Segundo fin de semana

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-¡Te dije que doblaras!

-¡Dijiste que no lo hiciera!

Ambos soltamos una especie de bufido exasperados.

-Es tu culpa -mascullamos a la vez.

Intercambiamos miradas fastidiadas. Finalmente ambos cedimos con ligeras sonrisas.

-La siguiente salida es en cien metros -me indicó estudiando el mapa.

-Perfecto.

-Te dije que viniéramos en taxi. ¿Tantas ganas tenías de manejar?

-Ningún taxi viene hasta acá -contesté.

Era evidente que hubiera querido replicar, pero no dijo nada. Llevábamos casi dos horas sentados en el carro de mi mamá rumbo a la casa de playa.

-Creí que te sabías el camino -dijo finalmente.

-Hace tiempo que no venía -me defendí siendo consciente que la vez que había ido a arreglar todo y dejar la comida no había prestado atención a lo que hacía.

Pese a todo, antes del mediodía ya estábamos acomodándonos en la casa. Siempre me sorprendía lo grande que era teniendo en cuenta que a los papás de Hernán no les gustaba la playa. Supongo que la habrían mandado a hacer de ese tamaño para que su hijo pudiera invitar a varios amigos. En realidad, más que grande de área parecía gigante porque tenía tres pisos. En el primero estaban la sala, el comedor y la cocina, junto a una pequeña lavandería. Los dormitorios estaban en el segundo piso junto a una especie de sala que servía como espacio común. En el tercer piso había una piscina y una buena terraza. Valerie también miró la casa asombrada al llegar y cuando se la mostré.

-¿Cuál es el plan?

-Divertirnos -sonreí.

-¿Así no más?

-Sip -le di la espalda y me encaminé a la cocina.

-Tu plan es no hacer nada ¿verdad? -me siguió.

-No exactamente pero más o menos algo así. ¿No te encanta? -forcé una sonrisa.

-Preferiría ir pudiendo hacer mis tareas -susurró.

-¿Cómo? -giré a mirarla.

Cuando la había recogido, le prohibí llegar cualquier libro de texto y casi, casi me sentí obligado a revisar en su mochila para asegurarme de que no hiciera trampa.

-Nada, nada -se apuró en decir.

-Eso pensé.

Me incliné frente a la refrigeradora y empecé a buscar entre las cosas que había traído el día anterior viendo qué me provocaba. Con una sonrisa saqué la leche y de la congeladora, los helados.

-¿Quieres un milkshake? -ofrecí.

-¿No me moriré intoxicada?

-Los milkshakes son de las pocas cosas que sé preparar.

-Eso significa que seré tu cocinera este fin de semana -puso sus manos en sus caderas.

-Podemos ordenar pizza, chifa o pollo.

-Cocinera un maldito fin de semana.

-¡Wow! ¡Ya se volvió mala la chiquita! ¡Está maldiciendo, señores y señoras! -me burlé.

-El señor en cambio, se ha vuelto un caballero. ¡Incluso se ofrece a preparar bebidas para una! -me la devolvió.

Nos miramos fijamente a los ojos unos instantes. El silencio pareció hacerse más intenso. De pronto una sonrisa se formó en su rostro desconcertándome.

The Real Bad Boy (PUBLICADO)¡Lee esta historia GRATIS!