Claro de luna. Christian (parte 1)

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El siguiente fragmento es mencionado en el capítulo «Dulce niño mío» del segundo volumen de la saga, Claro de luna. Ocurrió aproximadamente dos años antes.

Se encontraban en Illinois desde hacía un mes. Por primera vez en mucho tiempo sentía que no tendrían que salir corriendo a otra ciudad porque los hombres malos los hubieran encontrado de nuevo. Sin embargo, su madre le decía que siempre debía estar alerta; que en cualquier momento podrían dar con ellos otra vez. Y, como siempre, su madre tenía razón.

Paseaban con tranquilidad por las calles en un día que había sido lluvioso por la mañana. El olor a lluvia y la humedad aún invadían sus pulmones y los verdes árboles de los parques contrastaban con el cielo gris de media tarde. Christian caminaba entre su madre y su tía, sujetando sus manos con fuerza. Se habían estado riendo por una broma que había hecho su tía Anne, pero ahora su madre estaba seria, estudiando su alrededor: las personas con las que se cruzaban, los conductores y pasajeros de los coches que pasaban a su lado, los cristales de los escaparates. Esa alarma que su madre parecía tener había vuelto a activarse y eso solo significaba una cosa: correr.

—Están aquí —oyó decir a madre, confirmando las sospechas de Christian—. Trataré de alejarlos de vosotros. Nos vemos en casa.

«Casa», cuyo significado emocional aún desconocía Christian, y término que apenas había podido utilizar durante sus escasos cuatro años de vida.

—Ten cuidado, mamá —le dijo Christian.

—Vosotros también —respondió sin mirarlo, aunque sí apretando su mano y acariciándole la piel con el pulgar—. Te quiero, cielo.

—Yo a ti también.

Su madre le soltó la mano y se desvió hacia el otro lado de la calle, donde había localizado a sus perseguidores. Él y su tía Anne continuaron recto mientras aumentaban la velocidad su paso, girando en la primera calle. Avanzaron varias manzanas y después volvieron a girar. Su tía Anne había aprendido lo suficiente de su madre sobre cómo despistar a la gente que los perseguía sin descanso. Christian era incapaz de localizarlos, pues su vista apenas sobrepasaba el metro de altura, pero sí tenía una extraña sensación de que se aproximaban a ellos, como el sentido arácnido de Spiderman.

De pronto su tía Anne comenzó a tirar de él y se vio obligado a correr, dando grandes zancadas que apenas tocaban firmes el suelo. Perdió su mano cuando ella dobló una esquina, pero no logró verla. Cuando quiso reanudar la marcha, lo alcanzaron. El hombre lo cogió con fuerza del antebrazo y comunicó a su equipo a través de un micrófono que «tenía al niño». Christian se revolvió, pero el hombre fingió ser su padre ante la mirada del resto de viandantes. Lo golpeó varias veces en el brazo que lo sujetaba y después le clavó las uñas con la otra mano, deseando con todas sus fuerzas que aquel hombre no supiera quién era. No iba a rendirse. El hombre dirigió su mirada oculta tras unas gafas de sol hacia él y lo soltó.

—¿Quién eres tú? —le preguntó confundido.

Lleno de gozo al ver que su deseo se cumplía, se alejó de él a toda velocidad y echó la vista atrás para comprobar que aquel hombre no lo seguía. Volvió a callejear alzando la vista en busca de su madre o su tía hasta que alguien lo sujetó por la mochila que llevaba a su espalda. Otro de los hombres lo había alcanzado.

—¿Cuántas veces te he dicho que no te sueltes de la mano de papá? —se dirigió a él y le cogió de la mano—. Mira que eres travieso.

Christian supo que el hombre solo estaba disimulando ante los transeúntes, pues ahora estaban en lo que debía ser una de las calles principales de la ciudad, siempre llenas de gente; y además ese no era su padre. Lo obligó a caminar de forma lenta, como lo harían cualquier padre e hijo, y Christian volvió a desear con todas sus fuerzas que lo dejara en paz, que se olvidara de él y que dejara de perseguir a su familia. El hombre se detuvo en mitad de la calle y lo miró:

—¿Por qué coges mi mano? ¿Te has perdido? —le preguntó. Christian se quedó pasmado. No podía creer que hubiera ocurrido por segunda vez en un día. Pero no era un milagro: era él—. ¿Cómo te llamas?

Christian dio dos pasos hacia atrás y se alejó del hombre con cautela. Él seguía preguntándole quién era y dónde estaban sus padres, pero al final lo perdió de vista entre la multitud. Mientras iniciaba la carrera de nuevo escuchó al hombre decir que un niño se había perdido y estaba convencido de que lo estaba señalando a él. Pensó que volverían a cogerlo o que alguien de la calle lo detendría si creía al hombre que gritaba, pero la siguiente persona que lo sujetó fue su madre. Ya estaba a salvo. 

Los Guardianes: lo que no se contóDonde viven las historias. Descúbrelo ahora