en Esther y que cualquier otro enamoramiento que tuviera hasta ese momento, cualquier otra emoción sentida, era pequeña comparada con el deseo de estar con ella. Jamás había sentido esa compulsión por nadie antes. Cuando hablaba con ella, mantenía las manos en los bolsillos porque si no lo hacía, no podía controlarlas. Luego, empezó la sucesión de chicos sexys con los que Esther llegaba a casa por la noche, que se iban al día siguiente y con los que nunca duraba más allá de un par de fotos de instagram que luego borraba al poco tiempo. Y empezó el descenso. Algunos de esos hombres le hacían sentir muy pequeño e insignificante, pero otros —por muy poco que Javi se quisiera a sí mismo— le parecían espantosos y se preguntaba dónde se había dejado su vecina los ojos.

Desde luego, no se los había dejado mirando a Javi, al que nunca le prestaba más atención que a una mosca. Y después llegó Víctor. Javi odiaba a Víctor. Odiaba su andar chulesco. Odiaba su corte de pelo y sus gafas de sol perennes aunque no se viera un rayo de luz en el cielo. Lo odiaba porque salía siempre bien en las fotos y, sobre todo, porque había conseguido que Esther no pensara en ningún hombre más en los últimos dos años. Hasta aquella mañana en la escalera, para Esther él había sido simplemente el vecino medio simplón del 2º derecha. Un hola-y-adiós.

Pero, ahora, parecía que Víctor había pasado a la historia y Esther diariamente le enviaba a él —¡a él!— mensajitos privados por instagram. Que si un meme, que si una canción, que si había visto tal serie, que qué iba a hacer hoy. Javi estaba desconcertado.

Como cada noche, se sentó frente al ordenador y echó un vistazo al otro lado de la calle. Marina estaba en casa porque la luz de la sala estaba encendida. La fase dos de la desescalada permitía ya reuniones de hasta diez personas en el domicilio, así que tal vez no estaba sola sino con amigas. O quizás tenía una cita y estaba sonriéndole en aquel momento a otro chico, como le sonreía a él por las mañanas cuando le contaba sus historias. Pensarlo le produjo una puntada de celos.

Siguió mirando la casa y entonces la vio salir al balcón. Tenía el pelo diferente, con un recogido que dejaba escapar algunos mechones y un vestido negro con algunas flores en rosa. Javi sintió un escalofrío de entusiasmo, una pequeña ráfaga de felicidad le cruzó el alma. Ella alzó la mirada como si hubiese gritado su nombre y sonrió y le saludó con la mano. Le señaló el móvil y él se dio cuenta de que le había enviado un mensaje.

«Empanada gallega y vino blanco. Yo invito. ¿Te animas a inaugurar la fase dos?», decía. «¡Claro!», se apresuró a responder. Cerró el ordenador y, antes de salir se miró en el espejo. Tenía una pinta espantosa... despeinado, pálido, con ojeras. Quería parecer un triunfador, pero parecía un yonki delgaducho y hambriento. Se arregló el pelo con las manos aunque no consiguió mejorar gran cosa su aspecto, cogió la mascarilla y salió a la calle. Los nervios mientras cruzaba la calle en dirección al piso de Marina le atenazaron el estómago como una enredadera. Antes de tocar el timbre, se detuvo cinco minutos para recuperar el aliento y se dio cuenta de que había catapultado a Esther a un rincón muy pequeñito de su cerebro. Cuando Marina abrió, experimentó una ligera sensación de mareo pero se la tragó de inmediato; era solo que su montaña rusa emocional había dado un giro inesperado. El que la cara de ella se iluminara al verle ayudó, desde luego.

—Estás impresionante —dijo, mientras un escalofrío le recorría la columna vertebral. La contempló con una sonrisa de admiración que quedaba escondida tras la mascarilla.

—Te voy a tener que invitar a empanada a menudo —contestó la chica, divertida. Y se apartó para que entrara.

El apartamento de Marina era muy «ella». Un sofá de madera clara y piel blanca presidía el salón frente a una alfombra negra y, a su lado, como la reina junto al rey, una lámpara de pie tamizaba la estancia en tonos rosas. Una barra americana, donde se enfriaba una botella de vino en una cubitera, separaba la cocina del salón. Libros por todas partes y varias láminas de colores en las paredes le quitaban seriedad al conjunto. El olor a empanada recién hecha le hizo salivar.

—Me alegra mucho tenerte aquí —dijo Marina, mientras se colocaba uno de los mechones de cabello suelto tras la oreja—. Eres mi primer invitado oficial. Y todo ha sido tan precipitado que tenía miedo de que tuvieras otros planes. O que tuvieras que trabajar.

—Oh, no, no, ¿qué plan mejor que este podría tener? Y siempre encuentro una excusa para no trabajar.

Se metió las manos en los bolsillos para no colocarle de nuevo el mechón rebelde tras la oreja.

—Hace una noche tan buena que creo que podemos cenar en la terraza. ¿Te apetece?

—Claro —dijo—. Genial. La terraza es una idea maravillosa.

Silencio de nuevo.

—Ya sé que te lo he dicho antes, pero lo repetiré de todas formas. Estás guapísima con ese vestido y el peinado te favorece mucho. Me alegro muchísimo de que me hayas invitado.

Marina enrojeció ligeramente.

—Muchas gracias —respondió—. Pensé que ya estaba bien de vaqueros y mallas. Me apetecía arreglarme un poco.

Se volvió hacia la barra y sirvió dos copas de vino blanco. Le tendió una a Javi.

—¿Por qué brindamos? —preguntó.

Él permaneció un segundo en silencio, luego se dio cuenta de que había llegado la hora de que Esther se marchara definitivamente de su corazón.

—Por los comienzos —dijo.

Y levantó la copa.

—Por los comienzos. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora