Capítulo 11

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No pude dormir en toda la noche. Ni yo, ni Keith. Y no, que nadie sea mal pensado. No pudimos dormir por varias razones.

Una, teníamos miedo por Darren, quien a estas alturas ya estaría en la Tierra.

Dos, estaba aterrada de lo que pudiera pasar si alguien descubriera quien era yo.

Tres, nos íbamos a marchar de Valletale sin saber cuándo volveríamos o si algún día lo íbamos a hacer, y a pesar de todo ninguno de los dos quería marcharse. Keith porque era su hogar y yo… Porque de alguna manera también lo sentía mi hogar.

Cuatro, porque hubo de por medio una sesión de besos bastante intensa. De acuerdo, tal vez si se podía haber pensado un poco mal…

Y finalmente una razón que me quitaba el sueño pero no podía compartir con Keith: me sentía extremadamente culpable de lo que estaba pasando. Era básicamente mi culpa. Si no fuera por mí Keith tal vez podría haber encontrado a mi padre, traerle de vuelta y ni él, ni su hermano, ni su familia, tendrían que pasar por esto.

George, la especie de soldado acompañante de mi odiosa abuela, con la cual compartía sangre y nada más (algo que me asqueaba pensar), apareció a eso de las cinco de la mañana horario Valletale. Si hubiese dormido algo podría haber criticado aquello, pero estaba tan agotada y entristecida que apenas hice un esfuerzo en señalarlo.

—Tened mucho cuidado de vuelta allí —me despidió Althea envolviendo con fuerza sus brazos alrededor de mis hombros—. Y acuérdate de practicar, aun puedes encontrar tu magia.

La devolví el abrazo dubitativa. Seriamente, veía pocas posibilidades de sacar “esa magia que tenía dentro de mí”. Dudaba que alguna vez hubiese siquiera existido.

El gesto más afectivo que el frío padre de Keith tuvo hacia mí fue posar su gran mano sobre mi hombro y apretar. Fuerte. Dolió. Pero aquello ya era mucho para aquel hombre gigante e inexpresivo, quien parecía haber nacido con la seriedad tatuada en su cara.

Me alejé de ellos a pequeños pasos, muy lentamente, acercándome a donde mi novio (repito, mi novio), estaba abrazando con demasiada fuerza a una chica.

Sí, en efecto, Coralinne estaba también en la despedida.

Y que a nadie se le ocurra discutirme sobre su nombre, ¿estamos?

Admitiré que carraspeé al situarme a su lado, pero todo fue porque me dio la tos. Es algo que puede suceder en cualquier momento.

Cuando Keith se separó de ella encontró sus ojos con los míos. Coralinne tiró de vuelta de su manga para decirle algo al oído y él sonrió. Asintió y finalmente se alejó poniéndose a mi lado. Nuestros ojos volvieron a coincidir. Una pequeña burla brillaba en los suyos. Idiota…

—¿Estamos listos? —Preguntó George con voz autoritaria y firme.

¿Estamos? Me parecía a mí que él no debía incluirse en esa pregunta, el hombre estaba preparado desde que nació.

Hubo algún que otro abrazo de última hora y varias palabras más de ánimo y precaución antes de que finalmente saliésemos de la casa, siguiendo en un silencio sepulcral al soldado George. No pude evitar volverme hacia atrás una vez pasamos las altas puertas de la casa, con el apellido de la familia adornándolas en lo alto. Mordí el interior de mi mejilla conteniendo una intensa emoción de tristeza dentro de mí: no quería irme.

Una mano tomó la mía, apretándola con fuerza y apremiándome a seguir caminando.

—Está bien, algún día volveremos —susurró Keith.

Pero era mentira, y los dos lo sabíamos.

El camino duró media hora bordeando el bosque y al menos dos horas más internándonos en él. Tenía la sensación de que George sólo nos estaba obligando a dar vueltas y más vueltas, tratando de hacer que nos perdiésemos. ¿Y si en lugar de llevarnos a un portal querían deshacerse de nosotros? Pero no tenía sentido, Keith era claramente más fuerte que él, hubiesen mandado a más soldados.

KEITH  ©¡Lee esta historia GRATIS!