LETTON

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La luna se veía hermosa en esa noche, las estrellas se veían perfectamente alineadas como esperando en orden que pasara la anciana con el bebé en brazos.

La mujer miraba encantada el cielo y se permitía uno que otro suspiro, era impensable que naciera un niño como él, muchos creían que nacería muerto o que moriría días después de nacer, pero ahí estaba, moviéndose como si su vida dependiera de ello. El bebé en sus brazos emitió un pequeño llanto por la incomodidad y el hambre.

La anciana le miró un momento sus ojos obscuros y trató de ver la maldad que decía la leyenda, pero solo encontró a un bebé inocente que buscaba a su madre.

—Esta maldito...— escuchó que decía su acompañante.

— No, solo nació en un mes diferente, eso no significa que los dioses no le quieran.

— Tú misma viste que su madre murió en cuanto lo nombró y si...

— Y si te corto la lengua ahora mismo por insinuar que es mejor matar un bebé recién nacido, porque su madre murió dándole a luz.

— Tú viste... Tu viste como la dejó...— murmuraba aterrado.

— Ana estaba muy débil desde antes de darlo a luz y tú solo haz traído animales al mundo es normal que te espantes por pequeñeces...

— Ningún bebé, ya sea animal o humano ha dejado a su madre desangrada nunca.

— ¿Cuántos niños has traído al mundo, idiota? Solo uno y con una madre tan débil que te ha dejado más idiota de lo que eres por la impresión de haberla visto morir.

— Pero ha nacido en este mes... Incluso la noche lo reconoce...

La mujer se detuvo un momento a reflexionar sobre este hecho, era cierto que era el primer bebé concebido en circunstancias diferentes, pero eso no significaba que fuese malo, miró al bebé profundamente dormido y reconoció algo familiar, sonrió por el parecido que tenían esas dos criaturas que habían conocido. Padre e hijo eran iguales.

—Jura que cuidarás de mí hijo— aún recordaba las palabras desesperadas de la madre, que con solo tres meses ya sabía que nacería un varón.

— Sé que también crees que es un mal presagio, dámelo y yo me encargaré de él— la expresión de la mujer había cambiado ligeramente al recordar la desesperación de la madre del pequeño. — No. — contestó a su acompañante — Se lo entregaré a su abuelo y luego podrás hacer lo que quieras.

— Ese niño será la perdición de la tribu.

La mujer había detenido su caminar y miró al hombre que iba a su lado, murmuró unas simples palabras y siguió caminando, en un instante su acompañante comenzó a asfixiarse por una cuerda invisible. El hombre miró por todos lados y vió como una criatura escamosa le miraba desde el suelo.

—dziesmu vārdi...— murmuró asustado antes de caer al suelo.

La mujer se detuvo y miró al niño en brazos que comenzaba a moverse.

—atbrīvot.—murmuró la anciana al viento, el niño la miró y sonrió.

— Jura ahora que no dirás nada en contra de este niño y te dejaré ir...

Su acompañante en el suelo seguía tosiendo, dió un largo respiro antes de hablar — Fuiste bendecida... Con la misma...

— Júralo— le interrumpió mirándolo con seriedad.

— Lo juro... Hermana.

La anciana sonrió con ironía — Ni aunque nacieras de nuevo, sería tu hermana yo nunca compartiría sangre con asesinos de niños, el destino me quiere demasiado.

El hombre bajó la cabeza avergonzado. — Vete a casa.

— Y el niño...

— Ese no es tu problema— dijo la mujer antes de seguir su camino.

La misteriosa mujer se detuvo nuevamente, su mirada extraña refleja un brillo hermoso que mantenía tranquilo al niño en sus brazos. — Espera... Eter— llamó a su acompañante. 

El hombre miró en su dirección expectante a lo que diría la anciana
— Olvida...— susurró.

— ¿Qué dijiste...?—

—aizmirst šī bērna piedzimšanu—
conjuró la mujer para después seguir su camino.

La noche se hizo más intensa, pronto la anciana llegó a un pequeño monte con una casucha y un jardín inmenso.

Tocó a la puerta y saludó a su muy  viejo amigo para después entregarle al pequeño. —¿Ella está...?— comenzó a preguntar.

—Murió media hora después de darlo a luz, lo siento mucho.

El anciano lloró en silencio por un momento hasta que sintió las manitas del recién nacido en su nariz. 

—Es igual... Es igual a él— murmuró el anciano maravillado.

— Lo es— dijo la anciana.

—¿ Ella le dio... Le dio un nombre?— preguntó el anciano al mismo tiempo que la mujer hablaba de una nodriza que estaba en camino a llegar a la madrugada.

La mujer paró de hablar  y miró a su amigo con dulzura. — Caleb, ella lo nombró Caleb.

Letton Y La Barrera Lyora - Primera LeyDonde viven las historias. Descúbrelo ahora