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El empacho de la tarta me dio sed por la noche y tuve que levantarme de la cama para beber un vaso de agua. Al caminar por el oscuro pasillo de aquella maldita casa me di cuenta de que no había sonido alguno. Ni si quiera se oían cantar a los grillos, o a los lobos llamarse entre ellos para la caza. Era como si afuera, en los alrededores, la vida hubiese dejado de existir.

Me inquieté. No me sentí cómoda cuando llegué a la cocina. Me sentía vigilada y escuché en silencio. Después de unos segundos, ignoré mi estado de alerta tan absurdo, cogí un vaso del mueble y lo llené de agua de la nevera. Lo bebí de un trago. Volví a llenarlo y regresé a la habitación. De camino contemplé la luna desde la pequeña ventana. Hasta la luna parecía envuelta en un manto negro pese a no haber nubes. El mal presentimiento que tenía creció y noté un escalofrió a lo largo de la espalda. Traté de no dejarme llevar por tonterías y continué mi camino hacia la habitación. Nunca me gustó la oscuridad, sin embargo, mis ojos se acostumbraron pronto a ella.

El suelo crujió detrás de mí y supe que no estaba sola. Al girarme, asustada, divisé la figura de un hombre que no me resultaba familiar. Mi grito hizo despertar de pronto a todo el bosque. Antes de que el vaso tocara el suelo y se hiciera añicos, sentí un fuerte golpe en la cabeza y caí desvanecida.

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