Prologo

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Se abrieron las puertas del gran castillo y detrás de estas apareció un plebeyo acompañado de dos guardias. El muchacho se encontraba bastante nervioso y desde hacia horas que había empezado a preguntarse en cual tarea le encomendaría su rey, ya que su majestad muy pocas veces pedía ayuda a sus súbditos. Marcharon por el gran pasillo de suelos de mármol y se detuvieron enfrente de una gran puerta de oro, un guardia se adelanto y tocó una de ellas mientras que el plebeyo retorcía sus manos disimuladamente debido a sus nervios.

—Que pase— se escuchó la voz del Rey Xel desde el interior.

Los guardias abrieron las puertas y el joven observó el gran salón con curiosidad. La paredes estaban decoradas majestuosamente con cuadros de la familia Real, el suelo también era de mármol blanco y unos grandes ventanales se extendían de izquierda a derechas detrás de la enorme mesa de caoba donde el Rey estaba sentado en su trono. En la aldea se rumoreaba que el Rey Xel tenía un trono en cada sala, pero dichos rumores no eran ciertos ya que el Rey solo tenía dos, uno en el gran salón de las reuniones y otro en el comedor donde celebraban el Solsticio de Verano y el Solsticio de Invierno. 

El Rey observó minuciosamente al muchacho que vestía con sus mejores ropas, una camisa de lino blanco, unos pantalones color verde profundo y unas botas cálidas ya que había comenzado el otoño. Xel sonrió modestamente al joven aldeano y le indicó con un gesto de la mano que se acercase. El plebeyo con la cabeza ligeramente agachada se acercó a la mesa del Rey y detrás de él los guardias cerraron las grandes puertas. Era bien sabido en el reino, que los aldeanos y sirvientes no debían mirar directamente a la familia real si no querían recibir un castigo. Los tiempos habían cambiado y los reyes ahora eran más exigentes y desconfiados, los campesinos trabajaban sin descanso desde la salida del sol hasta el anochecer y los impuestos habían subido considerablemente desde que el antiguo rey había fallecido.

 —Siéntate— ordenó el Rey observando los gestos del muchacho. Este realizó una reverencia un tanto torpe y se sentó avergonzado en la silla— Querrás saber cual es la misión que te encomendaré y cuán importante es.

— Por supuesto majestad—su voz tembló y disimuladamente carraspeó— ¿De que se trata, señor?

Xel llevó la mano a su tupida barba todavía castaña y pensó en las consecuencias de encomendarle esa misión a un aldeano tan joven. Él prefería que lo hiciese uno de sus más valientes caballeros, ya que era sumamente importante y arriesgado, pero entonces se descubriría su propósito y no lograría descubrir lo que tanto ansiaba. Que un hada fuese madrina de un plebeyo o un príncipe solo había ocurrido muy pocas veces y la mayoría habían dado buenos resultados. Pero recordaba al joven príncipe heredero que hacia generaciones había desaparecido por culpa de un hada madrina, y Xel había decidido descubrir al hada, por lo que había mandado a varios caballeros a las lindes del Bosque de las Grandes Tumbas para que descubriesen si ella seguía por esa zona. En efecto allí estaba, porque hacia seis lunas un caballero llegó avisando de que habían visto a la joven hada de pelo color azabache. Desde ese momento planeó todo y ahora debía planteárselo al muchacho, y no sabía por donde empezar.

— ¿Alguna vez has entrado o caminado por las lindes del Bosque de las Grandes Tumbas?- inquirió el Rey mirándolo con los ojos entrecerrados.

El joven alzó levemente la cabeza y asintió temiendo que el Rey le castigase.

— Si majestad.

— Bien— Xel sonrió sutilmente y asintió repetidas veces.

El muchacho comenzó a impacientarse y le costaba no mirar al Rey a la cara, muchas preguntas bailaban en su cabeza. No entendía porqué el Rey le había hecho tal pregunta y quería preguntar, pero sabía que sería muy grosero de su parte. En cambio el Rey si que esperaba que el aldeano le preguntase, pero al ver que no lo hacía tuvo que incitarlo.

La Luz de un Bosque AncestralDonde viven las historias. Descúbrelo ahora