Claro de luna. Christian (parte 2)

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El siguiente fragmento es mencionado en el capítulo «Dulce niño mío» del segundo volumen de la Saga. Ocurrió aproximadamente un año y medio antes.

Era la quinta o sexta vez que cambiaban de ciudad. Ya había perdido la cuenta. Esta vez se alojaban en un hotel de las afueras recluidos las veinticuatro horas el día, o al menos él, pues su madre y su tía se turnaban para salir a comprar lo que necesitasen. Era demasiado pequeño aún para comprender con exactitud lo que estaba pasando, pero sí sabía que lo que ocurría en torno a él y a su familia no era bueno. Su padre ya no estaba. Unos hombres lo habían asesinado hacía más de dos años, lo recordaba como si hubiese sucedido el día anterior; incluso a veces escuchaba a su madre decirle a su tía entre sollozos que apenas había tenido tiempo de decirle adiós y que Christian ni siquiera se había despedido de él. Pero lo que más escuchaba decir a su madre era que algún día se vengaría por todo lo que les estaban haciendo pasar. Y esa en el fondo, también era su esperanza.

Mientras su madre se encontraba fuera haciendo unas compras, él estaba en la habitación del hotel con su tía Anne, la hermana de su padre. Tenía otros cinco tíos por parte de madre, y ella le había dicho que tarde o temprano los conocería. La primera vez que su madre les habló de ellos, le dijo que él tenía un poco de todos: la testarudez de Jimmy; la inteligencia de Gary; el misterio de Mark; el carisma de Robbie; y la dulzura de Blair. Desde ese día Christian soñaba con conocerlos.

—Voy a darme una ducha. No te muevas de aquí —le dijo su tía Anne, despertándolo de aquel recuerdo.

—No lo haré —respondió él.

Al cabo de unos minutos alguien llamó a la puerta. Sin hacer caso a la regla número uno cuando su madre no estaba, Christian abrió la puerta. Al otro lado se encontraban dos hombres vestidos de traje y corbata cuyos rostros ocultaban tras unas enormes gafas de sol. Sin que tuviera tiempo de reaccionar, uno de los hombres lo cogió en brazos y le tapó la boca para que no gritara pidiendo ayuda. Christian se revolvió entre sus brazos y logró agarrar de la pechera al otro hombre, evitando que entrara en la habitación. Apretó los ojos con fuerza y una serie de imágenes le atravesaron la mente mientras ambos hombres se paralizaban bajo el calor de las palmas de sus manos: la entrada del hotel en el que se encontraban; el rótulo del mismo desde un coche; unos papeles que no supo descifrar y varias fotografías de su madre y de su tía en una pantalla.

Cuando volvió a abrir los ojos todas esas imágenes desaparecieron. El hombre que lo sostenía en brazos lo soltó y Christian cayó al suelo. Alzó la vista hacia los dos hombres temiendo que aún quisieran llevárselo, pero ambos se intercambiaron una mirada confusa y abandonaron la habitación. Christian se apresuró a cerrar la puerta y a echar el pestillo antes de que su tía saliera de la ducha.

Sin decirla nada, el niño se encerró en el cuarto de baño. El corazón le retumbaba bajo el pecho y sus pulmones inhalaban y exhalaban con hosquedad. A pesar de sacar las manos de detrás de su espalda con miedo, observó sus palmas con quietud. Estaban enrojecidas e hinchadas con pequeñas ampollas en toda su superficie, pero ni le escocían ni le dolían, aunque sí las notaba muy calientes. Las puso bajo el agua fría durante un buen rato, viendo como las ampollas iban desapareciendo.

Los Guardianes: lo que no se contóDonde viven las historias. Descúbrelo ahora