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Cómo regar un bonsái

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No habían pasado ni cinco minutos desde que encendí el ordenador cuando me llegó el correo electrónico. Al principio pensé que sería alguna de las innumerables ofertas sobre bonsáis que me suelen llegar al correo cada día, así que dejé lo que estaba haciendo y lo abrí. De este modo es como conseguí el último bonsái para mi colección, un arce japonés a un precio ridículo. Lo leí ilusionado, esperando encontrar alguna ganga, pero lo que encontré no era la clase de oferta que estaba esperando. Era mucho mejor, era una oferta laboral para trabajar en una tienda de bonsáis y eso para un coleccionista de estos árboles en miniatura es el paraíso, el trabajo ideal. El puesto estaba hecho a medida para mí. Lo volví a leer antes de mandar mi candidatura. No pedían gran cosa: buena presencia, bachillerato, conocimientos de botánica, inglés y experiencia demostrable en puesto similar de dos a cinco años. Nada que no tuviera, salvo esos cinco años demostrables, pero los podía compensar con mis años en www.bonsaisan.es, mi portal web donde ofrezco consejos sobre cómo cuidar estos pequeños árboles a partir de videotutoriales y artículos.
Todavía estaba algo nervioso cuando empecé a escribir la carta de presentación. Eran tantas las cosas que quería poner y tanto el interés que tenía en el puesto que me costó más de lo que os podéis imaginar. Leí el currículo una y otra vez, quería que quedara perfecto antes de enviarlo. Realmente deseaba ese puesto de trabajo. Tras cinco correcciones más, lo envíe.
Estaba impaciente, inquieto. No paraba de mirar los distintos bonsáis que tenía en mi terraza climatizada. Pronuncié el nombre técnico de cada uno de ellos a modo de repaso general por si me hacían un examen durante la entrevista y entonces me vi soñando despierto rodeado de clientes indecisos que esperaban pacientes mis consejos.
—Gran elección, este magnífico Liquidambar styraciflua es uno de los bonsáis que resiste muy bien el calor. Y además lo tenemos de oferta —comenté en voz alta y al escuchar mis palabras sentí vergüenza. ¿Qué hacía en mi casa hablando solo cuando podía estar en la tienda recabando información útil para la entrevista? Sin perder un segundo salí de casa rumbo a lo que quería que fuese mi centro de trabajo.
Cuarenta minutos y dos transbordos después llegué a mi destino. Al ver el espectacular escaparate no me importó el tiempo que tardé en llegar. Una gran variedad de árboles de diferentes tamaños y precios. Me quede embobado mirándolos, casi babeando el cristal al descubrir el imponente bougainvillea glabra de ocho años ante mí. Recobré la compostura y entré.
El interior era todavía mejor que en mi imaginación. Qué cantidad de utensilios y productos para el cuidado de tan delicada afición. "No, no has venido a comprar, así que deja ese abono fortificante biológico donde estaba. ¡Céntrate! Has venido a documentarte para la entrevista" Me sermoneé. 
—Hola, buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle? —Una voz interrumpió mi propia discusión interna. El dependiente, con una sonrisa demasiado forzada, esperaba una respuesta que en el fondo no le interesaba.
—Es la primera vez que entro en la tienda. Me podría comentar, más o menos, qué productos o servicios ofrecen, a parte de la venta de bonsáis, obviamente —fui al grano, sin rodeos.
—No es usted aficionado al cultivo de estos árboles, ¿verdad? —contestó algo burlón. Era bastante atractivo, pero su actitud echaba por tierra todas esas horas de gimnasio.
—Sí que lo soy... —Su imborrable sonrisa empezaba a mosquearme.
—¿En serio?
—Sí, tengo más de 15 tipos distintos en mi casa. Alguno de ellos con más de diez años.
—Pero ¿Vivos?
—No, yo los compro y los dejó morir.
—Nunca se sabe, cada uno con sus gustos.
—¿Usted es imbécil?
El dependiente se rió a mandíbula batiente.
—No se ponga así, era una broma. En "bonsai saioni" estamos para ayudarles a todos, tanto a los que buscan un nuevo árbol como a los que buscan cómo evitar que su último bonsái acabe en la basura.
Lo miré todavía pensativo. No sabía si me seguía tomando el pelo o había adoptado su tono profesional, pero como quería obtener la información, le seguí la corriente.
—Entonces, ¿ofrecen servicios de curación o primeros auxilios?
—No exactamente. Si un bonsái ya está muy dañado, poco podemos hacer nosotros. Lo que ofrecemos son unas sesiones gratuitas sobre cómo cuidarlos.
—Interesante. Y dígame, ¿en esas sesiones se profundiza en cómo podarlos y darles la forma deseada? ¿Hay distintos niveles?
—No, que va. La mayoría se centran en cómo regar un bonsái.
—¿En serio? pero si eso es algo muy sencillo.
—No se crea. Cada uno tiene su propio sistema y no es tarea fácil el hacerlo bien. Ni yo mismo sé cómo se hace.
No me lo podía creer, el mismo dependiente reconocía no saber cómo regar un bonsái. ¿Por eso habían publicado la oferta laboral?¿Acaso era este individuo al que iban a despedir y por lo tanto era ese, su puesto, el que deseaba cubrir la empresa? Seguía sin poder creerme que el dependiente no supiera lo más básico en el cuidado de los árboles en miniatura. ¿Sería otra de sus bromas faltas de gracia?
—Bueno, pero digo yo que durante una de esas sesiones habrá aprendido algo sobre el riego, ¿no?
—Las sesiones se imparten los martes por la tarde y ese es mi día libre.
—Entonces, si yo le pidiera consejo sobre qué bonsái debería comprarme en función de la dificultad en su cuidado y mi experiencia, usted no podría ayudarme.
—Claro que podría.
—¿Cómo?
—Yo le aconsejaría que se comprase el árbol que más le gustase. Al fin y al cabo es así como lo acaban eligiendo todos y quien diga lo contrario miente. Después, y tras rellenar la ficha como cliente, podrá acudir sin ningún coste a nuestras clases sobre cómo cuidarlo.
—Dirá sobre cómo regarlo.
—Regalo, cuidarlo. Vienen a ser sinónimos.
—Hombre, tanto como sinónimos... A un bonsái no solo hay que regarlo, hay que proporcionarle otra clase de cuidados extra.
—Pero eso ya son cosas de "raritos" o de japoneses con mucho tiempo libre. La mayoría de personas se conforman con no ver su árbol morir en los primeros quince días.
—Es decir, usted considera "raritos" a las personas que se preocupan de algo más que del riego, como por ejemplo podarlos y darles forma.
—Hombre, no. No lo saque de contexto.
—No, yo no saco de contexto nada.
—Sí, sí que lo hace. La mayoría de los mortales no dominan el riego. Es una realidad, un hecho. ¿Que usted lo domina? Pues muy bien, enhorabuena, pero eso no significa que el resto de personas seamos torpes o tontas.
"El resto de personas no lo sé, pero tú si que lo pareces" Pensé.
Me despedí educadamente y abandoné el local. No merecía la pena continuar discutiendo con el dependiente, era una pérdida de tiempo. Caminé hasta la parada de autobuses y me senté. Los siguientes cuarenta minutos me los pasé preguntándome cómo era posible que aquel hombre no supiera cómo regar un bonsái y cada vez me ilusionaba más con las posibilidades que tenía de conseguir ese puesto de trabajo. La entrevista iba a ser pan comido.

Llegué a casa y encendí el ordenador con ganas de consultar las últimas tendencias en el diseño y la poda de árboles. De pronto un sonido interrumpió mi lectura, un correo electrónico acababa de llegar. Lo abrí inmediatamente y no podía creer lo que veían mis ojos. Leí la frase varias veces, a pesar de tenerla grabada en la retina. Su candidatura ha sido descartada. No me lo podía creer. Tenía que ser un error. Me parecía increíble. Descartado directamente sin ni siquiera hacer la entrevista... ¿Cómo se supone que tengo que digerir esto? ¿Qué es lo que fallaba en mi perfil? ¿Será porque no incluí fotografía? Sabía que debía haberla incluido, pero al no tener una reciente preferí no hacerlo pensando que me llamarían por mi currículo y no por mi cara bonita. De repente lo vi claro, vino a mi mente la respuesta a mis preguntas. Ellos no están buscando a un botánico, ni a un experto, ni siquiera a un aficionado. Ellos buscan una cara bonita que se pregunte: cómo regar un bonsái.

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