11.- Pilar

135 8 6
                                                  

Apagaron la pantalla y se quedaron los dos sentados mirándola, mientras el recuerdo de lo hablado con el psicólogo los sepultaba como si fuera un alud.

—Quiero que me traigáis una lista de aquellas cosas que os gustan del otro —había dicho el terapeuta la semana anterior—. Olvidad todo lo malo de ahora. ¿Por qué te fijaste en Pilar, Andrés? ¿Y tú, Pilar, qué fue lo que te enamoró de él? Quiero que en esa lista pongáis diez cosas que os gustan del otro y diez momentos inolvidables con vuestra pareja.

Los dos habían hecho los deberes. «Su sentido del humor», había escrito Pilar. «Su inteligencia, lo cariñoso que es, su optimismo». Cada cosa que añadía a la lista desencadenaba un torrente de lágrimas.

«Esa es la chica», había contado Andrés al psicólogo que había dicho a sus amigos al conocerla. «¿Qué chica?», le habían preguntado estos. «La chica con la que me voy a casar». Pilar había escuchado la historia mil veces, su marido la había contado en su boda, pero escucharla ahora fue diferente. «Llevaba mi nombre escrito en todas partes». Su marido la miró y le sonrió con tristeza. «Supe que era la mujer de mi vida», dijo. Ella se movió inquieta en su asiento porque aquellas palabras eran dolorosas. En los mensajes que había pillado en su móvil se lo decía a Z. «Eres la mujer de mi vida». ¿Cuántas vidas tenía Andrés? ¿A cuál de las dos mentía?

Coincidían casi al 100% en los diez momentos inolvidables de su vida en pareja. La primera cita. El primer beso. El primer viaje. El momento en el que decidieron casarse. La boda. La primera mudanza. El nacimiento de sus hijos. Y entre medio —Pilar se sintió desbordada mientras los escribía—, miles de pequeños momentos, de miradas de complicidad, de entenderse sin hablar. De tantas y tantas cosas que no cabían en una lista de diez y que ahora se iban por el sumidero.

—Recordad estos momentos —dijo el psicólogo, cuando ellos terminaron de hablar—. Esta es vuestra base, vuestros cimientos. La semana que viene trabajaremos en los motivos por los que creéis que todo esto ha pasado, pero ahora pensad en lo bueno que tenéis juntos.

Los dos asintieron bastante poco convencidos.

—¿Sabéis? —continuó él—. Lo vuestro es lo raro. El amor romántico, la nube rosa del principio, es un cóctel de hormonas y no suele durar más allá del primer año. Luego, cuando la venda se te cae de los ojos y te das cuenta de la cantidad de defectos que tiene el otro y que no es esa mujer u hombre perfecto que creías, es el momento de la verdad. Os asombraría conocer las miles de historias que me llegan. Pero vosotros os seguís queriendo a pesar de los años, a pesar de lo que ha pasado. Por eso, estáis aquí haciendo esta terapia, porque hay una base sólida que salvar. Tenéis suerte, al fin y al cabo, porque habéis conseguido amor maduro. Y eso es una joya.

Pilar intentó sonreír pero lo que le salió fue una mueca. Y una lágrima de cansancio le resbaló por la mejilla. Qué ganas de gritarle a aquel hombre que qué decía, por favor, que estaba cansada, cansada de Andrés, de un «nosotros», cansada de llorar. Suerte. Qué gracia. Cerró los ojos.

—Pilar —siguió él, con la voz más suave—, piensa que él está aquí. Que no se ha ido. Que ha cometido un error, un error muy grande, pero está aquí. Voluntariamente y queriendo enmendarlo. No puedes obligar a nadie a que te ame, pero él está contigo porque sigue queriéndote. Recuérdalo.

Ahora, estaban los dos en silencio frente al ordenador. Y ella se sentía una herida en carne viva. Fracturada. Expuesta. Como si todo el dolor del mundo la hubiera alcanzado ahora.

—¿Qué piensas? —le preguntó Andrés, casi con miedo.

—En que también le dijiste a ella que era la mujer de tu vida.

Él suspiró.

—¿Sabes lo que pasa? Él, el psicólogo, tiene razón. Estar con ella era como una droga para mí, un subidón, esa nube rosa. Me sentí de nuevo atractivo después de tantos años. Y cuando estás drogado dices muchas cosas que no sientes, que no piensas, que te das cuenta que son mentira cuando la nube te suelta. Tú eres la mujer de mi vida, lo sabes. Mi compañera. Mi mejor amiga.

—No me basta con que me lo digas, lo siento. Tendrás que demostrármelo.

Se levantó del asiento. De pronto se había dado cuenta de que las piernas le temblaban ligeramente. Calibró la distancia desde el salón hasta donde estaba la correa de Cooper, que ya la esperaba ansioso junto a la puerta y caminó insegura hacia allí.

—Voy a dar una vuelta con el perro —dijo—. Necesito pensar.

El sonido de la puerta al cerrarse fue como un enorme signo de interrogación. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora