13.- Marina

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El cálido aroma de la empanada cociéndose en el horno se extendió sobre la casa como un manto e inmediatamente Marina se sintió un poco mejor. Adoraba cocinar. Y la empanada era la prueba de que aún existían cosas buenas en el mundo por las que vivir. Hacer la masa era para ella un arte casi al mismo nivel que la ilustración lo era para Javi. Mezclar la harina con el agua y la levadura, apretar para unirlos, dejar subir la masa antes de estirarla con el rodillo y rellenarla de ingredientes deliciosos conseguía reducir sus pensamientos negativos hasta hacerlos diminutos. Y el olor de la empanada recién hecha debía parecerse, a criterio de Marina, mucho al del paraíso, tan reconfortante y hogareño.

Habían pasado cinco años desde lo de Eduardo. Cinco años, tres meses, dos semanas y tres días, para ser más exactos, que su exnovio la había dejado por otra con la que se había casado después. Respiró hondo. Marina se había ido del pueblo dejando atrás a su padre y a su hermano para no tener que encontrarse con Eduardo y su nueva mujer en cada esquina. Habría sido incapaz de manejar la bomba de relojería en la que se había convertido su corazón si se quedaba: celos, dolor, decepción, ansiedad...agitados en un cocktail fulminante cada vez que se encontraba con ellos. Lo que en un pequeño pueblo de Galicia, como Allariz, era demasiado a menudo.

Su padre la miraba con resignación sombría, como el que ya ha estado en su lugar (su madre había muerto hacía años) y sabía de eso, pero se limitaba a darle de vez en cuando una palmadita de consuelo que a Marina se le hacía insostenible. Su hermano no era tan desalmado como para decírselo, pero ella lo conocía y el «Ya está bien. Han pasado cinco años» lo tenía escrito a neón en cada encogimiento de hombros. Si lloraba delante de él, la tomaba pacientemente entre sus brazos, le acariciaba el pelo y le aseguraba que la vida tenía reservadas mejores cosas para ella que Eduardo. En resumen, la situación se había convertido en algo insoportable.

La idea, al mudarse a Madrid, era conocer gente, hacer el máster de marketing digital y conseguir mucho trabajo como copywriter freelance en el campo de la moda mientras escribía su libro de recetas, ese proyecto que siempre había dejado para más adelante. Pero Marina no contaba con una pandemia mundial. Ni Marina ni nadie, eso era cierto. Se preguntó qué malos rollos tendría aún el 2020 guardados bajo su manga mientras sentía el viejo y familiar nudo en la garganta, como si tuviera una espina clavada.

«Lo siento mucho, Marina, estoy enamorado de ella», le había dicho él entonces. Marina escuchó las palabras pero no fue capaz de comprender por un instante su significado. Le dirigió una mirada de perplejidad a aquel extraño con el que hasta hacía nada había compartido risas y sexo. El tiempo pareció detenerse en ese instante. «¿Quieres decir que lo dejamos?¿Estás cortando conmigo?». Él asintió e hizo una mueca incómoda. Ella rompió a llorar, pero Eduardo no se quedó a consolarla. Con un suspiro, se levantó y salió por la puerta para irse a vivir con Valeria a Barcelona. Marina pensaba que no iba a volver a verlo nunca. Hasta que su exnovio y su flamante esposa habían decidido tener hijos y, como Barcelona era muy caro para una vivienda familiar, se habían vuelto a Allariz, habían comprado una casita y ahora paseaban su amor por el pueblo mientras todas las miradas se volvían, cargadas de compasión, hacia Marina.

¡Mierda! Los ojos empezaron a llenársele de lágrimas. Maldito y condenado Eduardo. Había llegado la hora de seguir adelante, aunque no creía que pudiera querer a nadie como lo había querido a él nunca jamás. Cosa que, viendo lo destrozada que le había dejado su ruptura, no creía que fuera mala cosa.

Si diez años atrás alguien le hubiera dicho que llegaría a los treinta sin casarse, sin vivir en Allariz y teletrabajando por internet, lo más probable es que Marina se hubiera reído a carcajadas de las locuras que le estaban contando. Pero aquí estaba, aferrada al abismo de lo inesperado, en un tercer piso con balcón en Madrid, con las uñas limadas de tanto teclear y una empanada en el horno.

Puso una botella de albariño a enfriar en la nevera.

Había decidido celebrar el paso a la fase 2 de la desescalada y hacia su nueva vida sin Eduardo invitando a Javi a cenar. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora