7.- Pilar

122 13 12
                                                  

Estaba empezando a oscurecer cuando Javi volvió a entrar en el edificio. Pilar lo vio hablar con aquella chica morena del inmueble de enfrente, la que habría tenido que ir vestida de hada, con un vestido de gasa en vez de con unos vaqueros, porque parecía escapada de un cuento. Los observó mientras el lenguaje verbal le contaba que existía una atracción incipiente entre ellos y sintió una punzada de envidia por estar en esos tiempos del principio en los que el amor era perfecto y la otra persona, alguien sin defectos. Los tiempos del amor romántico, como los llamaba el psicólogo.

Antes de Z, ella habría jurado ciegamente en que el amor romántico le había durado todos los años. Y eso que, cuando conoció a Andrés, no supo inmediatamente que acabarían juntos, como ocurre en las películas. No fue un flechazo, ni mucho menos. Sí que era su tipo, le gustaba su aspecto bien proporcionado y su altura, sus suaves ojos castaños que le conferían una apariencia pícara y dulce a la vez. Su nariz. Y sobre todo, que poseía una sonrisa terriblemente sexy. La misma sonrisa —suponía— que le mostraba a Z cuando la besaba. Un dardo de dolor le atravesó el estómago.

Inconscientemente, dirigió la vista al balcón donde Z, enfundada en un top cortísimo y unas mallas de lycra, miraba la pantalla de su móvil. Y no por primera vez se preguntó qué habría visto Andrés en ella. Sí, era una tipa joven y delgada, pero no tenía nada más. Por no tener no tenía ni tetas y en las fotos en las que enseñaba el culo en redes se le veía celulitis, como a todas.

Porque sí, Pilar había cotilleado su instagram poblado de fotos de ella misma. Ella, ella y más ella, un selfismo perpetuo con textos robados debajo —canciones, poemas, de los que nunca decía el autor—, en un vano intento de parecer intelectual y profunda sin conseguirlo (la chica tenía la profundidad de una cuchara sopera). Unas redes absolutamente vacías de amigos y de amor, que te contaban lo fría y egoísta que debía ser. No, Pilar no entendía qué había visto su marido en ella, ni cómo podía ser tan imbécil como para no darse cuenta de lo que era. 

A su lado, sonó un mensaje. El móvil de Andrés. Él experimentó un ligero sobresalto y entró en el piso para contestar. La inquietud descendió sobre Pilar como una sábana. Sintió la mirada de Z antes de levantar la cabeza. La vecina esbozaba una sonrisa irónica, enarcando una ceja ligeramente por encima de la otra.

Jamás se había sentido tan perdida. Su vida de pareja se estaba viniendo abajo por una zorra que le enviaba mensajes a su marido delante de sus narices. La acogedora y amorosa relación que tenían se había ido al garete, ahora era tan fina y quebradiza como el papel y no sabía en qué momento se había torcido todo.

—Dime que no es un mensaje de ella — susurró.

Pero Andrés nunca había podido ocultarle nada. Por eso, ella había sabido que le engañaba. Porque lo conocía mejor que a nadie en el mundo. Y cuando la miró, supo que sí, que la serpiente que tenía por vecina seguía intentando robarle el marido.

—La próxima vez que consiga ponerse en contacto contigo, tú y yo habremos acabado. O le paras las patas tú o esto lo termino yo. Ya lo sabes.

Un pesado muro de silencio se instaló entre ellos. Pilar se metió en el baño, cerró la puerta y lloró, sentada en el suelo, hasta que las lágrimas dejaron de brotar. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora