Prólogo.

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En este momento estamos acostados uno al lado del otro en la misma cama, la mía. No hay más que una sábana sobre nosotros. Es de noche, hace mucho silencio, la tranquilidad nos rodea. El frío nos quiere ganar, nuestra cercanía lo combate mejor que cualquier otro abrigo. Su suave respiración y sus latidos aún algo acelerados me dan la calma que necesito. Finalmente hemos logrado estar así después de tanto tiempo separados, su figura junto a mí me hacía demasiada falta. Sin embargo, esta ocasión es muy distinta a todas las demás.

La persona acurrucada a mi costado posee un cabello rubio liso cortado hasta algo por encima de la nuca y con un flequillo adornando su frente sin llegar a tapar sus expresivas cejas, unos ojos celestes que recuperaron su brillo y ya no lloran tan seguido, una piel que considero de porcelana y que por mi culpa perdió parte de su perfección, además de un cuerpo pequeño y delgado que la hace ser adorable. Toda esta belleza lleva por nombre Colin Cannon.

En cierto contraste, yo soy de cabello castaño corto, ojos verdes, piel blanca unos tonos más bronceada y mi cuerpo está trabajado luego de practicar fútbol por años. Mi simpleza es llamada Trevor Cannon.

Sí, han leído excelentemente bien. Somos hombres y nuestros apellidos no son iguales por casualidad. Aunque en nuestras venas no corre la misma sangre, somos hermanos, no me gusta decirlo de otra manera que delate mi descendencia de otra familia que me dejó aparte. Fuimos criados por la misma pareja en la misma casa y eso es todo lo que me basta para considerarnos como tal.

Para resumirlo, los que se encargaron de crearme sólo hicieron eso, permitirme nacer, porque ni se preocuparon en cargarme una vez: simplemente me dieron en adopción. Fui afortunado de que en sólo meses un hombre y una mujer decidieron cuidarme como a un hijo propio. Después de tantas semanas fue que tuve un nombre por el cual ser identificado. Ellos eran un matrimonio de cuatro años que por más que trataron, no concibieron, por ello se ofrecieron a  formar a un niño con suerte de ser su elegido.

Pasados dos años en los que disfrutaron de responsabilizarse de un bebé con una segunda oportunidad, el milagro ocurrió: mi madre quedó embarazada de un varón que nacería poco tiempo después de mi tercer cumpleaños.

Durante los siguientes doce años, nuestros padres y nosotros vivimos como una familia sin problemas, éramos muy unidos. No compartir lazos sanguíneos con ninguno de los tres no fue un inconveniente, siempre lo supe, nunca me afectó en grande, me lo contaron de la manera correcta para tomarlo naturalmente. Mis primeros quince años fueron los más sencillos, todo se comenzó a ir abajo un lunes de quincena en el que ambos estábamos en clases.

Recuerdo cada detalle de esa fecha como si lo hubiese vivido hace unos segundos.

Veía la clase de Geografía cuando el profesor se desvió del tema para anunciar que por favor avisáramos a nuestros padres que no se acercaran al banco de la avenida principal porque un asalto cursaba con muchos heridos y rumores de empleados muertos. Esas palabras sólo me hicieron salir de mi aburrimiento por mi desinterés por la hidrografía. Mi mamá trabajaba justo en ese banco y mi papá iría justo a esa hora. De inmediato saqué mi celular y marqué el número de ella primero, nadie me respondió. Lo llamé a él, nadie atendió.

Todos en el aula ya estaban libres de miedo, sus familias estaban a salvo, pero al notar mi nerviosismo les fue muy obvio que eso era lo único en lo que pensaba. Me regalaron algunas palabras de apoyo y me dieron permiso de salir del salón para relajarme. No ayudó mucho, sólo me senté en el suelo apoyándome de la pared exterior del lugar donde estaba antes. Me preguntaba si mi hermano sabía algo, quizás ni se había enterado del robo. No pude comprobarlo, mi teléfono sonó y la pantalla indicaba que mi padre era quien se quería comunicar conmigo. Mi corazón volvió a latir y mis pulmones volvieron a llenarse de aire al leerlo.

Mientras estemos juntos¡Lee esta historia GRATIS!