6.- Javi

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Los vecinos del edificio permanecieron de pie en los balcones, esta vez sin aplaudir, mientras la policía y la ambulancia se alejaban. Ya sin sirenas. «La muerte no es urgente», pensó Javi.

—No me puedo creer que esté muerta —dijo Enrique.

—Yo tampoco.

Javi agachó la cabeza. Ojalá hubiera conversado más con ella. Ojalá le hubiera hecho más caso en estos días. Desde que el confinamiento había empezado, solo había hablado con Matilde dos veces. Una, al principio, a través de los balcones, cuando se ofreció a hacerle la compra. La anciana se había reído y le había dicho que tenía el congelador a reventar. «Para resistir una eternidad». La segunda, hacía dos semanas. Le tocó a la puerta porque iba al supermercado por si quería algo. «No, no, gracias, guapo» le había contestado la voz cascada a través de la madera. Matilde se había caído en casa, se había roto la cadera y probablemente había permanecido inconsciente mucho tiempo hasta que se arrastró hasta el cristal del balcón para pedir ayuda. Se sintió un gusano miserable.

—Se lleva una vida entera de experiencias —siguió diciendo Enrique—. Imagina. Ochenta años de momentos, de emociones, de personas, de lugares a los que viajó... Me hubiera gustado dedicarle más tiempo, que me contara todas esas historias. Puede que incluso hubiera salido un libro de ahí. Pero lo único que hice fue llorarle porque había perdido mi empleo en Vogue.

—¿Has perdido el empleo?

—Sí, la semana antes de que toda esta mierda empezara.

—Vaya, lo siento mucho, Enrique.

—Ya. Es lo que hay.

Esther salió al balcón, con el teléfono móvil en la mano y tiró el cigarrillo que fumaba a la calle. Javi torció el gesto y lo añadió mentalmente a la lista de motivos por los que no debería estar enamorado de ella. Como que se creía el centro del universo. Como que no le gustaba la música indie sino el reguetón. Como que se pasaba la vida entera en instagram y pensaba que leer era aburrido. Peor aún, pensaba que él era muy aburrido. Pero era tan guapa...

—Hola, chicos, qué mal rollo lo de Matilde.

—¿Cómo lo aguantas? —le preguntó Enrique—. Me refiero a que tú ahora ves todos los días gente que se muere sola. ¿No... no te sientes fatal?

Esther se encogió de hombros.

—Es mi trabajo.

—Ya —intervino Javi— Pero... ¿no crees que es muy triste? Morir solo, sin nadie que te abrace o que te coja la mano.

—¿Qué pasa, Javi? —se rio ella— ¿Te está dando canguelo quedarte solo?

Javi tragó saliva. Desde que vio la camilla con el cuerpo de Matilde salir del edificio, la cabeza le bullía con imágenes de un futuro incierto. Si muriera, ¿alguien lo echaría de menos? No tenía hermanos. Su madre había muerto hacía ya años y su padre era un desastre de hombre que vivía en Badajoz y con el que casi no se hablaba. Tenía compañeros de trabajo con los que se llevaba bien, pero no había intimado con ninguno porque todas sus horas libres las dedicaba al dibujo. Puede que alguno de los ilustradores con los que mantenía relación virtual se preguntara por qué no contestaba a sus mensajes pero más allá de eso...

En el edificio de enfrente, Marina salió al balcón y levantó la tapa del cubo de basura para plásticos que tenía en la terraza. Cerró la bolsa y miró hacia la calle. El cabello, oscuro y recogido en una coleta, tenía un aspecto lacio bajo las tiras de la mascarilla. Llevaba un vaquero bajo de cintura, aunque no tanto como para ser vulgar, una camiseta de flores de colores y se estaba colocando los guantes. Era una chica muy atractiva.

—Perdonad —dijo Javi a sus vecinos—. Acabo de recordar que tengo que hacer una cosa.

Entró en el piso. El cubo de la basura estaba a la mitad y podía aguantar aún un día, pero qué coño. Javi hizo un nudo con la bolsa, se colocó mascarilla y guantes y bajó corriendo a la calle.

Ella estaba saliendo del portal en el momento en el que él salió al galope y levantó la mirada, sorprendida. Sus ojos sonrieron sobre la mascarilla.

—Hola —saludó.

Y Javi sintió que en ese momento —frente a los cubos de la basura— el caos irracional, inútil y terriblemente confuso de su existencia se volatilizaba. 

El amor es una epidemiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora