La vida en ocasiones nos premia al permitirnos vivir épocas hermosas junto a personas especiales. Pero a veces, ella misma se encarga de quitarnos todo lo que nos dio. Así es la vida; de golpe nos arranca todo aquello que una vez amamos, dejándonos...
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¿Habrá sido un sueño? No lo sé. ¿Me lo habré imaginado? No lo sé. Pero estoy segura que algo pasó esa tarde... Todo esto sucedió cuando teníamos 8 años. Vivíamos en un pueblo a la orilla del mar, donde sobre un gran acantilado de roca se levantaba un faro blanco con rojo que día y noche alumbraba el océano. Eran unos lindos atardeceres; cuando el sol se ponía justo sobre el océano creaba unos colores y una belleza que no puedo comparar con otra cosa sobre la tierra. El color de las nubes, un amarillo radiante y naranja; un horizonte rojizo y un cielo de celeste a azul negro. Recuerdo que a mí me encantaba sentarme sobre la arena blanca a la orilla del mar para imaginarme volando sobre el océano para luego subir a las nubes a ver el atardecer desde arriba, entre tantos colores. Pero lo que más recuerdo es ese verano del tercer grado, donde todo comenzó...
Recuerdo que estaba en la sección "B" del tercer grado en la escuela primaria del pueblo, y que todos los días me iba a pie hacia mi casa a la orilla del mar. Para llegar a casa, caminaba más o menos unos 20 minutos por una calle que quedaba frente a la playa; y yo disfrutaba hacerlo, porque siempre me detenía un momento a admirar la belleza del atardecer. Cuando llegaba a casa, mamá luego de trabajar en sus cuadros me tenía la cena lista y juntas íbamos a comer viendo los últimos rayos de luz sentadas en el pórtico trasero frente al mar. Mientras veíamos el horizonte mamá una vez me dijo: "Sabes, el cielo es como un lienzo, que está esperando a que lo pintemos con nuestros propios colores. ¿Y sabes que es lo mejor? Que no tiene límites... Puedes pintar tu propio cielo con los anhelos que tienes acá... (Mientras tocaba mi pecho) Si tu lienzo no tiene límites, tampoco lo habrá para lo que puedas lograr..."
Eran unos días hermosos, donde no tienes otra cosa más que hacer que estudiar y jugar; donde problemas pequeños como el terminar la tarea para la semana siguiente se ven tan grandes, y los problemas grandes se ven tan pequeños y con soluciones sencillas. Realmente no entendía como la caída de un muro alegró tanto al mundo... "¿La caída de un muro? ¿Eso qué tiene de grandioso?" decía yo sin entender la importancia de los hechos... A esa edad había cosas que podían ser insignificantes para el mundo, pero para mí eran lo más grande que podía pasar. Como el despertar todas las mañanas con el sonido del mar y dibujar barcos con crayones de todos colores en mi habitación.
Yo amaba ir a la escuela; el olor de los lápices afilados, el papel, los cuadernos nuevos, los lápices de color y la sorpresa que encontraba en la lonchera a la hora del almuerzo me volvía loca. Realmente me encantaba ir a la escuela por el hecho de convivir, reír y bromear con mis amigos; y siempre había sido igual. Hasta ese año, donde noté las humillaciones que unos gorilas de mis compañeros le hacían pasar a otro niño de mi clase llamado Josh, al que nunca había visto en mi vida. Ya que no hablaba mucho, pasaba por desapercibido en el salón.