8-Enrique

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Enrique sintió un estremecimiento de entusiasmo cuando salió a la calle en dirección al metro. Estaba citado en el despacho de un notario en la calle Ibiza para un trámite burocrático relacionado con la muerte de Matilde y, aunque no le habían dicho qué era, le daba igual. Era la primera vez desde hacía más de cuarenta días que salía de casa para algo distinto a hacer la compra y, por alguna razón, aquello lo llenaba de expectación. Como si fuera un acontecimiento. Además, le venía muy bien tener un poco de espacio , un poco de distancia para contemplar desde lejos su relación de pareja.

Se quedó de pie en el vagón del metro a pesar de que había muchísimos asientos vacíos sintiendo una reconfortante afinidad con los que transitaban por dentro. Aguerridos aventureros como él que se lanzaban a la selva infestada de COVID 19 armados con una mascarilla y unos guantes. Gimió para sus adentros. La muerte de Matilde lo había llevado a replantearse cosas, cosas en las que no había querido pensar antes. 

Enrique no era de enfrentamientos abiertos, no le gustaba discutir y tenía un miedo casi patológico a los silencios tensos entre personas y por eso no le decía a Miguel lo que le pasaba por la cabeza, que cada poro de su cuerpo le pedía que escapara del mundo diminuto y sofocante en el que vivían juntos. Pero llevaba tanto tiempo siendo pareja de Miguel que no sabía subsistir sin él, que sin Miguel él no era nada. Su corazón se llenó de angustia gota a gota. Tal vez el problema no fuera Miguel sino que no se quería a sí mismo y no sabía cómo quererse. 

Bajó del metro en Príncipe de Vergara y decidió hacer a pie el trayecto hasta Ibiza en vez de cambiar de línea. Y, al hacerlo, pasó por delante de la puerta del bar en el que había conocido a Miguel, que tenía sus puertas cerradas. Se detuvo un minuto a mirar por el cristal la esquina justo a un extremo de la barra donde se besaron por primera vez, algo borrachos y donde, después de aquel beso, se echaron a reír, liberando los nervios en una risa larga y ruidosa. Alegres. «Antes, éramos alegres». 

Echó a andar de nuevo hacia el despacho del notario. A la luz de aquel día soleado y limpio, su vida y su relación le parecían más desoladoras que nunca. 

Un chico caminaba hacia él con unos auriculares puestos. Tenía las manos en los bolsillos de un chándal y el pelo corto y teñido de verde. Al ver que lo miraba se hundió más en la capucha de la sudadera. Por un instante, a Enrique le dieron ganas de hablar con él, decirle que todo iría bien, que algún día todo eso que le hacía hoy esconderse en la sudadera tendría sentido, porque si alguien le hubiera dicho a él a los 18 años que algún día sería un periodista de 35, casado con un editor guapísimo y que vivirían en un piso genial no lo habría creído. Desde luego no se le habría ocurrido además preguntar por la calidad de su relación, si el editor guapísimo le resultaría aburrido con el tiempo o si perdería su empleo como periodista. Se habría limitado a refunfuñar un «genial, tío» y habría rezado para que lo dejaran en paz.

Entonces se detuvo en medio de la calle. Tal vez había estado culpando a Miguel de todo y se había olvidado de mirarse a sí mismo. ¿Quién podía culpar a Miguel de no hablar cuando él no le seguía el juego nunca?¿Qué le estaba ofreciendo él a su pareja para que funcionara aparte de quejarse por su mala suerte todos los días?

Miro al chico que se alejaba por la calle y sonrió. Eso era. Iba a dejar que lloriquear. Conseguiría un trabajo del que sentirse orgulloso. Y además, escribiría un libro, sí. Haría yoga para bajar la barriga y serenarse. Ya buscaría clases online. Su cabeza, en la puerta de la notaría, se llenó de posibilidades. Había un mundo entero allá afuera y Enrique lo había olvidado metido en su caparazón. 

Abrió la puerta sin saber que dentro del despacho una posibilidad del todo inesperada permanecía al acecho.  

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora