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Cumplir trece años no me hacía ninguna ilusión y menos aún el saber que sobreviví cinco primaveras más en aquella casa del infierno.

Aquel año Joseph y Angélica se empeñaron en darme una fiesta de cumpleaños, cosa extraña cuanto menos, pues jamás celebraron una.

De pronto me vi de manera absurda, frente al espejo, observando mis trece años recién cumplidos.

Había crecido cuatro centímetros pero mi desarrollo no era normal. Debería tener cuerpo de muchacha y sin embargo, apenas sí tenía dos bultos como pechos. No es que me importara, ni mucho menos. No tenía a diez adolescentes esperando en la puerta para pedirme salir el sábado. Pero me preocupaba la delgadez de mi cuerpo, sobre todo la falta de vida que había en mi piel.

Sin embargo, mi personalidad y temperamento sí habían cambiado. Desde hacía tiempo me enfrentaba a Joseph y Angélica con energía y sin amedrentarme mucho. Aunque las peleas no terminaban nunca a mi favor, me sentía más fuerte y rebelde. Me mostraba irritada y dispuesta a no dejarme vencer por mis padres. La sola idea de que quisieran celebrar una fiesta por mi cumpleaños me llenaba de ira.

Cuando vi entrar a Angélica en mi cuarto con una tarta en la mano, fruncí el ceño.

—Tu tarta de cumpleaños.

— ¿Y qué quieres que haga con ella? —Pregunté con soberbia.

—Sopla las velas. Es tu fiesta de cumpleaños. La que tanto deseabas.

— ¿Qué yo la deseaba? —Arqueé los labios con una mueca de asco, directamente dirigida hacia Angélica—. A mí me da lo mismo lo que hagas con tu mierda de tarta.

—Jeriel —comenzó diciendo con escasa paciencia—, sopla las putas velas y pide un deseo.

— ¿Y Joseph? —Me extrañaba que no estuviera atizándome los riñones con el bate de béisbol por hablar de esa manera a mi queridísima madre.

—Trabajando.

— ¿Ha sido idea tuya o de él? —Sonreí al ver que Angélica guardaba silencio—. Ya veo, estas gilipolleces solo se te ocurren a ti.

— ¿Quieres soplar las velas y pedir el maldito deseo?

— ¿Puedo pedirlo en voz alta?

—Haz lo que quieras.

—Muy bien —me acerqué a la tarta y miré a mi madre de soslayo—. Deseo… deseo… umm… deseo que mis padres mueran ahora mismo. —Le dediqué una sonrisa pérfida y soplé las velas.

Angélica explotó de ira y me abofeteó con fuerza en la mejilla. Me levanté de la silla donde estaba sentada y traté de parecer más fuerte de lo que parecía.

— ¿Eso es todo lo que sabes hacer?

Angélica arremetió contra mí varias veces, abofeteándome repetidamente en la cara. Habría continuado golpeándome de no ser porque el suelo comenzó a temblar bajo nuestros pies y las paredes hicieron lo mismo. Angélica se asustó y retrocedió varios pasos para alejarse de mí, mirándome estremecida.

—Deja de hacer esas cosas —no fue una petición, ni tampoco una orden. Fue puro terror lo que le llevó a decir esas palabras.

Huyó corriendo de la habitación y me quedé sola. Tenía los puños cerrados y traté de relajarlos. Notaba mi rostro rojo por la ira. Y por las bofetadas, claro. Mis labios estaban fruncidos. Poco a poco noté que esa rabia se disipaba en mi interior y con ella el temblor de la casa.

—No eres tan valiente cuando no está Joseph —susurré más para mí que para ella. Me acerqué a la tarta y pasé un dedo por la crema de fresa. La saboreé y, poniendo los ojos en blanco, decidí darme un festín en honor a mis trece años.

La Cámara Oscura (Vol.1)¡Lee esta historia GRATIS!