9.- Marina

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Marina enfiló la calle con el carrito de la compra a tope y dirigió la mirada al edificio de enfrente. Como siempre, la luz del tercero izquierda estaba apagada —¡Pobre Matilde!— pero la de Javi estaba encendida. Su silueta, enmarcada en la ventana frente al ordenador. Sintió un calorcillo en el estómago. Habían coincidido varias veces al bajar la basura y, desde que se permitía salir a pasear y a hacer deporte, habían caminado juntos algún día siempre respetando la distancia de seguridad mientras charlaban sobre lo divino y lo humano.

Le gustaba. Por primera vez, desde lo de Eduardo, alguien le gustaba. Oleadas de un dolor casi olvidado volvieron a envolverla cuando pensó en Eduardo. ¿Cómo podía ser que después del tiempo que había pasado y de haber puesto distancia entre ellos su mero recuerdo la atormentara de esta manera? ¿La habría olvidado él? La verdad es que no estaba preparada para que nadie le gustara, ni para dejar a nadie entrar en su vida.

En ese momento, Javi levantó la vista y la vio mirándolo. Marina hizo un esfuerzo por recomponerse y lo saludó con la mano. Javi le devolvió el saludo, se puso de pie y le indicó con un gesto que esperara, que estaba a punto de bajar a la calle. Tras una breve vacilación, Marina asintió. No permitiría que el dolor del recuerdo se reflejara en su rostro. Tenía que aprender a ocultarlo. Cuando al fin la puerta se abrió y los ojos de Javi le sonrieron sobre la mascarilla, Marina se enfrentó a ellos con otra sonrisa idéntica.

—¡Hola, guapa!

—¡Hola! —se esforzó por que la voz sonara alegre—. ¿Cómo estás?

—Bien, muy bien. ¿Y tú?

—Bien. Ya ves, vengo de la compra —Ella se sintió idiota por no saber qué decir.

—Ya.

Los dos se quedaron en silencio. En las terrazas del edificio, Marina vio salir a Esther que los miró con curiosidad. Y luego, a la chica del primero derecha, la que hacía yoga. Patricia, le había dicho Javi que se llamaba. Se sintió intimidada por las dos mujeres, que los observaban como si fueran una bandada de buitres posados en los balcones.

—¿Sabes? No te conozco mucho, pero me lo paso bien hablando contigo —dijo Javi, haciéndola volver a la realidad.

—Yo también.

—Se te ve tan segura de tu vida, tan sencilla. Quiero decir, que la gente suele hablar todo el rato de sí mismos pero tú escuchas, haces comentarios inteligentes de todo. No... ¿no tendrás un novio confinado esperándote por ahí, verdad?

El chico calló. A lo lejos, sonó la sirena de una ambulancia.

—No. No lo tengo —. La tensión en su voz al responder era palpable.

—¿Ni una novia?

Marina se rio.

—Tampoco.

—Qué bien.

—¿Qué bien?

—Quiero decir... yo no quería... en fin, ha sonado fatal. Lo que quería decir es que me gustas mucho. Me encantaría que no estuviéramos en cuarentena para poder invitarte a tomar algo. Y... ya está. Ya lo he dicho —soltó Javi sin respirar.

—Pero estamos en cuarentena.

—Sí, mierda, sí, eso es verdad.

—Así que no podemos quedar a tomar nada.

—No, pero...¿qué te parece si nos encontramos por las mañanas a una hora fija para caminar y hablamos y así pues... te puedes ir acostumbrando a mí?

Marina soltó una carcajada mientras el brote de algo posible, de algo emocionante y a la vez aterrador, se abría dentro de ella.

—Me parece bien —contestó.

—¿En serio? ¡Estupendo! Pues ¿mañana a las ocho?

—Vale, mañana a las ocho. 

«No pasa nada porque seamos amigos», pensó mientras arrastraba el carro de compra al interior de su edificio. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora