12- Enrique

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Enrique se dejó caer en la chaise longue de su casa, totalmente anonadado. Había regresado al piso sin saber si reír locamente o llorar.

—La señora Matilde Hernández de la Rosa ha dado instrucciones en su testamento para que se convierta usted en el único beneficiario de su patrimonio— le dijo el notario, un tipo con el pelo engominado y una corbata que era un insulto al buen gusto.

—¿Cómo dice usted? —Enrique pensó que no había escuchado bien. La combinación de la mascarilla, el pelo engominado y la corbata del otro lo había trasladado a una película de los años ochenta.

—Que la señora Matilde Hernández —repitió el notario, como deletreando las palabras— le ha dejado todo lo que posee.

—Pero... ¿y su sobrina?

—La sobrina y ella no se hablaban desde hace siglos, por lo visto.

—¿Y por qué a mí?

—Creo que lo explica todo en esta carta —le tendió un sobre cerrado en el que estaba escrito su nombre con la letra picuda y anticuada de Matilde.

Enrique tragó saliva y recordó las listas del supermercado con aquella letra, las postales que Matilde les dejaba en el buzón en Navidad y contuvo las ganas de llorar.

—¿Qué es lo que he heredado exactamente? —preguntó con un hilillo de voz.

El notario revisó un montón de papeles con dedos ágiles.

—Hummm.... el piso donde vivía, por supuesto. Un millón de euros en una cuenta corriente —Enrique empezó a toser—. Y una casa en Badajoz, que creo que lleva cerrada unos años y no sé bien el estado en el que se encuentra. La dirección la tiene en los papeles que le voy a dar, las llaves deben estar en el piso de aquí.

Enrique tiró nerviosamente de la mascarilla. Le costaba respirar.

—Sí, bueno —contestó, intentando que su cabeza se centrara—, ahora tampoco podemos viajar a verla. Esté donde esté.

—No, claro. Lo decía para cuando esto pase. Lo que yo sí que tengo aquí son las llaves de su piso de Madrid. Tenga.

Ahora, sentado en la chaise longue de casa, ya libre de la mascarilla y con el sobre de Matilde aún cerrado en la mano, la sensación de ahogo era la misma. Inspiró profundamente. El tarareo de Miguel se unía al sonido de la campana extractora en la cocina. Dudaba que su pareja lo hubiera escuchado entrar.

—¿Quique?

Enrique se pasó la lengua por los labios. Tenía la boca reseca como si hubiera chupado un papel de lija.

—Estoy aquí —consiguió decir al fin.

—¡Hola! —Miguel entró secándose las manos con un trapo—. No te había oído entrar... Quique, ¿estás bien?

—Pues... —soltó una risita histérica—, mi vida acaba de dar un giro radical y aún estoy un poco mareado.

—¿Qué quieres decir con eso de un giro radical?

—Pues verás...—empezó a decir. Y se lo contó todo. Que Matilde le había dejado su legado, que tenía la impresionante cifra de un millón de euros para montar lo que quisiera y que no entendía nada de nada.

—¿Y qué decía la carta? —preguntó Miguel.

—No la he leído.

—¿Y a qué esperas? —Miguel se sentó a su lado en la chaise longue e hizo un gesto con la barbilla animándolo a abrir el sobre.

Enrique rasgó un extremo y sacó una hoja de papel con la letra característica de Matilde.

«Querido Enrique,

Si estás leyendo esto es porque al final me he ido al otro barrio. Espero no haber tenido una muerte demasiado mala, porque sé desde hace mucho tiempo que la muerte me asaltaría en soledad. Elegí hace muchos años estar sola, así que si mi fallecimiento ha podido generaros algún tipo de problema a Miguel y a ti como vecinos mis más sinceras disculpas.

Pero tú estás leyendo esta carta porque mi notario te la ha dado, y eso significa que sabes que eres mi heredero. ¿Por qué tú? No tengo familia, ni amigos. Los que tenía han pasado al otro lado antes que yo y los que quedan no pueden llamarse así. Durante todos los años que hemos sido vecinos me has cuidado y te has preocupado por mí. Eres una buena persona. Y quiero que uses mi dinero para convertir tu vida en algo que te haga feliz. No creo que a mí me sirva para nada, allá donde voy.

Solo un pequeño y último favor: ayuda a Javi también a conseguirlo. No he querido dejarle a él nada porque sé que es incapaz por sí mismo de sacar adelante sus sueños de ser ilustrador. Pero, con tu ayuda (algo seguro que se te ocurre), lo logrará. Estoy segura de que harás lo posible por cumplir con lo que te pido.

Espero que pasen muchos años antes de que nos veamos de nuevo. Sé feliz.

Matilde».

Miró a Miguel con los ojos muy abiertos y el corazón a punto de salírsele por la boca.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó él.

Enrique sintió una oleada de orgullo y de amor al comprobar que Miguel no intentaba imponer nada. Cualquier otra persona habría intentado sacar tajada de su buena suerte, pero Miguel, no. Su novio respetaba su espacio y su individualidad.

—Tengo que pensarlo —respondió—. Pero puedes ayudarme a hacerlo.

Miguel le acarició la cara con delicadeza y le besó un lado de la sonrisa.

—Claro, cariño. Será un placer. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora